¡CUANDO “MADRE AMÉRICA” LEVANTABA RONCHAS!

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     Por lo tanto, de los veinticinco delegados del Sur, veintitrés debían haber ido a Nueva York. Pero solo aparecen diecinueve firmas… Faltan cuatro: Enrique A. Mexía (México), Emilio C. Varas (Chile), José Marcelino Hurtado y Clímaco Calderón Reyes (Colombia). ¿Por qué no firmaron una carta redactada en Washington? ¿Por no haber ido y por no haber querido?

     Porque lo interesante y hasta curioso, es una nota final que aparece, no en el New York Times, sino en por lo menos otros dos periódicos: The New York Sun[11] y el New York Daily Tribune[12]: “Note.—Delegates who have not signed did not go to New York”. (“Los delegados que no firmaron no fueron a Nueva York”). ¿Por qué no aparece en el Times? ¿Y quién la escribió? ¿Los autores de la carta o la redacción de los periódicos? Tampoco los periódicos presentan la carta de la misma manera: el Times y el Sun la reproducen con el membrete del papel en el cual los delegados escribieron, sin dudas para darle mayor solemnidad a su protesta: “Department of State / International American Conference / Washington, Dec. 30, 1889”, lo que no hace el Tribune. Por otra parte, la nota en sí también aparece de diferentes maneras: el Tribune la pone entre paréntesis; el Sun, no, y el Times, ya lo dije, no la pone en absoluto, como si no fuera parte integrante de la carta de los “panamericanos”… Tampoco coincide el orden de los delegados en la lista. En otras palabras, sin la carta original, varias cosas no son claras.

     Por supuesto, chequeando únicamente la prensa neoyorquina, es imposible saber si los cuatro delegados cuyas firmas no aparecen fueron o no a Nueva York. Pero se pueden señalar algunos detalles.

     El autor de la carta habla al inicio de su “breve estancia en Nueva York”, pero también señala que “la mayoría de [sus] colegas ya conocían” la ciudad. Lo que no es totalmente exacto, puesto que, de los diecisiete países del Sur que participaron en la Conferencia, solo siete gobiernos se conformaron con inscribir como delegados al personal diplomático que ya tenían en Estados Unidos (Nicaragua, Perú, Guatemala, Colombia, Brasil, México y Chile), mientras los otros diez (Haití, Uruguay, Argentina, Costa Rica, Paraguay, Honduras, Bolivia, Venezuela, El Salvador y Ecuador) mandaron delegados especiales.

     De los cuatro no firmantes de la carta de protesta, tres ya conocían Nueva York, puesto que Varas y Calderón Reyes eran a la sazón cónsules en esta ciudad, y el otro colombiano, Hurtado, era embajador en Washington (por lo menos, lo era en 1890).

     En cuanto a Mexía, no aparece el 2 de octubre de 1889 en la lista de los delegados publicada tras la reunión organizada en el Departamento de Estado vísperas de la inauguración oficial de la Conferencia; se le menciona más tarde en la lista elaborada el 20 de noviembre de 1889. Fue Matías Romero quien, como embajador de México, tuvo la voz cantante durante toda la Conferencia. De hecho, el papel de Mexía fue más que discreto, y Martí solo lo señala como firmante del informe final de la Comisión sobre las comunicaciones ferroviarias de la cual fue miembro (así como de las de Comunicaciones en el Pacífico y del Convenio Monetario), mientras en las Actas de la Conferencia, interviene una sola vez, el 24 de marzo de 1890, en relación con las comunicaciones del Pacífico.

     Varas es mucho más presente tanto en los textos de Martí como en las Actas. Escribe Martí: “Chile dio su representación en el congreso al que la tenía ya como ministro residente: a Emilio C. Varas, que tiene la diplomacia como oficio familiar y ganó en él la Gran Cruz de la Rosa Blanca del Brasil”.[13] Es parte del grupo de delegados latinoamericanos que protestan contra la designación de Blaine como presidente de la Conferencia, puesto que el secretario de Estado no es delegado. Pero, por supuesto, se entiende la mala voluntad de Varas contra Blaine que tomó partido por Perú y Bolivia cuando la Guerra del Pacífico que opuso Chile a ambos países y cuyas consecuencias todavía escuecen en América Latina a solo escasos años de su terminación. La intervención de Blaine en el conflicto fue tan poco clara que dio lugar a una investigación del Congreso estadounidense. Chile es el único país que se opone a la idea del arbitraje internacional, y es Varas quien lee la declaración correspondiente. Si ese delegado aparece bastante en las crónicas de Martí, es porque el tema del arbitraje internacional le interesaba más que muchos otros temas de la Conferencia Internacional Americana, y hasta le angustiaba.

     Martí menciona a Calderón Reyes, el 28 de septiembre de 1889 —por lo tanto, antes del comienzo de la Conferencia—, para decir que es “el cónsul en Nueva York, perito en hacienda”,[14] pero luego se desinteresa totalmente de él. En todo caso, Calderón es parte de tres comisiones: la del golfo de México (es él quien presenta su informe final), la de las regulaciones aduanales y la de las patentes y marcas.

     Martí presenta a José Marcelino Hurtado, junto con Calderón Reyes, como “comerciante de paños, en Nueva York, y hombre de resolución y consejo”,[15] pero no como embajador de Colombia en Estados Unidos, lo que era, por lo menos en 1890, según El Avisador Hispanoamericano, del 17 de febrero de 1890, que da incluso su dirección en Washington: calle H, no. 1795.

     Pero, una vez reunidos esos pocos datos sobre los cuatro no firmantes, la pregunta sigue en pie: ¿quién se escandalizó por el discurso de Martí hasta el punto de escribir una denuncia pública (aunque doblemente anónima) en un periódico integrista de Nueva York? ¿Quién, siendo hispanoamericano, prefirió poner a España y su “dignidad” por delante de las aspiraciones de una colonia a la independencia? Difícil dar una repuesta a partir de la opinión que ofrece Martí sobre dichos delegados.

     Un detalle de la carta anónima llama mi atención: su autor habla al inicio de “mi breve estancia en Nueva York”. Pero, ya lo vimos, tres delegados de los cuatro ya conocían esta ciudad, y no eran por lo tanto meros transeúntes de paso. Por otra parte, dice que tiene que escribir “apresurada y brevemente para no ocupar demasiado espacio en su valioso diario”, y sin embargo “se demora” en dar los nombres de los arquitectos del puente de Brooklyn y el edificio de la compañía de seguros (“dos estructuras de las cuales se puede decir que son la cristalización del genio de dos hombres notables, el Sr. Roebling, el ingeniero, y el Sr. Henry B. Hyde, el Presidente del Equitable”), lo que no haría un simple visitante supuestamente desconocedor de la ciudad, máxime si quiere ahorrar espacio y ganar tiempo… En otras palabras, se notan contradicciones en esa carta que generan dudas acerca de su autenticidad.

     Dudas que se ahondan cuando leemos la “protesta” de los delegados fechada del 30 de diciembre de 1889. Dicen que la vieron el 26 de diciembre en el New York Times, pero lo más probable es que la hayan leído directamente en español, algunos días antes, en Las Novedades (por desgracia, no logré descubrir qué día). En todos casos, es evidente que la carta anónima les molestó muchísimo, que hablaron de ella entre ellos y, puesto que el asunto ya había trascendido en la prensa de habla inglesa, les pareció que merecía un desmentido público. No esconden su enojo: 1) no tienen nada que ver con la carta y lo que expresa; 2) están convencidos de que no fue escrita por uno de ellos. Más claro, ni el agua: hoy día, se diría que se trata aparentemente ¡de una “fake news”!

     También puede ser que les gustaran a los delegados las ideas que vertió Martí en su discurso y quisieran defender, sin nombrarlo, a quien, a casi diez años de su llegada a Nueva York, no era un desconocido entre los latinoamericanos que sabían de su empeño en favor de la independencia de Cuba, había ganado en prestigio por sus escritos periodísticos en diarios importantes y contaba con amigos y allegados entre los delegados a la Conferencia. Martí tenía buenas relaciones con Romero, por ejemplo, un personaje de peso entre el personal diplomático; con Decoud, el delegado de Paraguay (se conserva una carta muy afectuosa hacia él del Maestro);[16] con Sáenz Peña, cuya posición frente a Estados Unidos se había nutrido en parte de los escritos de Martí… Tenía amistad con Vicente G. Quesada, el embajador argentino.

     Entonces, ¿de dónde proviene la carta anónima? Me atrevo a esbozar una hipótesis. Su autor protesta contra dos cosas: a) el “maltrato” de que fue víctima el embajador español, quien era a la sazón, según la prensa estadounidense, Emilio de Murago; b) la vejación y el insulto infligidos a España y su “civilización” por parte de ese “cierto orador cubano”. ¿Sería mucha elucubración suponer que la carta fue redactada por su cuenta por Las Novedades o, incluso, directamente por el embajador español?

     Porque ese mismo periódico español, furiosamente integrista, aparece envuelto en otro incidente público posterior relacionado con Martí. En efecto, el punto de partida de los hechos que le obligaron, en octubre de 1891, a dimitir de su cargo de cónsul de Argentina en Nueva York fue la carta que cuatro españoles dirigieron a Las Novedades el 8 de ese mes para pedir a Miguel Suárez Guanes, el embajador español, que se quejara ante el embajador argentino, Vicente G. Quesada, o ante Blaine, por la actitud de su cónsul en Nueva York: este, desde hace seis años, pronuncia cada 10 de octubre discursos en los cuales “insulta a nuestros reyes, a nuestros valientes soldados que cayeron defendiendo su país en la última rebelión en Cuba… El Sr. José Martí presidirá esa sesión o reunión que es completa y enteramente revolucionaria y entre cuyos miembros figuran todos los mulatos y negros borrachos de la colonia revolucionaria en esta ciudad”. No voy a entrar en los detalles de la polémica. Rodolfo Sarracino, que dedica a este episodio un capítulo de su apasionante estudio,[17] está convencido que detrás de esa carta abierta de ciudadanos españoles sin relieve, está la mano del cónsul general de España en Nueva York, un tal Topote, que aprovechó el cambio de situación política en Argentina para poner a Martí en una situación embarazosa y obtener su destitución. Se sabe que, a pesar de todo, Martí pronunció su discurso el 10 de octubre de 1891[18] y este mismo día envió su dimisión por cablegrama al embajador argentino.[19] Sarracino también explica por qué razones personales y políticas este último, que sin embargo era amigo de Martí, aceptó sin chistar los “argumentos” y acusaciones de los cuatro españoles a su cónsul (¡vertidos, curiosamente, dos días antes de que Martí hablara en el Hardman Hall!) y no hizo nada para defender a su diplomático que tanto brillo le daba a su legación. La embajada española, como sabía que, debido a la política de acercamiento en curso entre Madrid y Buenos Aires, el momento era propicio, actuó con éxito contra el hombre al que el New York World, reproduciendo la carta abierta, presentaba a sus lectores “entre los líderes revolucionarios de Nueva York”, conocido en la “España Hispana como periodista y escritor”, “excelente orador”, “preside varias sociedades cubanas y es también principal representante de los sentimientos antiespañoles en esta ciudad”.[20]

     Quizá lo más interesante es lo que señaló el World a ese respecto, tras indicar que dirigirse directamente al embajador argentino sin pasar por el secretariado de Estado norteamericano era una violación de las normas diplomáticas:

El entonces cónsul general, señor Suárez Guanes, escribió en esta ciudad, a su Ministro en Washington, en relación con estas acciones y sus declaraciones públicas en el Consulado de la República Argentina, pero nada se hizo. Poco después, cuando el Señor Guanes fue nombrado Ministro Extraordinario y Plenipotenciario en Washington, se interpretó que en la primera oportunidad tomaría medidas contra Martí […] El embajador español, quien está decidido a conseguir a toda costa la cabeza del cónsul Martí […] espera con ansiedad la respuesta del embajador Quesada.[21]

Acotación que refuerza mi sospecha de que el consulado español de Nueva York estuvo implicado directamente en la carta anónima a Las Novedades de diciembre de 1889…

Jacques‑François Bonaldi[22]

Tomado del Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2022, no. 45, pp. 122-133.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[11] “A Card from The Pan‑Americans Delegates”, The New York Sun, January 3, 1890, p. 6, col. 4.

[12] “Pan‑Americans and New‑York. A Recent Utterance Disclaimed and Denounced”, New York Daily Tribune, January 3, 1890, p. 4, col. 5.

[13] JM: “El Congreso de Washington”, La Nación, Buenos Aires, 8 de noviembre de 1889, OC, t. 6, p. 37.

[14] Ídem.

[15] Ídem.

[16] JM: “Cartas a José S. Decoud”, Nueva York, 2 de enero de 1890, [Washington] 16 de marzo de 1890 y Nueva York, 10 de abril de 1890, EJM, t. II, pp. 182, 189-190 y 192-194, respectivamente.

[17] Rodolfo Sarracino: José Martí, cónsul argentino en Nueva York (1890‑1891). Análisis contextual, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2018.

[18] JM: “Discurso en conmemoración del 10 de Octubre de 1868”, Hardman Hall, Nueva York, 10 de octubre de 1891, OC, t. 4, pp. 257-266.

[19] JM: “A Vicente G. Quesada” (telegrama), Nueva York, 11 de octubre de 1891, EJM, t. 11, p. 315.

[20] José Martí, cónsul argentino en Nueva York (1890‑1891). Análisis contextual, ob. cit., p. 179.

[21] Ibíd., pp. 179 y 178, respectivamente.

[22] Traductor y escritor. Integra el Equipo de Servicios de Traductores e Intérpretes (ESTI).