BÉCQUER O LA LEVE BRUMA
(Fragmento)
“cendal flotante de leve bruma…”
Para Adolfo Suárez
Cuando queremos precisar el mundo que evoca el nombre de Bécquer para nosotros no nos acude una imagen sino varias, que se superponen y nos lo ocultan: es el esbozo de una capa oscura que se pierde por un laberinto de calles estrechas, o es quizás el fulgor doloroso de una mirada que se clava rápida en las sombras y huye. Bécquer, como su gran arpa empolvada, nos mira desde un ángulo oscuro, como rehuyendo la luz. Parece que nos va a decir quién es y lo que señala son los invisibles átomos del aire o las ardientes estrellas, lo diminuto o lo enorme, todo lo que en la naturaleza vibra, tiembla, vuela, desaparece: saeta, hoja, ala, luz. ¿Qué pasa que no podemos verle el rostro? Antes que mostrar una presencia, nos adentra en una atmósfera: primero es un sacudimiento extraño, luego un murmullo, luego deformes siluetas, colores que se hunden, ideas sin palabras, y memorias y deseos imposibles, y brillo de las lágrimas. Se podría demostrar, con lujo de citas irrefutables, que se trata de un fantasma:
Espíritu sin nombre,
indefinible esencia…[1]
Pero esto que tiembla, palpita, flota entre las nieblas, que deja percibir primero el fulgor que la figura, se adelanta a decir a la España letrada de su tiempo, toda oquedad y pompa, el auténtico “Yo sé” del comienzo de las Rimas, a escribir ese gran “yo” con sus dedos de humo, y entonces volvemos a acercarnos a ese corazón de su idioma, engañosamente anacrónico, a esa vaguedad indefinible, y vemos que está hecha de dorados hilos resistentes: la “gigante voz” no es débil, una “inteligente mano”, un “armonioso ritmo” encierra lo fugitivo en “cadencia y número”, y muerde el cincel el bloque vago. Fulgor rápido o silbo centelleante, fleco de oro de la lejana estrella o zumbido de la abeja enloqueciendo, su identidad vuelve a desorientarnos; cumbre, yerba, tumba, arenas. ¿Dónde está, Bécquer?
Yo ondulo con los átomos
del humo que se eleva
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.
Yo sigo en raudo vértigo
los mundos que voltean…
Helo aquí identificado con dos abismos de infinitud: lo estelar y el átomo. Empezamos a sospechar la modernidad de Bécquer, las relaciones de la modernidad y el romanticismo. Pero no nos adelantemos, vayamos poco a poco. Este “yo” vertido en la naturaleza toda, ínfima o inconmensurable, parece haberse “saltado” la figura humana. Martí, a la entrada de los Versos sencillos, escribiría un poema semejante a estos primeros de las Rimas, pero la palabra “hombre” acude enseguida: “Yo soy un hombre sincero…”,[2] y diciendo venir también de todas partes, y partiendo también de la música y la razón pitagóricas, y hablando también de yerbas y de flores, cuánta riqueza de criaturas humanas en estos versos en que ya está la presencia de la mujer y de la novia, del padre y del amigo, y hasta un alcalde y un joyero, y donde aparece junto a su “pena brava” la de su pueblo esclavo, y aún toda la pena y la esclavitud del mundo. El “Yo soy”,[3] “Yo sé”[4] de los solares Versos sencillos, ¡qué distinto al “Yo soy”, “Yo sé”, profundamente nocturnos de las Rimas!
Yo sé un himno gigante y extraño…
Su palabra alcanza la vibración de la cuerda al desaparecer. “Si pintara paisajes los pintaría sin figuras”, escribió alguna vez, lo que nos recuerda que la religiosidad árabe no representó nunca a la figura humana en sus mezquitas. Bécquer, árabe andaluz, prefiere también el arabesco, la frase-arabesco: “Vagando al ocaso por el laberinto de calles estrechas y tortuosas de una antigua población castellana…”, prefiere la frase-espiral, laberinto de arcadas del pórtico de las Rimas: “Por los tenebrosos rincones de mi cerebro…” Bécquer antes de darnos un objeto nos da su situación (“Del salón en el ángulo oscuro…”), antes de nombrar la sustancia nos da las cualidades (“silenciosa y cubierta de polvo”), dejando a la brevedad del verso final la mención del objeto mismo, con no sé qué atmósfera de algo fatal e inapelable (“Veíase el arpa”). El objeto central del poema queda desplazado al fondo, los adjetivos preceden, anuncian y casi se toman todo el espacio de la estrofa, de modo que la cosa misma, separada así de su sustancia, aparece al final como un fantasma. Las cosas revelan más bien la ausencia de su dueño (“de su dueño tal vez olvidada”), lo humano está ausente de este mundo. Las notas duermen en las cuerdas “esperando la mano de nieve” que pueda arrancarlas. Si hay una mano, es de nieve. En la tercera estrofa el encanto queda roto: “¡Ay! —pensé”. Estas caídas son parte del poema, no caídas del poema. Hay en las Rimas, como algo esencial a ellas, ese “ay” del pensamiento que las desgaja, como en el cante-jondo. El alma espera, como Lázaro, muerta también, al fondo, quien le diga “Levántate y anda!” Vano esperar cualquiera que haya sido su adhesión consciente al cristianismo, el mundo poético de Bécquer es anterior a la esperanza de la revelación cristiana.
El primer romanticismo —Espronceda, Zorrilla, el Duque de Rivas—, fue exterior, teatral, hinchado; el segundo —Bécquer, Rosalía de Castro[5]—, interior, depurado, intimista. En el primero el verso era como un espadachín que hacía saltar al cuerpo de la poesía en la escena última de un drama: se sentía el correr del telón, los aplausos, el humo. En el segundo, el poeta huye del foco de las candilejas y se vuelve al ángulo oscuro donde solo resuena una palabra —”yo”— y se vela a un cadáver:
Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Gustavo Adolfo Bécquer: Obras completas, Madrid, Aguilar, 1961. Todas las citas suyas están tomadas de esta edición.
[2] “Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma”.
(JM: “I”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 299).
[3] JM: “I” y “XXIII”, Versos sencillos, ob. cit., pp. 299 y 328.
[4] JM: “I”, “II”, “IX”, “XXIV” y “XXXIV”, Versos sencillos, ob. cit., pp. 299, 302, 312, 329 y 339, respectivamente.
[5] Rosalía de Castro (1837-1885). Véase Fina García Marruz: “A Rosalía de Castro”, Las miradas perdidas (1951), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. I, p. 29.

