III
AL TÍO Pedro se le ha muerto el mejor amigo. Extraña y propiamente la mañana amaneció gris, húmeda a pesar del calor intenso. Llueve a golpes. El Tío Pedro, entre un grupo de asistentes al velorio, contempla los lavajos en la calle de tierra. Son rojos y reflejan los postes negros, delgados, y los alambres finos como de tela de araña. El muerto está allá dentro.
Un recién llegado, sacudiéndose la llovizna, pregunta en voz baja de qué ha muerto. El Tío Pedro responde en voz baja. El recién llegado sacude la cabeza. Es como si el que ha muerto hubiese cometido un acto imperdonable, una falta indecible, que los amigos procuran ocultarse. El muerto está allá dentro.
Al fin el Tío Pedro se decide y entra a dar el pésame. Entra aplastado entre la puerta y una señora enorme que se empeña en salir a toda prisa. En la capilla, a un rincón, hay un hombrecito vestido de negro que nadie conoce, con la melancólica cabeza inclinada sobre el puño de un paraguas enorme. El Tío Pedro se encuentra en los brazos de la madre, la doliente, que le solloza en el hombro: “Me lo han matado, Pedro”.
El Tío Pedro, que sabe que su amigo murió de los riñones, se acerca temeroso a la caja. He aquí, pues, el asesino y la víctima a un tiempo. Largo rato contempla aquel extraño, aquel desconocido. De lo que era capaz.
Tomado de Divertimentos, dibujos de Roberto Diago, La Habana, Ediciones Orígenes, 1946, pp. 84-85.

