Un librero más, de pura cepa…

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-Aquí tiene a un amigo y a un librero más, de pura cepa.

     Fue lo que me dijo al estrechar mi mano, después de comprarle tres libros, coincidencialmente, publicados por Casa de las Américas: Dos novelas de Macondo, de Gabriel García Márquez, Poemas, de Nicanor Parra y En lo más implacable de la noche, de Idea Vilariño.

     Tenía una cita a las 12:45, en Infanta y Manglar, para ir a “buldajear”, con Luis. Salí a las 11:30, después de una jornada corta de trabajo voluntario, para llegar a tiempo. Una guagua, una máquina o una motorina que siguiera mi rumbo es un sueño imposible. Siempre y aún más, en estos días de bloqueo petrolero, caídas del SEN y demás. Atravesé La Habana Vieja y Centro Habana, a mi paso de librero andante.   

     Subiendo por Infanta, bajo un sol implacable e inmisericorde, me encontré con un puesto de libros, en un portal, frente a una puerta abierta. Un puesto humilde y sencillo. Parafraseando a Otilio Carvajal: “El más triste del mundo”.

     Un tablón de madera (no importa que suene redundante, total, acá en Cuba decimos subir pa´rriba y bajar pa´bajo) apoyado en dos sillas negras de metal. Sobre él, sin orden alguno, dieciocho libros. Entre ellos el de Gabriel García Márquez. Me detuve, como corresponde. Lo tomé y le pregunté al librero, delgado, perfectamente peinado, con un blue jean y un pulóver amarillo:

     -Buenas tardes, ¿cuánto vale?

     -Doscientos.

     – ¿Tienes más libros?

     -Sí, tengo. Pasa. Pasa…

     Y pasé a la sala de su casa (porque era su casa). Casi no había nada. Un sillón de ruedas al lado de la ventana, un cuadro desdibujado por el sol del sagrado corazón sobre una pared que alguna vez fue verde, y una mesa, de metal, con un mantel rojo con flores blancas. Sobre él una muñeca sin brazos, algunas revistas, dos ejemplares viejos de Granma y una caja con libros. Miré. Allí me esperaban, Nicanor Parra e Idea Vilariño.

     – ¿Cuánto por los tres?

     -Seiscientos.

     Se los di. No pedí rebaja.

     Y, mientras los guardaba en mi mochila, empezamos a conversar…

     -“Me llamo René Delgado. Tengo sesenta y seis años. Yo trabajaba, en la terminal de ómnibus, por cuenta propia. En una cafetería. Ya me jubilé. Ahora, desde hace seis meses, estoy de librero…Me gusta este tipo de negocio. Yo soy un fan a los libros. Leo de todo tipo de género. Sobre todo, románticas… Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós, Las impuras… Hay otra que se llama…

     –Las honradas, de Miguel del Carrión.

     -Ésa… Nunca estudié. Yo soy de Jovellanos, eso es Matanzas. Llegué a La Habana en el año setenta y cinco. Toda la vida he sido trabajador. Lo último fue en la terminal de ómnibus, hasta que me retiré. Ahora estoy acá. Yo vivo aquí. Infanta 859. Vivo aquí hace como diez años.

      El primer libro que vendí fue Don Quijote de la Mancha. La edición de dos tomos”.

     Y casi sin palabras, guardando un silencio luminoso, casi irradiando desde su alma, añadió:

      “Para mí un libro es… mi vida… Vaya… mi vida… Un libro es lo más grande que hay. Cuando niño, el primer libro que leí, fue Platero y yo. No he sido muy lector de poesía. De novelas románticas, sí. Uno se… La mente se va a otra cosa.

      Ser librero es el oficio más grande que hay. Porque estás en contacto con los libros. Los libros que vendo la gente me los regala. Para que yo, como dicen ellos y decimos nosotros los cubanos, “para que vivas”…

     -Para que resuelvas…

     -Sí, para vivir y resolver. Mi nombre es René Delgado… Aquí tiene a un amigo y a un librero más, de pura cepa –dijo extendiéndome la mano”.

     Y seguí el camino, guardando conmigo una historia que no puedo dejar de escribir, sin que se me escapen y pierdan las palabras.