Este cuaderno delicioso de Eliseo Diego tiene el frescor imponderable de lo esencial, de lo sellado y único. Recordemos que para despertar esencias (y no solo interés, combinaciones, maestría), es preciso ofrecer, en esperanza o plenitud, una esencia, un sello, una irreprimible unidad. El lector profundamente límpido que estas páginas exigen, descubre pronto ese radiante sabor de la visión distinta que ninguna malicia literaria, aun cuando a la vez exista, puede enturbiar. La mirada que entrega un festejo de gracia y creación, y simultáneamente la fervorosa identidad del fruto, esa especie de mística y férrea perspectiva que se abre cuando el alma, por el toque distinto espiritual, coincide consigo misma, todo eso alumbra la sombra del destino que se ha elegido y de la esencia que se es.
Destino y esencia puede ofrecer Eliseo Diego a nuestra expresión; pero también enigmas, pues lo fascinante de la palabra, en cuanto experiencia de realización y juez impasible de la persona, es que compromete a cada paso el signo de más vivo y regalado tesoro. Si podemos decir que no bastan los mejores instrumentos para despertar, deslumbrada y deslumbrante, una figura del mundo, debemos añadir que tampoco basta, para testificar en la historia esa figura, la posesión de una aptitud que, aun confundiéndose con nuestra esencia, está en nuestra mano, desde ese otro centro divino y cegador de la palabra en nosotros, desvirtuar. La palabra del artista, como la conceptualización del filósofo, es siempre una extraña aventura “de regreso”. Ambos quieren volver a la vida con ojos de desnacidos.
En Eliseo Diego esa aventura (que es lo único que puede caer bajo la crítica, porque la crítica es discursiva y la esencia no), ese regreso de la visión a la encarnación se nos desdobla y nos presenta sus enigmas. Queremos decir que lo enigmático aquí no son tanto los temas como las variaciones y aventuras invisibles del estilo. En efecto, si por estilo entendemos no solo eso que podríamos llamar el dibujo y la música de un idioma (en este caso de una madurez y delicia sorprendentes), sino la actitud radical del escritor en cuanto al tratamiento de su objeto, hemos de distinguir aquí un grupo de textos de realidad legendaria o mitológica, otro grupo de irrealidad inmediata e hiriente, y un tercer grupo, más reducido, de realidad o irrealidad formalmente híbridas.
Descartamos de nuestra observación, pues solo ofrece pretextos al disfrute y al elogio, los instantes de pura sustancia lírica y las páginas de un frescor invulnerable. La crítica es siempre asunto de ciencia y de conciencia; asunto doloroso; y ciertamente no nos referimos aquí a la mera crítica literaria, sino en especial a la orgánica autocrítica del ser y sus peligros. Intentando situamos en ese mundo, juzgamos que Eliseo Diego ha elegido bien la encarnación de los dos primeros grupos de composiciones aludidas, y en cambio no ha elegido bien la del último. Así el divertimento de las Parcas[2] nos parece perfecto en su irónica dulzura inmemorial, y también los del tío Pedro[3] (con la tierna fantasía de una memoria que es resurrección y libertad) en tanto que el titulado “De la pelea”,[4] por ejemplo típico, se nos antoja insuficientemente concebido y encarnado. La razón es que aquí la intuición de un símbolo no se ha resignado a la coherencia fabulosa o a la fantasía clara de su propio hueso, sino que ha querido expresarse a través de una coherencia forzadamente concreta y natural, simulando un mundo inmediato que de pronto se revela falso e inverificable. No tenemos entonces, en ese tipo apócrifo de divertimento (y decimos apócrifo con referencia a la propia acuñación que juzgamos legítima y preciosa del autor) ni la realidad humana, ni la realidad del guiñol, ni mucho menos la realidad del mito, sino tal vez una realidad involuntariamente monstruosa. Y no nos fijemos en esto por su importancia circunstancial (que es mínima, pues el libro escapa a una claridad y ternura intocables), sino por su posible trascendencia futura.
He aquí que nos hallamos ante un espíritu vocativamente ahistórico o intrahistórico, centralmente dotado para la captación y fruición del universo en cuanto leyenda. Consecuentemente, las características que observamos no han de ser tanto semillas azarosas como vetas inmóviles. Su trabajo, pues, ha de remitirse más a una crítica (y de aquí nuestra insistencia en una problematicidad que el libro no aparenta ni desea), y a una voluntad de elección dentro de lo que se le da hecho (elección de estilo tomista), que a un reguero de posibilidades o desarrollos intuidos a cada paso desde la nada.
Por lo demás, en el conjunto definitivo del cuaderno, con misteriosas y agudas ilustraciones de Diego, prevalece el sosiego exquisito, la cortesía del que borra a su esfinge en entretiempo. Importa más, y triunfa, esa grata maduración y a veces demencia sutil del capricho. Salta el capricho y la maravilla se establece con la solemnidad un poco litúrgica de las cosas sorprendidas en su luz más inmensa y callada. Es refrescante comprobar el volumen y la densidad de las cosas o figuras en el centro de una atmósfera tan delgada y transparente, realizando el milagroso regocijo de lo recio en lo leve, las nupcias de la gracia y la pesadumbre. Y, siempre tomando, el capricho de ternura, paseo, colección, pero nunca de inmóvil delirio como la lámpara absorta de Martí en su “baile extraño”.[5] El adolescente aquí no divide, no influye con su extrañada fiesta y su dios oculto. Queda solo el niño inmemorial (que de otro modo angélico actualizó Martí) en un casto espejo mayor haciendo sus reliquias, sus leyendas. Una secreta y delicada poesía del hogar, del inefable hogar a la vez criollo y lejanísimo en la nieve, resplandece para nosotros como última hoja de este miniaturista, guiñolesco, maravillado libro.
Y ya que hemos hablado de Martí, destaquemos ese excepcional divertimento y elegía del jamaiquino,[6] tan saturado de la mágica luz real, isleña y antillana, de los prodigiosos Apuntes.[7] Su hiriente y súbita aparición entre las bromas y veras del festejo es quizá la más conmovida, la más profunda o inexplicable alegría que nos regala.
[Revista Cubana, La Habana, enero-diciembre, de 1946, pp. 156-159].
Tomado de Cintio Vitier: Obras 4. Crítica 2, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, pp. 158-160.
Cintio Vitier: “Divertimentos, de Eliseo Diego”, Obras 4. Crítica 2, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, pp. 158-160.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Eliseo Diego: Divertimentos, dibujos de Roberto Diago Querol, La Habana, Ediciones Orígenes, 1946.
[2] Eliseo Diego: “De las hermanas”, Divertimentos, ob. cit., pp. 14-15.
[3] Eliseo Diego: “De la máscara”, “De los zapatos viejos”, “Del vertedero”, “De las diferentes suertes de los dedos”, “Del muerto”, “I”, “II” y “III”, ob. cit., pp. 23-24, 25-26, 30-31, 70-72, 73-75, 80-81, 82-83 y 84-85.
[4] Eliseo Diego: “De la pelea”, Divertimentos, ob. cit., pp. 42-45.
[5] JM: “XXII”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 327. Véase Eliseo Diego: “El baile extraño”, Cuatro de oros (1982), Obra poética, compilación de Josefina de Diego y prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Ediciones UNIÓN/Editorial Letras Cubanas, 2001, pp. 483-484.
[6] Eliseo Diego: “El jamaiquino”, Divertimentos, ob. cit., p. 79.
[7] “A paso de ansia, clavándonos de espinas, cruzábamos, a la media noche os-cura, la marisma y la arena. A codazos rompemos la malla del cambrón. El arenal, calvo a trechos, se cubre a manchones del árbol punzante. Da luz como de sudario, al cielo sin estrellas, la arena desnuda: y es negror lo verde. Del mar se oye la ola, que se exhala en la playa; y se huele la sal.—De pronto, de los úl-timos cambroneros, se sale a la orilla, espumante y velada—y como revuelta y cogida—con ráfagas húmedas. De pie, a las rodillas el calzón, por los muslos la camisola abierta al pecho, los brazos en cruz alta, la cabeza aguileña de pera y bigote, tocada del yarey, aparece impasible, con la mar a las plantas y el cielo por fondo, un negro haitiano.—El hombre asciende a su plena beldad en el silencio de la naturaleza”. [JM: “De Montecristi a Cabo Haitiano” (14 de febrero-8 de abril de 1895), Diarios de campaña. Edición anotada, investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2019, pp. 52-53].

