Las paredes, de suciedad solo, están mal trabadas y entra una ráfaga fría que quiere apagar el fuego y persigue las llamas entre las piedras renegridas. El jamaiquino lo alimenta de ramas secas. “Yo no me he robado nada”.
El mar, gris, frío, otro mar de pronto, golpea agriamente en la arena. “Yo no sé nada”
—dice el jamaiquino—; “yo solo quiero irme”. Y se pone a soplar, sobre las hojas frescas del plátano, el machuquillo hirviente.