VII

DE LA PELEA

DON RIGOBERTO Rodríguez, el Gran Fabricante, era un hombre macizo. “A mí no hay quien me desaloje” —decía don Rigoberto a propósito de cualquier cosa, sonriendo rosáceo al extremo de su enorme tabaco, y no había más remedio que creerle, viéndolo plantado sobre sus cortas patas de hipopótamo como un primitivo arco de triunfo.

     Don Rigoberto era un hombre de gran elegancia en el vestir, dentro de lo posible. Sus modales eran impecables, aparte del tabaco —que era ya solo una verruga más, después de todo. Don Rigoberto se trataba con lo mejor de lo mejor, no vayan ustedes a creerse. Y si tenía una extravagancia, ¿qué gran hombre no las tiene?

     La extravagancia de don Rigoberto consistía en llenar la casa de trastos. Las paredes habían desaparecido bajo una espesa capa de paisajes. Los candelabros y las lámparas crecían en todas partes como frutos monstruosos. No había modo de sentarse porque los ociosos cojines lo miraban a uno de mal talante, procurando ocupar todo el espacio posible en las butacas. Los muñecos de porcelana eran ya una verdadera multitud. Las satisfechas panzas de los jarrones, como de otros tantos gordos empleados holandeses, proclamaban floridamente la inamovible riqueza de don Rigoberto, el Gran Fabricante.

     “¿Para qué quiere usted tanto trasto, don Rigoberto?” —le decía algún amigo osado—. “Esto ya no se usa”. Don Rigoberto reía con todo el cuerpo, en oleadas sucesivas. “Es para que se me enrede ahí la muerte, cuando venga” —explicaba don Rigoberto, que gustaba de espantar con blasfemias a los timoratos. Y agregaba, guiñando un ojo: “Si es que viene”.

     Una tarde, al regresar de sus negocios, don Rigoberto encontró despedazado uno de sus jarrones. Hecho una pieza contempló el sitio desierto en que estuviera antes, y, por el suelo, los trozos convexos de la porcelana, desvalidos, con algo de minúsculas bocas descerrajadas. Aquello tenía todo el aspecto de un brutal asesinato. Don Rigoberto, tan sereno siempre, llamó sus criados a gritos y juramentos. Nadie sabía nada, nadie había sido. Presa de una incomprensible exasperación don Rigoberto trajo un policía secreto que investigase el asunto. El policía secreto, oculto detrás de una cortina, presenció cómo un rabioso golpe de viento, en un mediodía obscurecido repentinamente, derribaba otro de los jarrones. La furia de don Rigoberto, al enterarse, alcanzó proporciones de locura. Pateó al policía y con sus propias manos lo echó a la calle. Abandonando sus negocios él mismo se emboscó en la casa. El secretario aprovechó la ausencia de don Rigoberto para estafarle una enorme suma.

     Durante la vigilancia de don Rigoberto nada sucedió digno de mencionarse, a no ser el tropezón que, en su inquietud, dio con una vitrina repleta de curiosidades, destrozándola. Por fin regresó a sus negocios, tan demacrado por sus vigilias que apenas lo conoció el portero, que se empeñaba en impedirle la entrada. Pero a los pocos días el mayordomo, exasperado por sus recriminaciones, luego de deshacer una lámpara, se fugó llevándose todos los objetos de plata. Una infinita cadena de casualidades iba desnudando el palacio de don Rigoberto. “Hay alguien que conspira contra mí y no quiere dar la pelea” —gemía don Rigoberto, que ya no acertaba en sus asuntos y se iba arruinando. No tenía parientes que lo encerrasen por loco, en tanto que a sus socios convenía que pasase por cordura su delirio aparente. Con la riqueza perdía la panza, y una mañana —lo que de ella quedaba—amaneció pelada de la gruesa leontina de oro que era como una cadena que lo aislaba. Don Rigoberto perdía uno a uno los obstáculos en que debía enredarse la muerte, cuando viniese.

     Finalmente empeñó sus propiedades y atestó de cosas el palacio. Mesas, jarras, estatuas, lámparas, llenaban las habitaciones hasta los techos. Así barricado don Rigoberto se creyó seguro.

     Pero no contó con los encargados del embargo. Los encargados del embargo se fueron llevando, una a una, las piezas de la barricada. Por último, dejaron a don Rigoberto, que estaba enfermo, con solo un mal lecho en que descansarse.

     Don Rigoberto, casi como vino al mundo, rogó que lo llevasen, de paso, a la sala de los· bajos, frente a la gran puerta de entrada.

     Entre paredes desiertas, sin luz, a solas con su cuerpo, quedó el pobre Rigoberto esperando. “Está loco, ya se lo llevarán mañana” —dijeron los encargados al salir. Pero Rigoberto, a solas con aquel enorme cuerpo mudo, quedó esperando.

     Así fue: la gran puerta de entrada se abrió lenta, sola, a la noche vasta, desierta.

Eliseo Diego

Tomado de Divertimentos, dibujos de Roberto Diago, La Habana, Ediciones Orígenes, 1946, pp. 42-45.