ASUNTOS CUBANOS.
LECTURA EN STECK HALL, NEW YORK,
24 DE ENERO DE 1880
...continuación 5...
Y allá, en la sombra, de cuyas entrañas tenebrosas amenazaba, y amenaza todavía, nacer un monstruo, tan temido por algunos de sus honrados padres como por los que pudieran llegar a ser sus víctimas; allá, al chasquido del látigo, que todavía chasquea; al rumor de nuestros cañaverales, monótonos y melancólicos como los esclavos que los cuidan; al resplandor de hogueras numerosas, que más que un incendio, anuncian una época, los oídos atentos escucharon un concierto de ira y de esperanza, que no oyeron tal vez los que sin ellas cuentan, aturdidos por el ruido de sus pasos en las escaleras del palacio del gobierno. Bueno es sentir venir la cólera!
Aquel soplo caliente, que había trocado en legiones de héroes las que antes fueron gala de la danza, y regocijo y pasto de los vicios; aquel estruendo súbito de un pueblo estremecido que se levanta en una sola noche a la conciencia de sí propio; aquel fragor continuado, y batallar sin tasa, de hombres que llevaban todas las ideas generosas en la mente y todas las virtudes en el pecho; aquel alumbramiento espléndido, venido de haber bajado a punto la claridad a todas las conciencias,—¿habían dejado en sombra lóbrega a los esclavos de los ingenios?
Y las fugas parciales, que dejaban en los tímidos el conocimiento de la causa de la fuga, y esos anunciadores misteriosos que vagan por los aires en horas de tormenta, y el temor de los amos revelado por la presencia de las tropas en las fincas, y los cuentos de los soldados, y los ecos de las poblaciones, y los rumores de los campamentos, y tanta promesa de redención y de ventura ¿no habrían sacudido rudamente el alma lacerada de los esclavos infelices? ¡A todo cegarán los tristes presos, menos a la ancha puerta que se abre para acelerar su libertad!
Mas, si todo esto hubiera acontecido sin dejar huella; si las llamaradas de los campos no hubieran calentado las mejillas de los esclavos, esos árboles animados, en las fincas; si tan extraordinarios y prolongados sucesos hubieran podido pasar para ellos desapercibidos, —no hubo cerca bastante espinosa, ni mayoral bastante intrépido para cerrar el paso a aquellas palabras de redención inmediata y completa, merced a las cuales debió en gran parte el gobierno de España su triunfo ficticio. Ni hubo muros bastante espesos, ni dueños bastante avisados, para que los siervos amontonados sobre el terruño, no oyesen las historias maravillosas que les contaban los siervos redimidos. Ni hubo manera de impedir que los que habían debido la libertad a su valor y a su constancia,—enseñaran el fácil camino a los que no habían podido todavía salir de la esclavitud. De noche, los narradores se deslizan favorecidos por las sombras. Y reunidos, admiran, meditan y deciden. Han decidido ser libres.—Saben que es su derecho, y que hay una vía para lograrlo. Ven el ejemplo, y están dispuestos a seguirlo. Los más impacientes, con las armas. Los más sumisos, con otra arma no menos segura ni terrible. Porque, cuando trocados en senos de llamas rojas los canutos de las cañas, hierven, revientan y chispean; cuando se quiebran con ruido seco y sordo los tallos encendidos; cuando bandadas de chispas, como mariposas de fuego recién salidas de la larva, van a anunciar a los que no han cumplido su promesa, que otros cumplieron ya el empeñado juramento; cuando se habla, como señal severa, con esta lengua asoladora,—hay mayorales que han vuelto de los campos espantados, y dueños que han venido a la ciudad en alas de su espanto, a decir que entre los clamores del incendio y en la hora silenciosa de los cuartos, y en medio de las cañas, y en el día siguiente a la catástrofe, se oyen cantos severos y tenaces, y se perciben distintamente, al compás de una música más viva que aquella que los consolaba en otros tiempos, estas simples palabras, bondadosas y justas:—“Libertad no viene; caña no hay”.
Esa es la frase sobria de quien hará lo que promete: esa es la frase humilde de quien espera todavía: esa es la amenaza prudente de quien llegará a lo que se propone, cuando haya perdido ya toda esperanza de lograr su intento.
La periodicidad de esos incendios; su carácter constante de anuncio, por cuanto se limitan siempre a un breve espacio de la finca; su tenaz repetición, no interrumpida desde que comenzaron, y cada vez creciente; la seguridad, la impenetrabilidad de los medios que emplean para llevar a cabo su propósito,—a nadie pueden dejar duda de que estos peligrosos percances responden a un deseo firme, silenciosamente formulado, que habla el lenguaje aterrador que le han enseñado nuestra crueldad y sus desgracias. Pero no haya miedo ahora,—que la política cubana ha hallado una manera de atajar los incendios en las fincas; de convencer y suavizar a los esclavos; de detenerlos en esta vía temible. Y es un medio seguro, el único que han sabido concebir: la ley de abolición votada en Cortes.—Y el gobierno español ha hallado también un medio de arrancar de cuajo el mal amenazante, de asentar sobre sólida base la calma de los campos, con aplauso de los políticos pacíficos; y es un medio no menos seguro que el de estos: repletar los ingenios de soldados.
Oh! qué pobres pensadores los que creen que después de una conmoción tan honda y ruda como la que ha sufrido nuestro pueblo, puedan ser bases duraderas para calmar su agitación, el aplazamiento, la fuerza y el engaño! ¡Qué políticos son esos que intentan elevar a la categoría de soluciones, que para ser salvadoras han de ser generales, y para ser aceptadas han de satisfacer al mayor número,—aspiraciones acomodaticias sin precedente y sin probabilidad de éxito;—que creen que los problemas de un grupo de rezagados, de arrepentidos y de cándidos, son los problemas del país; que en vez de poner la mano sobre las fibras reales de la patria, para sentirlas vibrar y gemir, cierran airados los oídos y se cubren espantados los ojos, para no ver los problemas verdaderos, como si el débil poder de la voluntad egoísta fuera bastante a apartar de nuestras cabezas las nubes preñadas de rayos!
Cuando una aspiración es justa; cuando se la ha alimentado en silencio largo tiempo; y cuando solo se expone una existencia miserable para lograrla,—para evitar que triunfe una solución que solo tendría de aceptable la razón que la había engendrado, es necesario favorecer y apresurar el logro del propósito justo. Y así tendremos derecho, como lo tenemos los que alentamos la revolución, a la gratitud de aquellos que podrían justamente mirarnos con odio. ¡No todos los ofendidos tienen pasiones e intereses que les impidan el logro de su intento! Sobre el placer de dar lo justo, ¿por qué no procurarse la utilidad de haber evitado una catástrofe?
Se fingen miedos, por los sucesos de nuestro país ya desautorizados. Se pasean a los ojos de los timoratos lúgubres fantasmas.[17] ¿Son acaso los hombres de color, los negros y los mulatos,—porque no debe hacerse misterio de un hombre como todos los demás natural y sencillo?,—¿son acaso aquel rebaño manso que obedecía a la mano interesada del pastor, y al son de la elegíaca marimba, consuelo único prohibido a las veces, [que] esperaba en calma la hora de una lejana redención? ¿Son acaso una cohorte sanguinaria, que habrá, con soplos huracánicos, de arrancar de raíz cuanto hoy sustenta el suelo de la patria? Ah! Esto decían los españoles de los indios, tan ofendidos, tan flagelados, tan anhelosos como los negros de su inmediata emancipación; esta amenaza suspendían sobre las frágiles cabezas, cuando el aliento de Bolívar, más grande que César, porque fue el César de la libertad, inflamaba los pueblos y los bosques y levantaba contra los dueños inclementes la orilla de los mares y el agua turbulenta de los ríos! Y la independencia de América se hizo. Y con la faz radiante, aunque con el pecho devorado por el cortejo de rencores y apetitos que dejó en lúgubre herencia la colonia, la tierra redimida se alzó como una virgen, pura aún después de su tremenda violación, a ceñir sobre la frente de los buenos la premiadora palma tinta en sangre.—Pero los fatídicos anuncios no se realizaron; los indios no vinieron como torrentes desbordados de las selvas, ni cayeron sobre las ciudades, ni quemaron con sus plantas vengativas las yerbas de los campos, ni con huesos de blancos se empedraron los zaguanes de las casas solariegas. Ni una sola tentativa, ni un solo rugido de cólera turbaron la paz de los difíciles albores. De viejos males vinieron los males nuevos,[18]—que no de la venganza ni de la impaciencia de los indios. Y sea dicho de paso, desde esta tierra donde la conquista llegó de rodillas, y se levantó de orar para poner la mano en el arado; sea dicho desde esta tierra de abolengo puritano, para descargo de las culpas que injustamente se echan encima de los pueblos de la América Latina,—que los monstruos que enturbian las aguas han de responder de sus revueltas ondas, no el mísero sediento que las bebe; que la culpas del esclavo, caen íntegra y exclusivamente sobre el dueño.—Que no es lo mismo abrir la tierra con la punta de la lanza que con la punta del arado.[19]
Mas refrenando americanos ímpetus, volvamos a decir que ese temor de pavorosas luchas no es en los que pretenden ser su presa más que un modo pueril de retardar el cumplimiento de un deber. Los que se han acercado a los abismos, y bajado a su fondo; los que han buscado las fuentes del mal para cegarlas a tiempo, y han hallado en su camino leales auxiliares; los que vieron por sí propios los senos en que se elabora la tormenta, o se preparan los medios para conjurarla—,ni esperan locamente un bienestar inmediato y seguro, en cuanto a esta faz del problema cubano se refiere, ni abrigan el temor, disfraz de culpas, de que hombres en su mayor parte sumisos, en corta porción inquietos, y en buena porción inteligentes, realicen bárbaros intentos, a cuya sola sospecha se sonrojan honrados negros y honrados mulatos.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[17] Véase “el peligro negro”.
[18] Esta idea de que las dificultades de las repúblicas latinoamericanas arrancaban de la propia historia colonial es una idea repetida por Martí a partir de este texto en más de una ocasión, con el propósito central de demostrar que las dificultades de las nuevas naciones latinoamericanas no podían ser achacadas simplemente a una incapacidad o inferioridad psicológica o cultural de nuestros pueblos, como era entonces analizado frecuentemente el asunto. La expresión madura de este pensamiento puede hallarse en su ensayo cenital “Nuestra América”, publicado por vez primera el 1ro de enero de 1891 en La Revista Ilustrada de Nueva York, texto en que escribió: “La colonia continuó viviendo en la república”.
[19] Muchos años después, en su discurso pronunciado el 19 de diciembre de 1889 ante los delegados latinoamericanos a la Conferencia Internacional Americana de Washington, conocido como “Madre América”, Martí empleó la sinécdoque del arado para identificar la colonización británica de la América del Norte en contraposición con la emprendida por los españoles en el Sur, caracterizada por la violencia.

