Había en mi casa un tapiz en que el Rey Boabdil entregaba, eternamente, las llaves de su Granada. Aparecía, sobre una colina, gris y fuerte, en lo más lejos, la Alhambra; a su derecha había un camino entre árboles altos y delgados. He sentido mucha angustia de ver al Rey, con la ciudad a la espalda y el camino, por el que no podrá escapar nunca, a su derecha, clavado allí eternamente en su puesto, con las llaves de su ciudad en la mano.
“Rey de Castilla, te pido una última gracia. Por la puerta en que yo deje a mi Alhambra, no dejes que pase nunca nadie. Que el polvo de mis pies sea el último en ella, que la sombra de mi cuerpo sea la última que encierre, Mirad: mi fortaleza está ahora desierta, mi cuerpo está desierto. Los huesos de mi vida están sobre la colina, desnudos y pelados. Rey de Castilla, que no pase nadie.
La última noche fue oscura como el corazón de la tierra; solo vio mis cosas el candil que no dormía. Mis cosas miraban la muerte, miraban morir mi cuerpo y se morían. Que mi cuerpo no descanse, que no pase nadie, Rey de Castilla, que no pase nunca nadie, que mi cuerpo está allí desvelado”.
Hay todavía, Boabdil, amigo mío, una canción antigua. Dice de ti que aguardas en la “región sombría”, donde te veremos alguna vez, que aguardas allí el momento de volver, por el arco desierto, a tu Granada. Que mi cuerpo tampoco duerma, que vigile, que vele mi vuelta. Porque yo también volveré, volveré a mi ciudad vigilante.
Clavileño: Cuaderno mensual de poesía, no. 1, La Habana, agosto de 1942.
Tomado de Clavileño: Cuaderno mensual de poesía, números 1-7, La Habana, 1942-1943, edición de Amauri F. Gutiérrez Coto, Junta de Andalucía, Editorial Renacimiento, 2009, p. 65.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] El texto se ha recogido con posterioridad sin variaciones. (Véase Eliseo Diego: Cuentos, prólogo de Mayerín Bello, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2004, p. 225). Sobre esta narración y la correspondiente a la nota 20 (Felipe II), la profesora y ensayista ha dicho lo siguiente: “Su lectura produce el efecto de un viaje a la semilla: inexperto narrador (también poeta) tanteaba entonces el terreno en busca de su tono, de sus registros expresivos, de su estilo. Predomina aquí la solemnidad del retrato, apenas contrapesada por la vivencia evocada por la memoria, rasgo tan característico de su futuro proceder. O, en otros términos: la remembranza no ha encontrado todavía el contrapunto de una intimidad desde donde mirar atentamente el mundo, y apelar al interlocutor que reclama esta poética. Sin embargo, estas simientes anuncian el futuro de una prosa que estallará “al fin en el clímax de ramas y fruto” de sus más cabales narraciones”. (“Prólogo”, ob. cit., p. 16).

