ASUNTOS CUBANOS.
LECTURA EN STECK HALL, NEW YORK,
24 DE ENERO DE 1880
...continuación 3...
Pues ¿cómo, siendo la debilidad de los nuestros tan útil elemento para nuestros perpetuos enemigos; cómo, mordida por tan airados adversarios, esa guerra surge, y se propaga, y se fortalece, y comienza a nombrar sus autoridades civiles, y prepara mayores esfuerzos de más activo orden, sin que hayan bastado los cañoneros enemigos, ni la pueril excomunión de los que tiemblan bajo sus disfraces de pontífices, a cubrir de tal modo las aguas de los mares, que no se deslizasen sobre ellas las naves llevadoras de bélicos recursos?
Ah! Es que este hecho lamentable es un hecho necesario. Es que lo que teme confusamente la parte del país que influyó menos, en el pasado conflicto, en sus destinos, lo desea de nuevo y lo somete a la suerte de las armas, la parte del país que influyó más. Es que no hay en Las Villas, ni hay en Oriente, un solo hombre señalado por su importancia y su energía, que no comparta en este instante con los que combaten angustias y proezas, o purgue el delito de haberlos compartido—en el fondo de los mares, o en castigo merecido por sus vacilaciones, no haya sido encerrado en los castillos, o roa airado su culpa, camino del destierro.
Ah! Es que ya se han cansado nuestras frentes de que se tome sobre ellas la medida de los yugos,—aunque hay frentes que no se cansan de esto nunca. Es que el hacha cortante solo se aparta de nuestras cabezas con el golpe de otra hacha. Es que en los campos de batalla, en las prolongadas prisiones, en nuestra peregrinación por pueblos libres, hemos acostumbrado los pulmones a un aire que necesitamos respirar. Es que los pueblos que han sido muy criminales, necesitan, para ser felices, lavar con alta grandeza sus pasados crímenes. Es que tenemos el sentido de nuestros destinos, y obramos con él. Es que cuando ya nos ahoga, se hace preciso cortar el lazo que no sabe aflojarse a tiempo. Es que los que batallaron con el enemigo, dentro de la isla, y con la miseria, otro enemigo, fuera de ella, han conquistado el derecho, y contraído la necesidad de respirar en tierra propia un aire honrado. Es que el aire que a otros asfixia, a nosotros nos avigora. Es que no nos resignamos a vivir sin patria. Es que somos bastante numerosos para contrastar a los que emplean su tiempo en ofenderla.—Es que hemos meditado, y comparado, y dado tiempo a los prudentes para que nos probasen su capacidad para la victoria: y la meditación, y el estruendoso fracaso, han confirmado la decisión del entusiasmo.
Esta no es solo la revolución de la cólera.[5] Es la revolución de la reflexión. Es la conversión prudente a un objeto útil y honroso, de elementos inextinguibles, inquietos y activos que, de ser desatendidos, nos llevarían de seguro a grave desasosiego permanente, y a soluciones cuajadas de amenazas. Es la única vía por [la] que podemos atender a tiempo a intereses que están a punto de morir, que son nuestro único elemento de prosperidad económica, y que nada tienen que esperar de intereses absolutamente contrarios. Y en este instante en que los mares amenazan de uno y otro lado del Continente salirse de quicio, para llevar sobre su espalda corva y móvil a los pueblos amarillos la artística riqueza de los pueblos blancos;[6] en este punto de la historia humana en que, por faena que pasma, parece que la tierra se va abriendo a una era de comunión y de mayor ventura, estamos en gravísimo riesgo los cubanos de perder para siempre el más cómodo, sencillo y provechoso medio de levantar la maltratada patria a inesperada altura de fuerza y de opulencia. Porque esta, que se mira por algunos como una época de transición y de perturbaciones trabajosas para Cuba, es para ella un instante, irreparable y decisivo, en el que, de no removerla enérgicamente, perderemos con la única mermada y amenazada riqueza que nos resta, la posesión natural y probable de uno de los más cuantiosos veneros de fortuna que el comercio en este tiempo ofrece.[7] Y estos problemas, por los que, como por todos los reales y premiosos, pasamos casi siempre sin volver a ellos los ojos, entorpecidos a fuerza de mirar cadalso y yugo,—montan un poco más que esos estrechos propósitos, aspiraciones imperfectas e insinuaciones tímidas con que individual y dislocadamente lucha hoy la falseada e insegura representación cubana en las Cortes españolas.—Y con ser el intento tan menguado, helos ahí, fusteados y vencidos, mirados como a extraños, y no tan castigados como egregios varones en otros tiempos fueron, porque, con alguna excepción meritoria, no han tenido ni el esforzado ánimo, ni la viril palabra, ni el seguro juicio que tuvieron ellos.[8]
Debe hacerse en cada momento, lo que en cada momento es necesario. No debe perderse el tiempo en intentar lo que hay fundamento harto para creer que no ha de ser logrado. Aplazar no es nunca decidir,—sobre todo cuando ya, ni palpitantes memorias, ni laboriosos rencores, ni materiales y cercanas catástrofes, permiten nuevo plazo. Adivinar es un deber de los que pretenden dirigir. Para ir delante de los demás, se necesita ver más que ellos.
Los pueblos no saben vivir en esa acomodaticia incertidumbre de los que al amparo de las ventajas que la prudencia proporciona, no sienten en el abrigado hogar las tempestades de los campos, ni en el adormecido corazón el real clamor de un país lapidado y engañado.
Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones; y acarician a aquella masa brillante que, por parecer inteligente, parece la influyente y directora. Y dirige, en verdad, con dirección necesaria y útil en tanto que obedece,—en tanto que se inspira en los deseos enérgicos de los que con fe ciega y confianza generosa pusieron en sus manos su destino. Pero en cuanto, por propia debilidad, desoyen la encomienda de su pueblo, y asustados de su obra, la detienen; cuando aquellos a quienes tuvo y eligió por buenos, con su pequeñez lo empequeñecen y con su vacilación lo arrastran,—sacúdese el país altivo el peso de los hombros y continúa impaciente su camino, dejando atrás a los que no tuvieron bastante valor para seguir con él. La política oportunista, como ahora se llama, pretendiendo erigir en especial escuela lo que no es más que el predominio del buen sentido en la gestión de los negocios públicos; la política oportunista, que no consiste en esperar ciegamente, y a pesar de todo, sino en no impacientarse cuando hay derecho a tener esperanzas,[9] no puede ser el loco empeño de fingirlas allí donde no hay razón alguna que las alimente o autorice. La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio.
De los elementos vibrantes y variados que palpitan en Cuba; de la impotencia para el bien, y de la incapacidad para el gobierno, de la política española; de los hábitos contraídos en la larga campaña, no equilibrados por posteriores beneficios, y favorecidos por nuevas ofensas; de la costumbre de batallar que agita a unos, de la costumbre de ser libres que inquieta a otros; de la vergüenza de haber contribuido al general desdoro; de la ausencia absoluta de los caudales recelosos en la más necesitada y considerable porción de la Isla; de la abundancia irreflexiva y traidora de promesas, que hacía sentir luego en mayor grado el engaño; de la miseria sin esperanza que a todos afligía; del patriótico ardor que encendía a todos, alimentado por tan varias causas,—la revolución había de surgir, a despecho de los que no sentían tan vivamente estos punzantes males; había de surgir desatentada y fiera, como explosión de cólera y renacimiento tempestuoso de aspiraciones varias e iracundas, que no necesitaban de previo acuerdo para lanzarse a la batalla. Y como así había de surgir, y no había en el gobierno español prudencia para evitarla, ni fuerza para contenerla; ni en la política española había caminos, cualesquiera que fueran sus accidentes, para dominarla, aprovechando el cansancio de muchos, por urgentes y numerosas reparaciones; como la propaganda, estrecha y desoída, de platónicos teorizantes, ni iba más allá de los en ella interesados, ni ofrecía digno alimento a las pasiones, ni consolaba con su energía, ni aliviaba los males con su empeño, ni convencía con su raciocinio,—en esta conflagración de hirvientes elementos, en este amontonamiento de la ira, en este apresto incontrastable de los menesterosos y de los batalladores, fue por todo concepto necesario, como única obra inmediata y oportuna, dirigir y hacer entrar en borde, una revolución inevitable, que, entregada a sí misma, nos hubiera llevado a graves riesgos en su desbordamiento torrentoso. Cuando un mal es preciso, el mal se hace. Y cuando nada basta ya a evitarlo, lo oportuno es estudiarlo y dirigirlo, para que no nos abrume y precipite con su exceso. De manera que cuando no hubieran el valor y el decoro, y el sentimiento del honor, leyes primeras de la vida, producido la actual revolución,—y ellas solas habían de ser fuerza bastante a producirla,—un motivo vulgar de conveniencia, y un raciocinio lógico y cerrado, llevaban a vigorizar y dar matiz y forma a un movimiento que no era posible ya impedir. Y por esto,—como las mismas razones, fortalecidas por sucesos nuevos, y por los acuerdos esperados, militan ahora,—es ahora lo único oportuno auxiliar con energía a una revolución que por sí propia toma cuerpo, y por la crueldad y la torpeza de sus enemigos. Y por esto, con desdeñoso olvido de simpatías que no han menester, y con el aplauso en junto de la razón y del decoro satisfechos, se enorgullecen de su obra los que alentaron con toda su energía, y auxilian con todas sus fuerzas, la actual revolución.
Era natural aquella lamentable diferencia entre los sometidos de siempre, y los rebeldes de siempre: era natural, dado lo raro de la grandeza y lo poco común del divino amor al sacrificio, que pensaran de distinta manera los que durante los diez años habían vivido peleando, y los que habían vivido los diez años en las poblaciones españolas.—Los que por indiferencia o por flaqueza, no habían tomado parte en la revolución, hallaron en la paz inesperada un pretexto con que justificar su retraimiento. Y se asieron a él, con la tenacidad con que se asen los que unen a la vanidad la inteligencia, espoleada por el miedo.
Era natural la división. No había ocupado de igual modo la revolución todo el territorio de la Isla. Vieron los pueblos del extremo más occidental aquella década, no bajo la forma de guerra activa y de derecho conquistado, sino bajo la de persecuciones, muertes en patíbulos, lento martirio en los presidios, con todo el cortejo de increíbles crueldades, de cuya remembranza no han menester para esforzar sus argumentos los hombres pensadores. En el Oriente y Centro de la Isla, y en buena parte de Occidente, los niños nacieron, las mujeres se casaron, los hombres vivieron y murieron, los criminales fueron castigados, y erigidos pueblos enteros, y respetadas las autoridades, y desarrolladas y premiadas las virtudes, y producidos especiales defectos, y pasados años largos, al tenor de leyes propias, bajo techos de guano discutidas, con savia de los árboles escritas, y sobre hojas de maya perpetuadas; al tenor de leyes generosas, que crearon estado, que se erigieron en costumbres, que fueron dictadas en analogía con la naturaleza de los hombres libres, y que, en su imperfecta forma y en su incompleta aplicación, dieron sin embargo en tierra con todo lo existente, y despertaron en una gran parte de la Isla aficiones, creencias, sentimientos, derechos y hábitos para la comarca occidental absolutamente desconocidos.
En tanto, en Occidente,—descartando desde ahora de una vez por todas, de estas consideraciones, la suma grande de habitantes de los pueblos que fue antes, y continúa siendo hoy, fiel a la patria,—la revolución ejercía distinta influencia en las ciudades y en los campos. Luego que fue segado en flor lo más bello y mejor de nuestras eras, pasados los primeros años de la guerra, arrepentidos volvieron, o por rara fortuna o tristes artes se salvaron buena suma de pacíficos cubanos. De los que merecieron el honor de ser encarnizadamente perseguidos, porción valiosísima conserva su varonil manera de sentir, y callada u ostensiblemente, en Cuba o en la emigración, cumple con su deber y honra a la patria.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[5] En lo que a todas luces es una versión previa de esta Lectura, las ideas expresadas en este párrafo y en los tres inmediatamente siguientes aparecen así en su Cuaderno de apuntes número 3: “Esta no es la revolución de la cólera. Es la revolución de la reflexión.—Es la única forma, es la única vía por que podemos llegar tan pronto como nuestras necesidades imperiosas quieren, a la realización de nuestros brillantes y enérgicos destinos.—Que, en esto de lo porvenir, la meditación severa y el fino juicio desvanecen los fantasmas que forjan o el interés temido, o la ignorancia pretenciosa, o el tembloroso miedo.—Debe hacerse en cada momento lo que en cada momento es necesario. No debe perderse el tiempo en intentar lo que hay fundamentos sobrados para creer que no ha de lograrse. Aplazar no es nunca decidir. Los pueblos no saben vivir en esa acomodaticia incertidumbre de los que, al amparo de las ventajas que la prudencia proporciona, no sienten en el caliente y abrigado hogar las tempestades de los campos,—ni en el adormecido corazón el real clamor de un pueblo fusteado y engañado.—Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa sufridora, es el verdadero jefe de las revoluciones. Y acarician hipócritamente a aquella brillante masa que, por parecerles inteligente, parece la influyente y directora. Y dirigen en verdad, con dirección necesaria y provechosa, en tanto que obedecen.—En tanto que obedecen a las inspiraciones y encomiendas de su pueblo. Pero en cuanto, por propia debilidad, asustados de su obra, la detienen, allí donde la labor fácil termina, y el peligro real comienza:—cuando aquellos a quienes aceptó y tuvo por buenos, con su pequeñez lo empequeñecen, y con su vacilación lo arrastran, sacúdese el país altivo al peso de los hombres, y continúa impaciente su camino, dejando atrás a los que no tuvieron bastante valor para seguir con él.—
La política oportunista, como ahora se llama, pretendiendo erigir en especial escuela lo que no es más que el predominio del buen sentido en la gestión de los negocios públicos,—la política oportunista que no consiste en esperar, ciegamente y a pesar de todo, sino en no impacientarse cuando hay derecho a tener esperanzas,—no puede ser el loco empeño de fingir esperanzas allí donde no hay razón alguna que las alimente o autorice. La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio”.
[6] Alusión a los proyectos del canal centroamericano, que comenzaban a concretarse por entonces, pues en 1878 el gobierno de Colombia había aprobado un contrato que concedía a la Sociedad Civil Internacional del Canal de Panamá la exclusividad para la apertura de la vía y para su explotación por 99 años. Esta es la primera mención de Martí al asunto canalero, cuya importancia para el futuro de Cuba y el mundo refirió en más de una ocasión, como lo aludió en el discurso en el Club de Comercio de Caracas (1881) y en el Manifiesto de Montecristi (1895).
[7] Tras el fin de la Guerra de los Diez Años, Cuba afrontó un período de ajustes económicos y sociales en virtud de la crisis de la plantación esclavista ante el avance del azúcar de remolacha en los mercados europeos. Desde 1878 se debatieron los problemas de la organización de la producción azucarera y de su fuerza de trabajo, los cuales fueron encaminados hacia la conversión del ingenio semimecanizado en el central, la separación de la agricultura y la industria azucarera, y la abolición de la esclavitud y el impulso a la inmigración, mientras que crecientemente Estados Unidos se iba convirtiendo en el destinatario del azúcar crudo y de las mieles finales del país. Martí relaciona este momento de crisis de la economía azucarera cubana con el acrecentamiento del valor estratégico de la Isla cuando se abriese el canal de Panamá.
[8] Durante su breve estancia en Madrid a finales de 1879, en calidad de deportado político, Martí asistió varias veces a las sesiones de las Cortes, en las que se discutía por entonces el problema de la esclavitud y de las reformas en Cuba.
[9] En singular en la edición príncipe, aunque se emplea después el plural en el verbo y en el complemento.

