“adoración de la riqueza” 

     “En este pueblo de niños educados en la regata funesta por la riqueza en que sin sueño y sin día de fiesta forcejea la nación; y de hombres desvalidos cuya existencia entera, acerba como la duda e inquieta como la náusea, pasa en el combate por asegurarse el bienestar, que para luego en el constante susto de perderlo, o en el vicio censurable de acrecentarlo,—en este pueblo revuelto, suntuoso y enorme, la vida no es más que la conquista de la fortuna: esta es la enfermedad de su grandeza. La lleva sobre el hígado: se le ha entrado por todas las entrañas: lo está trastornando, afeando y deformando todo. Los que imiten a este pueblo grandioso, cuiden de no caer en ella. Sin razonable prosperidad, la vida, para el común de las gentes, es amarga; pero es un cáncer sin los goces del espíritu”. (JM: “Un domingo de junio”, La Nación, Buenos Aires, 16 de julio de 1884, OCEC, t. 17, p. 228).

     “Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.—Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad. // Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan? // Imitemos. ¡No!—Copiemos. ¡No!—Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.—Creemos, porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes? // Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!” (JM: “Cuaderno de apuntes no. 1” [1871-1874], OC, t. 21, pp. 15-16).

     “La cuestión de México como la cuestión de Cuba, dependen en gran parte en los Estados Unidos de la imponente y tenaz voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material”. (JM: “México y los Estados Unidos”, Revista Universal, México, 27 de abril de 1876, OCEC, t. 2, p. 276).

     “El poder material, como el de Cartago, si crece rápidamente, rápidamente declina. Si este amor de riqueza no está moderado y dignificado por el ardiente amor de los placeres intelectuales,—si la benevolencia hacia los hombres, la pasión por cuanto es grande, la devoción por todo lo que signifique sacrificio y gloria, no alcanza desenvolvimiento parejo al de la fervorosa y absorbente pasión del dinero, ¿adónde irán? ¿dónde encontrarán suficiente razón para excusar esta difícil carga de vida, y sentir alivio a su aflicción? La vida necesita raíces permanentes: la vida es desagradable sin los consuelos de la inteligencia, los placeres del arte y la íntima recompensa que la bondad del alma y los primores del gusto nos proporcionan”. [JM: “Impresiones sobre Estados Unidos de América. (Por un español recién llegado)” (traducción), The Hour, Nueva York, 10 de julio de 1880, OCEC, t. 7, p. 136).

     “En lo que peca, en lo que yerra, en lo que tropieza, es necesario estudiar a este pueblo, para no tropezar como él. La historia anda por el mundo con careta de leyenda. No hay que ver solo a las cifras de afuera, sino que levantarlas, y ver, sin deslumbrarse, a las entrañas de ellas. Gran pueblo es este, y el único donde el hombre puede serlo; pero a fuerza de enorgullecerse de su prosperidad y andar siempre alcanzado para mantener sus apetitos, cae en un pigmeísmo moral, en un envenenamiento del juicio, en una culpable adoración de todo éxito. Bondadoso pueblo es este, y el primero que, con generosidad imperturbable, abrió los brazos, y los ha mantenido un siglo abiertos, a los laboriosos y a los tristes de toda la Tierra; pero hay que ver que deseó desenvolverse contra la naturaleza, y estableció leyes restrictivas que permitieron la creación súbita de una colosal riqueza interior, de subsistencia ficticia, que no puede hoy, por su mismo exceso, dar alimento a la masa de hombres que de todas partes de la Tierra atrajo. Porque las huelgas, la miseria de los mineros, el asesinato de los chinos, todo viene, aunque no se vea en la superficie, de un hecho capital que se debió prever acá y fuera de acá se ha de anunciar para que se prevea: la producción de un país se debe limitar al consumo probable y natural que [el] mundo pueda hacer de ella”. (JM: “Placeres y problemas de setiembre”, La Nación, Buenos Aires, 22 de octubre de 1885, OCEC, t. 23, p. 15).

     “Esta República, por el culto desmedido a la riqueza, ha caído, sin ninguna de las trabas de la tradición, en la desigualdad, injusticia y violencia de los países monárquicos”. (JM: “Un drama terrible”, La Nación, Buenos Aires, 1ro. de enero de 1888, OCEC, t. 27, p. 61).

     “Se ve que ese defecto público que en México comienza a llamarse el ‘dinerismo’, el afán desmedido por las riquezas materiales, el desprecio de quien no las posee, el culto indigno a los que las logran, sea a costa de la honra, sea con el crimen, ¡brutaliza y corrompe a las repúblicas!; debiera sin duda negarse consideración social, y mirarse como a solapados enemigos del país, como a la roña y como a Yagos, a los que practican o favorecen el culto a la riqueza: pues así como es gloria acumularla con un trabajo franco y brioso, así es prueba palpable de incapacidad y desvergüenza, y delito merecedor de pena escrita, el fomentarla por métodos violentos o escondidos, que deshonran al que los emplea, y corrompen la nación en que se practican. Debieran los ricos, como los caballos de raza, tener donde todo el mundo pudiese verlo, el abolengo de su fortuna”. (JM: “La religión en los Estados Unidos”, La Nación, Buenos Aires, 17 de mayo de 1888, OCEC, t. 28, p. 151).

     “[…] ¿Quién creería que un abogado que pasaba por la misma honradez, y tenía entre sus clientes corporación tan poderosa como la Bolsa de granos, le haya estafado unos doscientos mil pesos, declarando como buenas las hipotecas falsas que, sobre su palabra de hombre de ley, tomaba la Bolsa en garantía de préstamos? Y en una sociedad de abogados, otro ladrón hacía lo mismo, y daba fe a la sociedad, que a su vez la daba a sus clientes, de que eran ciertas y limpias las hipotecas que no lo eran. Y el abogado de la Bolsa ganaba miles con muy poca amargura: ¿a qué envilecerse por unos cuantos miles más? Y el agente de la firma de abogados tenía amplios proventos, y vivía a lo señor: ¿a qué caer sin necesidad en esta infamia? Es el vicio de la riqueza, contra el que han de pelear los pueblos prósperos. Ríndasele menos culto. Póngase por sobre ella el culto de las virtudes que la atenúan”. (JM: “Nueva York en octubre”, La Nación, Buenos Aires, 17 de noviembre de 1888, OCEC, t. 30, pp. 52-53).

     “Admiran [los cubanos] esta nación, la más grande de cuantas erigió jamás la libertad; pero desconfían de los elementos funestos que, como gusanos en la sangre, han comenzado en esta República portentosa su obra de destrucción. Han hecho de los héroes de este país sus propios héroes, y anhelan el éxito definitivo de la Unión Norteamericana, como la gloria mayor de la humanidad; pero no pueden creer honradamente que el individualismo excesivo, la adoración de la riqueza, y el júbilo prolongado de una victoria terrible, estén preparando a los Estados Unidos para ser la nación típica de la libertad, donde no ha de haber opinión basada en el apetito inmoderado de poder, ni adquisición o triunfos contrarios a la bondad y a la justicia. Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting”. (JM: “Vindicación de Cuba”, The Evening Post, New York, 25 de marzo de 1889, OCEC, t. 31, pp. 213-214).

     “[…] ¡Es el país del dinero, del dollar omnipotente! En la lucha a brazo partido que cada individuo se prepara a empeñar, apenas desciende a la arena de la vida, toman todos parte, el hombre, la mujer, el niño. Ni el sexo ni la edad entibian en el pecho el ardor de esa ambición vulgar. Hay un cierto grado de instrucción, más generalizado quizás que en otras partes, pero exclusivamente encaminado a la práctica ordinaria de la vida y unido a una aspereza, a una ruda educación de atleta que repugna y que lastima. Las bellas artes, flor divina de la civilización humana, cuyo cultivo es una de las necesidades supremas del corazón, o no existen, o florecen destituidas de encanto y poesía, objeto a menudo de especulaciones y de almoneda […]”. [Enrique Piñeyro: “Los Estados Unidos en 1875”. Citado por Carlos Ripoll: “Martí en Nueva York: la primera visita” (1976), en José Martí: En los Estados Unidos. (Periodismo de 1881 a 1892), ed. crítica, Roberto Fernández Retamar y Pedro Pablo Rodríguez, coords., ALLCA XX, Colección Archivos de la UNESCO, 43, 2003, p. 2056].

     Otro tema relacionado, véase “dinerismo”.