JUANA BORRERO

...continuación 2

     ¡Ah! Y también de las grandes inteligencias. Hay pocos seres que, con doble número de años, tengan percepciones tan claras de las cosas y puedan emitir juicios tan acertados sobre ellas. Sin haber visto nada, dijérase que lo ha visto todo. Un simple hecho observado, rápidas lecturas de algunos libros, ligeras reflexiones emitidas en su presencia, han bastado para desgarrarle el velo negro del misterio y hacer que sus ojos contemplen a la inmortal Isis en su fría desnudez. Como todos los grandes artistas, oye la voz de la realidad, pero no se aprovecha de sus lecciones. Es que esos soñadores, a la par que los espíritus más lúcidos, son también los más rebeldes. Aunque el mundo imagina lo contrario, nada pasa inadvertido para ellos, por más indiferentes que se muestren a todos los acontecimientos. Esa indiferencia no es más que la resignación al mal o el desprecio que inspira el peligro a los fuertes. Es la confianza que adormece a la oveja extraviada en un bosque de lobos o la osadía del águila que bate sus alas entre nubes preñadas de rayos. Todavía puede afirmarse que, por la delicadeza de su sensibilidad, los hechos dejan en su carácter huella más profunda que en el de los otros. Algún tiempo tarda en descubrirse, pero se la llega a encontrar. La melancolía que destilan las primeras producciones de ciertos artistas no es más que la fermentación de los pesares que, día por día, les ha causado la observación de las múltiples deficiencias que la vida ofrece ante sus deseos. No es imaginaria, como algunos pretenden, sino real. En unos suele ser pasajera y en otros inmortal. De ahí ese hastío prematuro, ese profundo descorazonamiento, ese escepticismo glacial, ese adormecimiento de los sentidos, ese apetito desenfrenado de lo raro y ese estado de catalepsia en que se encuentran por completo sumergidos a los veinte años. Los que se consuelan en algunas horas, son los que se construyen, en el campo de la fantasía, un lazareto ideal, donde esconden la purulencia de sus llagas, pero donde nadie los seguirá por temor a los contagios mortales. Allí viven con sus ensueños, con sus alucinaciones y con una familia compuesta de seres imaginarios. Cada vez que salen al mundo, el asco los obliga a volver sobre sus pasos. Si hubieran nacido, en los primeros siglos, hubiesen ardido, como antorchas de carne, en los jardines de Nerón; si en la época medioeval, sus imágenes serían veneradas sobre el mármol de los templos cristianos. Pero han venido al mundo en pleno siglo diecinueve y no ha encontrado ninguno su sitio al sol. Tan absoluta desconformidad, no solo los hastía de lo que han conocido, sino de lo que no han visto, de lo que no verán jamás. Así se explica que algunos, como la niña de quien me ocupo, contemplando solamente el mundo desde la ventana de su hogar, se sientan ya tan adoloridos y se atrevan a impetrar su misericordia de la manera desgarradora que ella lo hace en su composición.  

¡TODAVÍA!

¿Por qué tan pronto ¡oh mundo! me brindaste
Tu veneno amarguísimo y letal?…
¿Por qué de mi niñez el lirio abierto
           Te gozas en tronchar?

 ¿Por qué cuando tus galas admiraba,  
Mi espíritu infantil vino a rozar  
Del pálido fantasma del hastío
           El hálito glacial?

 Los pétalos de seda de las flores  
Déjame ver y alborozada amar,  
Ocúltame la espina que punzante
            Junto al cáliz está.

 ¡Más tarde…! Cuando el triste desaliento
Sienta sobre mi espíritu bajar
Y el alma mustia o muerta haya apurado
             La copa del pesar,

 Entonces sienta de tu burla el frío  
Y de la duda el aguijón mortal…  
¡Pero deja que goce de la infancia
             En la hora fugaz!

     Todas sus composiciones inéditas, ya las que duermen en el fondo de su memoria, como ramas de corales bajo las ondas marinas, ya las que oculta en sus estuches, como enjambre de luciérnagas vivas en vasos de cristal, porque esta niña, como verdadera artista, comprende la mezquindad de la gloria y le repugna la ostentación de sus sentimientos, están humedecidas por ese relente de tristeza que se aspira en las estrofas que acabo de copiar. A través de esas composiciones, el alma de la niña parece un botón de rosa amortajado en un crespón, un ramo de violetas agonizante entre la nieve, un disco de estrella sumergido en un lago turbio. Las que irradian fulgores esplendorosos son aquellas en que revela su gran talento de artista, bosquejando un paisaje, como los de Sanz,[2]  verdaderamente ideal, o cincelando una estatua que, por el soplo de vida que las anima parecen sustraídas del taller de un Rodin.[3] Ved una muestra de lo primero

CREPUSCULAR

Todo es quietud y paz… en la penumbra
Se respira el olor de los jazmines,
Y más allá, sobre el cristal del río
Se escucha el aleteo de los cisnes
Que, como grupo de nevadas flores,
Resbalan por la tersa superficie;
Los obscuros murciélagos resurgen
De sus mil ignorados escondites
Y vueltas mil y caprichosos giros
En la tranquila atmósfera describen
O vuelan luego rastreando el suelo,
Rozando apenas con sus alas grises
Del agrio cardo el amarillo pétalo,
De humilde malva la corola virgen.

y otra de lo segundo

APOLO

Marmóreo, altivo, indiferente y bello,
Corona de su rostro la dulzura
Cayendo en torno de su frente pura
En ondulados rizos el cabello;

 Al enlazar mis brazos a su cuello
Y al estrechar su espléndida hermosura  
Anhelante de dicha y de ventura
La blanca frente con mis labios sello.

 Contra su pecho inmóvil, apretada  
Adoré su belleza indiferente;
Y al quererla animar, desesperada,

 Llevada por mi amante desvarío,
Dejé mil besos de ternura ardiente
Allí apagados sobre el mármol frío!

     Así tiene muchas que no transcribo por haber sido ya publicadas, sobresaliendo entre todas el soneto

LAS HIJAS DE RAN

Envueltas entre espumas diamantinas  
Que salpican sus cuerpos sonrosados  
Por los rayos del sol iluminados,  
Surgen del mar en grupo las ondinas.

 Cubriendo sus espaldas peregrinas
Descienden los cabellos destrenzados
Y al rumor de las olas van mezclados
Los ecos de sus risas argentinas.

Así viven contentas y dichosas
Entre el cielo y el mar, regocijadas,
Ignorando tal vez que son hermosas

 Y que las olas, entre sí rivales,
Se entrechocan de espuma coronadas
Por estrechar sus formas virginales.

     Para comprender el valor de sus cuadros, es preciso contemplar algunos de ellos. Corta serie de lecciones, recibida de distintos maestros, han bastado para que, iluminada por su genio, se lanzase a la conquista de todos los secretos del arte pictórico. Puede decirse, sin hipérbole alguna, que está posesión de todos ellos. —No me explique teorías, porque son inútiles para mí, le decía recientemente a Menocal,[4] pinte un poco en esa tela y así lo entenderé mejor.— Y, en efecto, al segundo día, la discípula sorprendió al maestro con un boceto incomparable. Muchas personas lo han admirado más tarde en el Salón Pola. Era una cabeza de viejo, preparada en rojo, donde se encontraban trozos soberbios. Aquella calva amarfilada, cubierta de grueso pañuelo, bajo cuyos bordes surgían mechones de cabellos grises; aquella frente rugosa, deprimida hondamente en las sienes, donde la piel parecía acabada de pegar a los huesos; párpados abotagados, próximos a cerrarse sobre las pupilas lánguidas, húmedas vidriosas; aquellos labios absorbidos que moldeaban una boca desdentada; aquellas bolsas de carne, colgadas alrededor de la barba, y sobre todo, aquella expresión de cansancio, de sufrimiento y de mansedumbre senil sorprendían al más indiferente de los espectadores. Después de ese retrato, ha hecho otros muchos, abordando de seguida el paisaje y el cuadro de fantasía. Merece especial mención entre los primeros, el que representa la salida de su hogar. Es el fondo de vetusta casa, tras cuya altura se dilata el firmamento azul. Se ve una puerta solferina, de madera agrietada y de goznes oxidados, encuadrada en ancho murallón, jaspeado por las placas verdinegras de la humedad y enguirnaldado por los encajes de verde enredadera cuajada de flores. Frente al murallón, serpentea un trozo del camino, sembrado de guijarros que chispean a la luz del sol. Tallos de plantas silvestres se siguen a trechos. Hacia la izquierda se extiende el río entre la yerba de sus orillas, como una banda de tela plateada que ciñera una túnica de terciopelo verde. Así tiene otros paisajes, lo mismo que cuadros de fantasía, que producen la impresión de lo sublime en lo incompleto, pues al lado de trozos magistrales se ven algunos que solo su inexperiencia ha dejado sin retocar.

     Dentro de poco tiempo, toda vez que una artista de tan brillantes facultades no puede permanecer en la sombra, ya porque una mano poderosa la arrastre a la arena del combate, ya porque se lance ella misma a cumplir fatalmente su destino, su obra será sancionada por la muchedumbre y su nombre recibirá la marca candente de la celebridad. Entonces llegarán para ella los días de prueba, los días en que se cicatrizan las viejas heridas o se abren las que ningún bálsamo ha de cerrar, los días en que el alma se estrella de ilusiones o las esperanzas naufragan en el mar de las lágrimas, los días en que uno se siente más acompañado o tal vez más solo que nunca, los días en que fuerzas generosas nos encumbran a las nubes o manos enemigas nos empujan a los abismos de la desolación. ¡Ay de ella si no sabe, al llegar esa época, encastillarse con su ideal, nutrir con su sangre sus ensueños, dar rienda suelta a su temperamento, agigantarse ante los ataques, desoír consejos ridículos, aplastar las babosas de la envidia y mostrar el más absoluto desprecio, al par que la más profunda indiferencia, por las opiniones de los burgueses de las letras!

Julián Del Casal

[Habana Literaria, año II, no. 13, Habana, julio de 1892, pp. 4-8].

Tomado de Juana Borrero: Poesías, ensayo introductorio y compilación de Fina García Marruz, La Habana, Instituto de Literatura y Lingüística, 1966, pp. 159-167.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[2] Valentín Sanz Carta (1849-1898).

[3] Auguste Rodin (1840-1917).

[4] Armando García-Menocal