I

DEL VERTEDERO

EL VERTEDERO de bronce estaba en la esquina insoportable, la que, cuando venía uno a verla, era la última gota de agua para el cansancio de los ojos, hastiados del peso enorme de tantas apariencias. En sus adentros estaba esmaltado, de modo que reflejaba el añil demasiado maduro de las madrugadas hasta dar la ilusión de que lo llenaba el alba y de que a la tarde podría uno hundir los brazos en el alba. Pero no engañarse.

     El vertedero de bronce se alimentaba exclusivamente de horas muertas. (Cierta vez que le echaron, por error, las sobras de los perros, se atragantó el condenado y estuvo tosiendo que daba gusto). Las criadas derramaban en él resignadamente las lavazas de la mañana. El Tío Pedro le miraba con odio cómo se tragaba los restos mortales de sus mejores horas: colillas de cigarros y el polvo dorado de las nueve.

     Un día no pudo más y le largó un puntapié con toda su alma en el gaznate de hierro. Mientras el Tío Pedro se retorcía de dolor, el vertedero de bronce se enjugaba la garganta haciendo unas gárgaras soeces.

     La enemistad terminó noventa años más tarde, cuando el vertedero de bronce se tragó el último retrato que quedaba del Tío Pedro.

Eliseo Diego

Tomado de Divertimentos, dibujos de Roberto Diago, La Habana, Ediciones Orígenes, 1946, pp. 30-31.