ASUNTOS CUBANOS.

LECTURA EN STECK HALL, NEW YORK,

24 DE ENERO DE 1880

...continuación 2...

     En hora buena os nieguen existencia cierta; en buena hora crean que nosotros, y nuestros amigos, y yo mismo, somos, no cuerpos vivos y reales, sino fantasmas vagabundos, fatídicas apariciones, malévolos espíritus parleros, nacidos a turbar la calma plácida de los bienaventurados palaciegos. Sea, señores, norabuena que los presuntuosos imaginen que un pueblo que ha vivido largos años en el espectáculo incesante de su excepcional grandeza, y en el ejercicio, a menudo organizado, de su libertad, pueda venir de súbito, sin provecho alguno para la hacienda, sin garantía alguna para la vida, olvidando de una vez sus fieros hábitos, a vivir en voluntaria servidumbre, para complacencia de los tibios, y para la gloria y el provecho de un enemigo cruel e incorregible. Extravío tamaño de las humanas facultades y dirección tan irracional de las pasiones indómitas, podrán ser, en cónclave de augures, motivo de consuelo para los acomodaticios pensadores, penetrados de pánico y alarma,—sin que, a lo que yo entiendo, y de lo que yo os respondo, sientan en la callada soledad surgir en su ánima la galvánica energía que con la fiebre del temor escriben. Suele así el miedo, natural consecuencia de la culpa, animar con calor enfermizo las mejillas.

     Pero si creen los engañados que para privar de real existencia a lo que existe, basta, a modo de niños temerosos, cerrar los ojos de manera de no verlo, y negar, porque a los nuestros no se alza, que a los ojos abiertos tenga vida; los que aquí nos congregamos y los que fuera de este recinto nos ayudan,—por la obra unida de la reflexión y el entusiasmo; por el propósito cuerdo de dirigir y amoldar a empeño franco, efervescencias que pudieran llegar a ser luego de difícil molde;—por arraigada convicción de que la lucha presente acelera y define una situación propia y precisa, para llegar a la cual siempre sería esta misma lucha imprescindible;—por fundada creencia en la absoluta falta de elementos políticos en España, que pudieran,—por inmediato, y en apariencia radical, que fuera el cambio que los actuales elementos sufriesen—asegurar a Cuba un porvenir político y económico tan cuerdo que calmase todas las impaciencias, tan amoroso que borrase todas las injurias, tan útil que no amenazase de próxima muerte nuestros únicos productores de riqueza; nosotros, los que aquí nos congregamos, por raciocinio estricto, por riguroso examen, por entusiasmo que sube de punto y fortaleza cuando no lo inspira el odio ciego sino la meditada convicción,—creemos y sabemos que esta guerra[2] ha brotado de sus naturales elementos, asombrando a los mismos que, con dolor agudo, pero con serenidad inconmovible, preparaban el país para un sacudimiento necesario, en el cual aceptan, vencedores o vencidos, toda la responsabilidad de quien, seguro de la rectitud de su espíritu, desdeña la pérdida de una popularidad cómoda, y arrostra con frente alta la censura de los que, con sus mismos deseos e impaciencias, aspiran sin duda alguna a aprovecharse de los beneficios de una victoria que no tienen el valor de preparar.

     Creemos y sabemos que la naturaleza humana, mala por accidente y por esencia noble, una vez hecha al ejercicio de sus prerrogativas más honrosas, solo las trueca o las declina por provechos a tal punto halagadores que sean dignas de compensar el inefable placer que produce el dominio sensato de sí mismo. No cabe por tanto en la naturaleza humana, alimentada por los dolores que engendran el rencor, y por la ira que levanta en el ánimo del engañado el pesar de haber cedido a un engaño que no equilibra el bochorno que causa con la utilidad que reporta; no cabe ciertamente, que todo lo que satisface nuestros deseos, está de acuerdo con nuestro raciocinio, nos enaltece a nuestros propios ojos, proporciona a los ofendidos venganza de la ofensa, y facilita todas estas expansiones con el placer de la libertad y con la influencia del hábito,—se trueque por una existencia sin esperanza de mejora, en que los nuevos soles anuncian nuevas burlas, en que el temor de los enemigos desvanece toda esperanza de fructífera concordia, en que se agravan con males nuevos los recientes y terribles males, en que la dignidad vive ofendida, la vida amenazada, la riqueza cohibida o impedida, y las legítimas y habituales expansiones, antes enérgicas y libres, sujetas a malévola censura y a una expresión deforme, traidora e incompleta. Oh no! No es hombre honrado el que desee para su pueblo una generación de hipócritas y de egoístas! Seamos honrados, cueste lo que cueste. Después, seremos ricos.—Solo  las virtudes producen en los pueblos un bienestar constante y serio.

     Palpen unos con mano vacilante la senda áspera y larga, como esperando la hora del éxito para unirse al cortejo triunfal; vuelvan otros los ojos con cansancio, del espectáculo de una lucha, después de la cual lamentarán, en la hora del peligro—porque la libertad naciente ha de ofrecerlos,—no haber entrado a contribuir a una revolución cuyo alcance y empuje no serán luego bastante poderosos a contrastar,—porque es ley que no exceda la cosecha del monto y calidad de la semilla; abandonen hoy con culpable tibieza lo que mañana, espantados tal vez de las consecuencias de su culpa, pretenderán asir en vano; afilen algunos con mano solícita, y alarguen al dueño, los aceros que han de clavarse en el pecho de los que mueren—¡oh terrible fortuna!—en defensa del bienestar y libertad de aquellos que los asesinan. A muchas generaciones de esclavos tiene que suceder una generación de mártires. Tenemos que pagar con nuestros dolores la criminal riqueza de nuestros abuelos. Verteremos la sangre que hicimos verter: ¡Esta es la ley severa!

     ¡Oh! ¡Y cómo se cumple de nuevo en nuestros campos, testigos hoy como ayer de un mal inevitable,—por cuanto de feroz, avara y opresora conserva aún, en castigo tal vez de extraordinarias culpas, la triste especie humana! De las flaquezas de los unos, nos consuelan bravuras de los otros. ¡Abnegadas mujeres! Caliente vuestras mejillas el pudor: dé el trabajo vigor a vuestra sangre, y con ella calor a vuestros rostros; mas ya no los colore la vergüenza por la debilidad de vuestros hijos! No había muerto aquella pléyade brillante, que peleó con menos armas, y moría más hermosamente que pueblo alguno de la tierra. Los trabajos la fortalecen; el espíritu de los muertos pasa a alentar el alma de los vivos. Los viejos héroes, acostumbrados a la gloria, vuelven a buscarla.—¡Qué miserable vida la del que concibió un alto empeño, y muere sin lograrlo!—¡Se sale de la tierra tan contento cuando se ha hecho una obra grande! Ya cabalgan de nuevo en la llanura los jinetes de hierro; ya resplandecen de nuevo aquellos rostros con el fulgor de la victoria; vuelven a ver el bosque en que triunfaron; sobre olvidadas cruces juran de nuevo un voto no olvidado; a recibir a sus hermanos surgen de las amigas selvas, mejores guardadoras de nuestro honor que las ciudades, familias beneméritas que habían continuado prefiriendo la soledad del monte a vergonzosa entrega; hombres fornidos, no capitulados, únense a las fuerzas salvadoras; regados con la sangre de los buenos, que no se vierte nunca en vano, cuajan los árboles amigos abundantes frutos; el alimento ocioso, huelga; un expedicionario valeroso rompe un bote, con el que pudiera poner la vida en salvo, porque—¡ah brava frase!— “tenía ya ganas de pasar trabajos”; pregúntasele a otro si, como luchó en la pasada guerra, lucharía en la nueva, y dice simplemente: “Nosotros hicimos en 1868 un juramento; pero aquel juramento fue un contrato entre todos los que lo prestaron; los que han muerto lo han cumplido; los que vivimos no lo hemos cumplido todavía”. ¿Y vencerán a un pueblo semejante? ¡No hubiera escarnio bastante vigoroso para echar encima de los culpables que lo dejasen perecer!—No ha muerto la leyenda. Indómitos y fuertes, prepárense sus hijos a repetir sin miedo, para acabar esta vez sin tacha las hazañas de aquellos hombres bravos y magníficos que se alimentaron con raíces; que del cinto de sus enemigos arrancaron las armas del combate; que con ramas de árbol empezaron una campaña que duró diez años; que domaban por la mañana los caballos en que batallaban por la tarde!


     Ese es un hecho; contra conjuros, veleidades y anatemas; contra la traición de los unos, la fatiga de los otros y la persecución de nuestros dueños, la guerra ruge en Cuba. Un mal no existe nunca sin causa verdadera. Busca la naturaleza el placer, que por sí mismo se mantiene; pero huye todo daño, a menos que invencibles causas no la obliguen a él. Jamás tuvo un suceso, suma mayor ni más alborotada de enemigos. Los que de mal grado habíanse resignado, sin conciencia de la grandiosa obra que empeñaban, a la pérdida pasajera del esplendor de su fortuna,—imaginando equivocadamente que haciendo acto de contrición volverán a disfrutarla, han hecho el acto. Los que empujados más allá tal vez de donde pretendieron ir, no entraron en este duelo a muerte con la mano bastante firme, con el objeto claro y definido, con el corazón dispuesto a todos los reveses,—descansan sobre las ruinas de sí propios, en espera de que no habrá más convencidos, ni tenaces, ni inteligentes luchadores que lleven a puerto la nave en que ellos zozobraron. Los que capaces de aspiraciones sin cuento y enamorados de la fácil gloria, dejaron morir a sus defensores para profanarlos luego alzándose sobre ellos, a enarbolar con mano fratricida el estandarte enemigo de aquel sobre cuyos mártires se alzaban,—vieron con ojos hostiles a los legítimos propietarios y a los valientes herederos de una victoria que usurparon en un momento de confusión y de vergüenza, pero que no puede pertenecerles, porque no han tenido virtudes suficientes para conquistarla. Ni ha de permitir un pueblo que lo guíen los que desconocen sus verdaderos elementos, ignoran en absoluto el objeto real y la vía útil del país en que nacieron, y en lugar de remover con mano fuerte, a fin de conocerlas y encauzarlas, las entrañas hirvientes del volcán, a riesgo de morir en ellas abrasados,—pretenden evitar la erupción sentándose en la cima, como si en las horas de fuego y de lava fuera bastante a evitar el estrago tan pequeño estorbo: como si, cuando la mejor y mayor parte de un pueblo se levanta, y de las tres comarcas de una tierra, dos mueren por un intento, y la otra lo admira,[3] pudiera ser el esfuerzo sofocado por la algazara descompuesta de un grupo que solo  ha sabido señalar su nombre a merced de conscientes engaños, de mantener promesas que sabía que no habían de ser cumplidas, y de escarnecer y sonrojar a la revolución originaria de su poder ficticio, a la madre gloriosa a quien habían debido la existencia.[4]


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[2] Se refiere a la Guerra Chiquita, comenzada el 24 de agosto de 1879.

[3] Martí alude a que la Guerra Chiquita transcurría en la zona central y oriental (Camagüey y Las Villas), y no en el Occidente.

[4] Al estallar la Guerra Chiquita, la Junta Central del Partido Autonomista acordó enviar comisionados para convencer a los alzados de que depusieran las armas y colaboraran con el gobierno colonial. Al cese de los combates, el general Ramón Blanco, gobernador de Cuba, declaró que ese apoyo valió a España más que veinte batallones.