ASUNTOS CUBANOS.
LECTURA EN STECK HALL, NEW YORK,
24 DE ENERO DE 1880
...continuación 4...
En cuanto a los que en Cuba permanecieron ¡qué rubor no debió haber encendido las mejillas de aquellos hombres valerosos, porque es menester más valor para sufrir la befa de los déspotas que para arrostrar su empuje en el combate! ¡qué silbos por las calles! qué terror, cuando, entre báquicos desórdenes, caían gotas de sangre en la artesa de vino de los cuerpos de guardia! ¡Qué humillaciones, qué bochornoso contacto, qué codeos! A los antiguos hábitos de siervos, hubieron de unir para salvar la vida y proteger el acrecimiento del caudal, diarias y vergonzosas confesiones, afables sonrisas, servicios reales a los que no han permitido jamás un carácter severo ni una protesta digna al alcance de sus ojos. No hablo yo de aquellos mártires escasos que a cumplir melancólicos deberes, sacrificaron vehementes aficiones; mas sí de los que vivieron de brazo con los elementos españoles, y les sirvieron en sus oficinas, y escribieron en sus periódicos, y se alistaron en sus filas, y engastaron en la luctuosa cinta de hule los colores a cuya sombra se disparaban en aquel instante las balas que echaban por tierra a Ignacio Agramonte y a Carlos Manuel de Céspedes. ¡Yo no sé si serán esos mismos hombres, los que intentan oponerse aún a la manifestación de nuestras honradas voluntades!
Tósigo fue aquel que entró demasiado bien en sus venas, para que hayan podido echarlo fuera de ellas todavía. Para esta infortunada porción de los cubanos,—por la difícil comunicación, por el miedo que mutuamente se inspiraban, y por el celo que los españoles ponían en ocultarla, la heroica existencia de los revolucionarios era, a modo de sueño y de leyenda, lejana maravilla. No tuvieron hijos bajo chozas fabricadas por sus manos, estallando el rayo arriba, y en torno los fusiles. No anduvieron desnudos por los campos. No aplaudieron a oradores que hablaban a la vez con la lengua y con el rifle. No hicieron por la noche la pólvora con que por la mañana habían de saludar valientemente al día. No sufrieron los dolores de Job. No los inflamaron los héroes con su aliento. Los caballos que arrebataron del seno enemigo a un soldado que cumplía entonces con su deber, no pasaron, con carrera fantástica, a sus ojos.—Ni prepararon, ni conocieron, ni sintieron la revolución. Y los que la amaban, sin entrar en sus problemas, ni estimar su fuerza, ni ver su alcance, por lo que han podido ser luego fácilmente crédulos; los que llevaron breve luto, pero luto al menos, por su aparente muerte, no estaban preparados a resistir la palabra ávida de los que en la cómoda hora dieron rienda suelta a aficiones políticas, y a odios, si bien disimulados, no por eso, y tal vez más por eso, difícil y tumultuosamente contenidos.
Las seducciones de la riqueza, y los disfraces que la inteligencia proporciona a una voluntad capaz de usarlos, no pervertían fuera del recinto de las poblaciones occidentales, el puro sentido de los vigilados campesinos. Persecuciones severísimas habían echado lejos a cuanto había en aquellos campos de bravo, inteligente y bueno. Escrupuloso era el registro de conciencias. La memoria había de ser más fiel allí donde el dolor había sido más vivo. Por eso, cuando no ha mucho peregrinaron por pueblos y campiñas cercanas a La Habana, los oradores del grupo político que ha convertido hoy en cuestión de finanzas azucareras todas las graves cuestiones de la Isla,—no una vez sola saltaron los machetes en las vainas, y a calurosas peroraciones de español sentido, con promesa abundante de reformas, de que las Cortes de España están dando en estos instantes buena cuenta, respondieron los fieros montunos con vivas entusiastas, no a la patria liberal, sino a la patria libre.[10]
Consumada la tregua de febrero,[11] por causas más individuales que generales, en no escasa parte ya desaparecidas, y que a engaños y a celos se debieron, más que a cansancio y flojedad de los cubanos, ¿cómo habían de sentir del mismo modo, traídos a la existencia en común con tan diversos precedentes, dos pueblos de tan distinta manera preparados? Sensible fue apenas el cambio para los habitantes de la comarca occidental, y si en algo lo sintieron, con la mayor seguridad de la producción, fue en beneficio suyo:—radical fue el cambio y absoluto en el Centro y en el Oriente de la Isla. Los unos, de la ciudad esclava, quedaron en la ciudad esclava. Los otros, del campamento y de los bosques libres, vinieron a la esclavitud de la ciudad. Muchos, la veían por primera vez; otros, la amaron de distinta manera a como ahora la veían. Y cuando una voz inolvidable, porque hay gritos que resumen toda una época, dijo: “¿y los muertos?” todos sintieron que su cabeza se rompía, y se llevaron la mano al corazón.
Un secreto instinto, que va siempre delante de la reflexión, anunciaba al país que una paz tan misteriosamente concertada, tan inesperadamente hecha, y por unos y otros tan recelosamente recibida, no prestaba garantía alguna de durabilidad y solidez. En tanto que los que nunca desearon la guerra, afectaban tener por decisiva una paz en que nadie creía, los provocadores y mantenedores de la lucha, asombrados de sí mismos, volvían a estimar la guerra necesaria, y se preparaban para ella. Un sistema de infantiles libertades permitía en Occidente que patricios de todo punto inofensivos, divirtiesen la atención del país en elementales entretenimientos políticos. Impotente el Gobierno para contener la viril actitud del extremo Oriental,[12] que solo a fuerza de especiales halagos, y a condición de libertades amplísimas, cedió a la tregua,—consentía a los hombres de Santiago el ejercicio de una libertad en cuyo empleo y propia dirección no estaban dispuestos a cejar. Y los hombres de campo, como a las cédulas onerosas seguían las cédulas onerosas;[13] y a los Capitanes de partido los Capitanes de partido; y a la miseria heroica, deshonrosa miseria, y al hambre y la libertad, coronadas de una esperanza gloriosa, el hambre y la esclavitud sin esperanza,—no animaron con sus labores aquella calma lúgubre, interrumpida solo por la imprudente vuelta de alguna crédula familia que venía a sepultar en una tierra ingrata los ahorros de una laboriosa emigración, o por el ruido de los pasos de los vigilantes enemigos que seguros de la guerra nueva, porque conocían ya a los combatientes, estudiaban el campo de batalla y empleaban en prepararse para ella las sumas que recogían de los vencidos. No bien asomaba una cabeza, no bien se movía una lengua, no bien se erguía un hombre severo, a pedir cuenta del violento engaño, sentábale el gobierno a la mesa y clavaba en sus umbrales solícitos espías. Como una culpa castigaba en los campos sometidos, los actos y palabras que en la ciudad aparentaba proteger. Del seno de las urnas profanadas, surgieron nombres desconocidos o manchados.—Y se vio el espectáculo insolente de que una revolución que había estremecido durante diez años la tierra propia, y asombrado a las extrañas, durmiera con un sueño tan profundo y se desvaneciera con rapidez tan increíble, que un instante después de su interrupción inesperada, unas elecciones que se suponían hechas por los revolucionarios sometidos, no enviaran un solo representante al parlamento donde iban a decidirse sus destinos.[14]
¡Ah! Es que el cielo no puede permitir que los tiranos sean más de una vez cuerdos; es que para ser bastante enérgicos necesitábamos ser todavía más engañados; es que las rivalidades personales, que dividen las fuerzas e inhabilitan para la victoria, si pudieron producir una tregua provechosa, porque lo es siempre todo lo que acarrea una lección; si eran bastantes a perturbar y a contener por un momento breve un empeño grandioso, no podían sin embargo sofocar las hermosas pasiones y los vitales impulsos que promovieron la guerra interrumpida.
Elecciones libres había garantizado el gobierno de España, y falseaba las elecciones. Exoneración de tributos, y cobraba con mano recia los tributos. Libertad para los esclavos, y para que una ley indigna de perpetuación de la esclavitud fuese intentada por el gobierno español, fue necesario que la revolución amenazante asomase de nuevo el brazo fiero, tan esperado y tan temido.[15] Prosperidad para los campos fue ofrecida y se empleaban en aprestos militares y en espías, las sumas que a la riqueza pública se había prometido dedicar. Sedújose a los emigrados, anunciándoles que con sus bienes se les devolverían las rentas de ellos nacidas desde el instante en que la tregua fue firmada,—y cuando alguno de los muy contados que volvieron, enemigos tenaces de todo nuevo movimiento armado, enviaron a un hombre cubierto de mancilla, y que por tanto priva, a suplicar humildemente que se cumpliese lo anunciado, y se les entregasen las rentas, se negó el gobierno a devolverlas, aunque con algún otro más afortunado, lo hubiera hecho ya trabajosamente, so pretexto de que no había él de aprontar, sumas que estaban destinadas a preparar la nueva revolución. Prometió el gobierno que cesando la guerra cesarían las cargas por ella originadas,—y acabada la guerra, continuaron las cargas, y por ley del Parlamento continuarán ahora,[16] a pesar de que había ya desaparecido la causa que se les daba por excusa.—Y era, 26 señores, que las cargas no podían desaparecer, ni la guerra había cesado en realidad, porque la cesación de un hecho solo se determina por la cesación de las causas que lo produjeron; era que agravar las razones sin cuento que habían dado origen al primer conflicto, no podía ser camino prudente para privar de razones al segundo; era que los que ofendían no podían suponer que el que sabía blandir un arma, no la blandiese en venganza de la ofensa; era que los triunfadores conocían todo lo transitorio y casual de su triunfo; y era, en fin, que la conciencia de los déspotas suele ser más leal que el valor de los súbditos, y que los que habían medido sus armas con las nuestras, sabían que nuestras armas están hechas con un hierro mejor templado que el hierro de Vizcaya.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[10] Probablemente se refiere Martí a los incidentes ocurridos el 5 de diciembre de 1878 en Guanabacoa y en Managua, localidades de la provincia de La Habana. En la primera, la Guardia Civil reprimió ese día un acto público de propaganda electoral a tenor de que no estaba autorizado, luego de que el presidente de la Junta local del Partido Liberal, Francisco Valdés Mendoza, pronunció un discurso contra el gobierno colonial y a favor de la Revolución de 1868, en la cual había tomado parte. En la segunda población, durante el acto de constitución del Partido Liberal, se produjo un motín cuando las fuerzas militares intervinieron luego de que el dirigente liberal de la localidad se pronunciara contra la dominación colonial y justificara la lucha por la independencia.
[11] Se refiere al Pacto del Zanjón, firmado el 10 de febrero de 1878, por el que se acordó la paz sin independencia ni abolición de la esclavitud.
[12] Alusión a la Protesta de Baraguá, efectuada el 15 de marzo de 1878 en ese punto de los campos orientales, cuando el general Antonio Maceo, en conversación con el General en jefe español, Arsenio Martínez Campos, se negó a aceptar el Pacto del Zanjón y decidió que continuasen las hostilidades.
[13] Se acepta la lección de OC, que agrega “onerosas”, dado el estilo del resto del párrafo.
[14] Se refiere a las elecciones para diputados a Cortes efectuadas en Cuba el domingo 20 de abril de 1879, y en las que resultaron electos 17 diputados del Partido Unión Constitucional y 7 del Partido Liberal. Ninguno de esos 24 diputados electos había participado en las filas de la insurrección.
[15] El 4 de julio de 1870 se había promulgado la Ley Moret o de Vientres Libres, que postergaba la abolición hasta el fin de la guerra y la existencia de una representación cubana en las Cortes, aunque —repitiendo lo planteado en el decreto de 16 de septiembre de 1868— declaraba libres a todos los hijos que nacieran de esclavas a partir de su promulgación. El artículo tercero del Convenio del Zanjón estipulaba la libertad de los colonos asiáticos y de los esclavos que se hallasen en ese momento en las filas insurrectas. Cuando Martí leyó este discurso en Nueva York, las Cortes españolas —en las que estaban presentes los diputados electos por Cuba— se hallaban debatiendo la Ley del Patronato, aprobada finalmente el 13 de febrero de 1880, según la cual se declaraba la abolición, aunque los esclavos eran sometidos por ocho años al patronato de sus dueños, quienes deberían pagarles una retribución mensual. La abolición total y completa no fue declarada hasta octubre de 1886, mediante un decreto que acortaba en dos años el patronato, y en cuya adopción influyó el temor ante los preparativos revolucionarios encabezados desde 1884 por Máximo Gómez.
[16] Se refiere a la ley aprobada en 1879, según la cual los tributos se establecerían a partir de entonces de acuerdo a la ley del presupuesto anual. Desde ese año se redujo la contribución directa de las fincas azucareras al 2% de su producto líquido, aunque la de las actividades agrícolas y la de fincas urbanas fue elevada al 16%. A estos impuestos se unían los municipales y provinciales —que prácticamente doblaban el monto total de las cargas fiscales por pagar—y las altas tarifas aduaneras que protegían a las mercaderías y a la marina española. En resumen, los cubanos continuaron entre los ciudadanos que pagaban el más alto per cápita impositivo del mundo.

