«La hybris produce al tirano. La hybris,
si se harta en vano de muchas cosas que no son
oportunas ni convenientes subiéndose a lo
más alto, se precipita hacia un abismo de
fatalidad donde no dispone de pie firme»
I. El prólogo en el ágora
Cuando el heraldo anuncia el alba sobre la acrópolis de las naciones, los ciudadanos se desperezan aun creyendo que el orden del mundo es como las columnas del Partenón. Ignoran que el mármol se erosiona, que los himnos se olvidan y que los altares, tarde o temprano, se cubren de zarzas.
Nos habla de la hybris. No aquella que los sabios definen como soberbia. La que empuja al mortal a intentar escalar los cielos, convencido de que la cólera de Zeus no lo fulminará porque ha inventado el pararrayos. La hybris es el pecado original de la política, la arrogancia que precede al derrumbe de los imperios y, sobre todo, la manía de nuestra época. Creer que la libertad puede sobrevivir a toda costa, que la república resiste cualquier viento y que la dignidad humana es una propiedad del suelo, no un cultivo que exige riego constante.
Invoca, pues, el ágora de hoy.
En el trono de la ciudad que alguna vez se llamó «la esperanza de los mortales» gobierna ahora un tal Eurimedonte, «el que gobierna con medida justa»; aunque su justicia se ha vuelto espejismo y su medida, demagogia. Eurimedonte repite cada mañana las sacramentales: eleutheria, demokratia, anthropinos timé (libertad, democracia, dignidad humana). Sus labios, sin embargo, se mueven por inercia. Son los del sacerdote que quiere reemplazar a los dioses a los que ofrece sacrificios. Cree que la república sobrevivirá, aunque vacíe sus instituciones de sentido, aunque las reduzca a espectáculo y las entregue a la demagogia del óstracon y los aplausos.
En la otra orilla del mar interior, en la ciudad de las puertas dobles (una abierta al poniente, otra al oriente) reina Timarco, «el que honra el poder». Estratega que aprendió el arte de la paciencia en las estepas donde los caballos pastan sobre tumbas olvidadas. Timarco habla de estabilidad, no de libertad; invoca la eficacia sobre la república; menciona deberes más que derechos. Y lo más inquietante, ha comprendido que la hybris no necesita gritar. La hybris más letal es la que se disfraza de realismo.
Y en la meseta de los antiguos magos, donde el sol quema las piedras y las mujeres ocultan sus rostros como si la luz fuera un enemigo, se sienta Megabises, «el grande entre los grandes»; cuya hybris es la más antigua. Consiste en la certeza de que el cielo le ha concedido una misión y que los medios son perdonables si el fin lleva la firma de lo alto.
II. La corrosión de los pilares
La tragedia comienza cuando cada uno de estos protagonistas olvida que su poder descansa sobre convenciones, no sobre leyes naturales.
En la taberna de una de las polis del Adriático, dos ciudadanos toman vino. El primero dice: «¿Has visto lo que ha hecho Eurimedonte con el Areópago?» El segundo responde: «Sí, pero nos ha bajado los impuestos a los navarqueros». El primero insiste: «Dice que el pueblo es sabio, pero financia a los sofistas que enseñan al demos a confundir opinión con verdad». El segundo se encoge de hombros: «Pues el otro candidato era peor, este por lo menos pondrá un muro para que no nos invadan los bárbaros del norte».
Timarco, por su parte, ha perfeccionado un arte nuevo; el de la corrosión silenciosa. No declara la guerra a los valores de las polis del Adriático; los compra. Encuentra a los filósofos, a los políticos, a los oráculos que sueñan con villas en la costa y les ofrece el sueño a cambio de una profecía, un discurso o un silencio. Sus víctimas no advierten que han sido compradas, creen haber negociado.
Megabises, en cambio, es la antigua hybris del fanático. Cree que el tiempo trabaja para él porque su dios es el verdadero y los otros son ídolos de barro. No sabe que los dioses, incluso los verdaderos, se cansan de los mortales que los invocan para justificar matanzas.
Mientras tanto el coro, los ciudadanos de las polis, observa el naufragio con la mirada de quien ve una tempestad en el horizonte; pero decide no arriar las velas porque cambiar de rumbo sería admitir que el viaje no iba bien. El coro aplaude a Eurimedonte cuando promete restaurar la grandeza; silba a las Casandras que anuncian la tormenta; se duerme en las gradas del teatro mientras los actores representan la misma comedia. El arconte que promete, el ciudadano que exige, el sistema que se tambalea.
Y la hybris del coro, porque también el demos puede ser hybris, consiste en creerse inmune a la historia. «Esto ya pasó antes», murmuran, «y aquí seguimos». No comprenden que la historia se repite como la roca de Sísifo, como el águila de Prometeo, como todas las maldiciones de los dioses. Cada vez con síntomas distintos, cada vez más resistente a los antídotos.
III. La alianza de los tres
Y he aquí lo que los augures de Delfos no quisieron ver. Las tres hybris se alimentan mutuamente. La complacencia de Eurimedonte abre el vacío que Timarco llena con su orden de hierro envuelto en seda. La fatiga de Atenas es el banquete de Esparta. Y Megabises, desde su meseta, observa cómo los dos gigantes se miran a los ojos y, en esa tensión, encuentra el espacio para expandir su sombra.
No hay tratado escrito entre ellos, no hay alianza sellada con sangre. Pero la hybris tiene su propio alfabeto; la conveniencia. Eurimedonte desprecia a Timarco en sus discursos, pero sigue comprándole el trigo que alimenta a su polis; Timarco financia los templos de Megabises para desestabilizar las fronteras de Eurimedonte, mientras Megabises vende el óleo a ambos y sonríe ante sus heridas. Mientras todo esto ocurre, las polis del Adriático se desangran en la indiferencia de sus propios dioses.
El nuncio, ese mensajero que en las tragedias antiguas irrumpía para contar lo que los ojos no podían soportar ver, anuncia ahora la noticia: los tres jinetes no cabalgan separados. Cabalgan juntos hacia el mismo precipicio. Y el abismo, ¡ay!, tiene nombre de Valhalla.
IV. El Valhalla no espera héroes
El Valhalla no es un lugar de descanso, es la antesala del crepúsculo. Allí, los dioses de este Olimpo: la razón convertida en cálculo, la libertad transformada en arbitrio, la república reducida a procedimiento; beben hidromiel y afilan espadas que ya no cortan. Saben que el invierno se acerca, que los lobos muerden las raíces del árbol del mundo, que el combate está próximo. Pero han olvidado cómo se lucha. Han pasado tanto tiempo administrando el presente que ya no recuerdan cómo se defiende un futuro.
Entonces llega Fenrir, el lobo atado durante siglos con cadenas de diplomacia y de ágoras compartidas. Y las cadenas, ¡ay!, las habían debilitado los propios dioses. Eurimedonte para ganar el aplauso, Timarco para demostrar que el orden puede prescindir de la libertad, Megabises para afirmar que la ley divina está por encima de la humana.
Fenrir no es un país ni un líder. Fenrir es la consecuencia de la hybris. El mundo que emerge cuando los dioses dejan de creer en sí mismos. Es el caos que reemplaza a la república porque esta se volvió farsa; a la dignidad humana porque se traicionó a sí misma; a la libertad porque prefirió el espectáculo antes que el ejercicio legítimo y consciente.
El ocaso no será un estallido, será un desvanecimiento. Los dioses no caen devorados por el hambre de un nuevo Cronos; se retiran como los héroes homéricos cuando comprenden que la batalla está perdida y que la gloria, esa amante, ya no los besa en la boca sino en la frente.
El mundo nuevo que anuncia el heraldo no será necesariamente peor, esa es la ironía que los clásicos conocían bien. Será simplemente otro. Quizá más duro, quizá más silencioso, quizá poblado por dioses menores que no prometen la supervivencia más que la felicidad. Quizá, incluso, más honesto. Sin la hipocresía de los valores que se predican pero no se practican, sin la comedia de las asambleas donde todos pierden excepto los que venden las entradas.
Pero el coro, ese nosotros que mira el crepúsculo desde las gradas, debe saber una cosa: los dioses no mueren. Se transforman. Y la hybris que hoy los derriba es la misma que, mañana, levantará a otros. Porque la hybris no es el error de los malos gobernantes. Es la condición de lo humano cuando olvida que los límites no son cadenas, son costas. Son aquello que impide que el mar se trague a la Atlántida.
V. El epílogo que no cierra
Así termina este anuncio. El heraldo se retira. El coro calla. Eurimedonte, Timarco y Megabises siguen gobernando sus polis como si el tiempo no pasara, como si el Valhalla no ardiera en el horizonte, como si sus nombres, dentro de unas décadas, no hubiesen de ser recordados como los que jugaban a los dados mientras la nave se hundía.
Nosotros, los espectadores de esta tragedia que creíamos comedia, nos levantamos de los asientos. Afuera, el aire huele a humo lejano y a mar. Alguien, en la última fila, susurra una pregunta que nadie responde:
¿Y después del ocaso, qué?

