EL MAESTRO [1]

Aunque este y otros artículos sobre materias de enseñanza tendrán, por la forma, un alcance público general, no puedo despojar el asunto de su base científica. De modo que conciliaré, en lo posible, la exposición llana con cierto rigor, propio de la especialidad. Sin esta última se mueve uno en plazo de meras opiniones, lo cual no es mi intento. Cada problema educacional de los que iré tratando en escritos sucesivos es objeto, actualmente de mis reflexiones personales, y con la posible aplicación a necesidades cubanas.

     La importancia del maestro (el de instrucción primaria y el profesor de otros centros) en el aula, ha tenido altibajos en las ciencias educacionales, según se le haya convertido en agencia única, central, dogmática, de la enseñanza, o se le haya fijado (con mejor criterio) una función reguladora, incitadora, en las actividades escolares, dejando a salvo una parte de la espontaneidad, la iniciativa y la libertad del alumno. He dicho “una parte”, y lo subrayo porque algunos extremistas entusiastas yerran al creer que se cultiva la personalidad de niños y adolescentes, absteniéndose el maestro de intervenir sistemáticamente en las actividades, los juicios, los intereses.

     Lo cierto, tanto en la escuela tradicional como en la renovada, en que el maestro constituye el eje de la escuela, la vocación asegurada en cada normalista sería una conquista ideal. A eso se tiende, merced a los tests vocacionales. En efecto, se someten a determinadas “pruebas” (no exámenes) los aspirantes. Se determina mediante tests, un conjunto de condiciones. En lo general, por ejemplo, y sin entrar en lo específico: la inteligencia, las aptitudes para tal o cual actividad, los intereses individuales, ciertos rasgos de la personalidad, como presencia de ánimo, firmeza y otros factores del carácter. Además, los estados emocionales y desde luego, la salud, como base física. Entre nosotros no existe todavía la aplicación normal, constante, de los tests encaminados a explotar la vocación.

     La cosa no es sencilla ni hay un consenso bien establecido todavía entre los investigadores. Algunos creen en la seguridad de las mediciones mentales en todas o casi todas las reacciones humanas. Otros, más cautos, dudan, y hasta niegan su eficacia en la determinación de ciertas modalidades que parecen, en efecto, reacias, a toda técnica de medición. Por otra parte, el problema de la vocación, es en sí, complejo. A su campo se llevan los tests, con resultados interesantes, pero hay mucho que aclarar. De manera que la aplicación de esta técnica a los aspirantes al magisterio no es todavía procedimiento de seguridad constante. Si uno sirve o no para maestro no creo yo que se decida previamente, sin error.

     Hay en esto algo más. La vocación para profesiones, artes, oficios, etc., se ha visto que es muy difícil de precisar, por tratarse de aptitudes en potencia (latente, no manifestadas) y por qué no aparecen a la misma edad en todos los individuos. En muchos casos, la vocación surge después de los años escolares. Se registran cambios de vocación en la edad adulta. No señalo aquí otros factores, pero lo cierto es que en los últimos años los investigadores han abandonado criterios que se daban por seguros y hoy el problema de la vocación ofrece pocos resultados definitivos, aunque es objeto de intensa pesquisa.

     De lo que si estamos seguros, sin que ningún test lo desmienta ni sea necesario que lo confirme, es del papel de la vocación en el maestro que la posee. Es para él su genio interior, la razón de su trabajo alegre, la fuente de sus triunfos. No adopta igual forma en todos; en uno es el goce intelectual de enseñar; en otros, el amor a determinada rama del conocimiento; en algunos, la aptitud para estar entre niños y guiarlos. En otros casos, la vocación del maestro adopta la forma del amor a los altos fines humanos. Hay ejemplos en que coinciden en un individuo todas esas formas. Pero basta una para que la vida y la obra de un maestro se ilumine con el resplandor de la verdad. La verdad como el bien, presenta contenidos infinitos, y quien toca no más uno de ellos, ya se comunica con algo esencial del universo. De ahí la impresión de extrañeza que causan algunos educadores entre sus contemporáneos, como si ocultaran un mensaje de salvación. Eso pasó con José de la Luz y Caballero.

     Cada generación produce algunos ejemplares humanos de esa calidad. Pero no podemos, a base de ellos, trabajar. Sin subir a esferas de vocación acabada, hay gran número de maestros utilísimos por su fácil adaptación y, al cabo, consagración, en algunos casos, a una labor que quizá, en rigor no haya sido la que por íntima preferencia hubieran elegido.

     No puede existir un tipo común de maestro, que sea el modelo. La naturaleza humana es de una riqueza inagotable en sus tipos, sin contravenir cierto fondo o hechura de similitud universal. Lo cual dice ya que los maestros, como los médicos, los abogados, los ingenieros… están desigualmente dotados y no hay cursos ni elencos que les igualen la mentalidad. ¿Y para qué? Tampoco igualarán ellos la de los alumnos ni falta que hace. Desiguales en grado y en tipo de inteligencia (que son cosas bien diversas); desiguales en la aptitud concreta para esta o aquella actividad; desiguales por la sensibilidad para el dolor ajeno; para la belleza en la Naturaleza y en el Arte; para la historia patria. De esto último he observado casos de maestros sensibles a los hechos patrios. Diría yo que poseen la emoción de lo histórico, y si su lumbre pasa de tiempo en tiempo por las aulas, hay esperanzas de que no arrojemos de legiones de descreídos o materializados a la brega del Mundo.

     Compatible con esa desigualdad, cuyos extremos pueden ser el genio y la medianía, hay un cuadro de elementos que luce bien en la personalidad del maestro. Una buena presencia física, voz educada (que no ha de malgastar por emitir mal), continente, gesto y ademanes de armonía y serenidad, índole personal accesible, no hermética, capacidad simpatizante en cuanto a los intereses de otros, bondad genuina, firmeza sin sequedad, laboriosidad fluida… Pero esto último requiere considerarse aparte.

     Sí, porque si la labor de clase, sea explicable, o narración, o trabajo dirigido, cae mecánicamente, como en pedazos, sin alma, porque es la hora de determinada asignatura y hay que salir de ella, entonces el esfuerzo es infecundo. En la escuela lo fecundo es el estudio que amamos y se nos torna cosa viva, fluida, comunicativa. Sin darse uno a lo que hace no hay en las almas ni mejoramiento real. “Tocan a algunos atesorar virtudes para distribuir consuelos”,[2] dijo Luz. Hay mucho de artista en el verdadero maestro.

     Un normalista que se gradúa ha de continuar estudiando si aspira a crear, de una vez, la atmósfera mental que el aula demanda. Debe adquirir un libro cuando menos cada mes, desde que comienza a ejercer. Comprendo que muchos no pueden hacerlo antes. Es un hábito, que a la larga forma una biblioteca privada. Yo le aconsejaría que alternara la clase de libros: uno científico, preferentemente de aquellas materias a que más se va a dedicar; otro que de margen para el pensamiento, pues el maestro no se forma solo a virtud de programas de Física, Anatomía, Geografía, Matemáticas… sino que necesita lecturas variadísimas donde sienta los problemas y dolores del hombre en el mundo. Sí, porque la educación, si ha de influir ha de marchar a compás de la vida, y esta es multiforme, intrincada. A veces, las épocas presentan una cerrazón de tinieblas. Que no se desaliente el joven que enseña en la escuela primaria, o en los Institutos, o en las Escuelas Normales. El estudio continuado, la lectura de ciertos clásicos y una adhesión profunda a los valores del bien, abren, siempre brechas para que pase la luz. Sobre los buenos no cae nunca la noche de la confusión.

     Cultiven el maestro y el profesor jóvenes el idioma nativo, que representa, en mucho, la mentalidad de la raza. No descuide su expresión, así hablada como escrita, sin dar en petulancia. Decía yo hace algún tiempo a un grupo de normalistas que en toda exposición de un buen profesor, hay dos lecciones: la del asunto que trata y la de la palabra en que vierte los conceptos. Esto último lo recibe y aprovecha el alumno sin que la clase sea de español. Y cultive el maestro (me dirijo a los que empiezan) su dicción, su prosodia. Propóngase ser un buen lector, nota de mucha cuenta en el aula, para hacer sentir la belleza y el mensaje humano de ciertos éxitos.

     Borrero Echeverría, tan fino y sensible, escribió un libro hoy en desuso. Me refiero a El amigo del niño, sustituido desde hace años por otros quizás más pedagógicos y actuales en algunos aspectos, pero sin la animación de aquellas páginas. Hoy es difícil hallar un ejemplar. Era un libro “lleno de gracia”. La plática enamorada iba tocando asuntos de la realidad cotidiana, de la ciencia, de la imaginación, y el autor invitaba sin cesar a verle a la vida su encanto y sus tristezas. Evoquemos con este motivo la noble figura de aquel médico, profesor y escritor cubano, gran amigo de otro alto maestro: Enrique José Varona.

     ¿Para qué se es profesor? Indico solo varios menesteres. Para habituar a los alumnos a pensar por sí y lograr dirección personal. Para que aprenda a dudar, a suspender sus juicios, a rectificar, a confesar errores, a buscar, como joya reluciente, la verdad. Y se es maestro para infundir la noción de que el bien, en sus variadísimas formas, no es sisatorio (siestorio), sino condición perenne de la dignidad humana.

     Volviendo a la base científica de la formación del maestro, nótese que si este maneja, nada menos que la naturaleza humana, ha de conocer algo las ciencias que la estudian. Entre ellas la Psicología es central. De manera específica, la Psicología educacional, si no se quiere proceder por simple rutina. La bibliografía actual sobre la materia es extensísima y no es propia de este artículo. Pero no está de más señalar dos obras guiadoras: la de Wheeler and Perkins, en inglés, y la Skinner, traducida recientemente. La primera es más fuerte, no por el número de asuntos ni por su detenimiento en ellos, sino porque expone el fundamento científico de las teorías, mientras que la segunda se limita a dar los resultados de la investigación para que se proceda a aplicarlos.

     Buen número de páginas de estos autores insisten en que cultivemos la individualidad de los niños y adolescentes situándolos es esferas de actividades libres. Esto conduce a la vez a una actitud de criticismo frente al mundo; examen y ponderación constantes del fluir social.

     Por último, recuerdo que un día hablé de “la dignidad económica de la cultura”, refiriéndome a los escritores y artistas. Cabe aplicar el concepto al magisterio y al profesorado. Que perciban la mayor remuneración que el Estado pueda y deba fijarles.

     ¿Qué más? Después de todo, lo apuntado viene a ser mera introducción al problema del Maestro. De las tres antigüedades clásicas (la hebrea, en la Biblia, la griega y la latina) emerge un soplo animador de energía moral. Es lo que denominamos Humanismo, en su esencial sentido. Esa herencia cultural no agotará nunca su lección. Si una sola sentencia pudiera resumirla sería la de Cristo: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, que es, por cierto, el mejor lema de todo aprendizaje fecundo.

     Si todos los profesores que trabajan con alumnos de trece a dieciocho años, más o menos, dedicaran seis meses a estudiar en esquema siquiera, la Psicología del Adolescente, nuestra enseñanza alcanzaría ventajas así en la didáctica como en la disciplina. Desde luego que algunos, (no sé si muchos), lo hacen.

     Véale el profesor, con realismo, la dureza y los azares al mundo. No se los oculte al adolescente, ni le diga que los mejores triunfan siempre. Muéstrele las facetas de la realidad y los caminos que siguen los hombres. Que no se sienta engañado más tarde. Eso sí, que pese sobre él la sugestión de que la conciencia tranquila es una realidad también y parece que la más alta.

Medardo Vitier

El Mundo, La Habana, 26 de octubre de 1947.

Tomado de El Mundo, La Habana, 26 de octubre de 1947; Valoraciones I, nota preliminar de Mariano Rodríguez Solveira, Universidad Central de Las Villas, La Habana, 1960, pp. 78-84.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] “Con este artículo inicia su colaboración regular en El Mundo, el doctor Medardo Vitier, una de las más altas figuras intelectuales de Cuba, quien une a su vasto acervo cultural y maestría de estilo, el ejemplo de una vida sencilla y virtuosa, dedicada a la formación de conciencias. / Maestro en el más alto y dignificador sentido del vocablo, el doctor Vitier dedicará sus artículos semanales a tratar temas relacionados con la educación, en el afán de contribuir en esa forma al adelanto público y a la sana y certera orientación docente. / El Mundo se complace sobremanera en ofrecer esta nueva y valiosa colaboración a sus lectores”. (N. de R.).

[2] José de la Luz y Caballero: Aforismos (392), Obras, ensayo introductorio (“José de la Luz y Caballero. Las raíces de una cubanidad pensada”), compilación y notas de Alicia Conde Rodríguez, La Habana, Ediciones Imagen Contemporánea, 2001, 5 vol., vol. I, p. 198.