EL ESCORIAL

La cotidianidad del mundo
alumbra su pasión desconocida
cuando entramos a la sombra de esa mole,
tan pensada en los huesos que es preciso
toda la soledad de la materia
para existir sin las palabras en su luz,
abstracta como el ser
y dorada como el valle de los chopos.
Parece sin embargo que no entramos
sino a las apariencias de un edificio extinto,
o será que no podemos concebir,
como un deseo simultáneamente
representado y vivo,
la noche de la voluntad absorta
en el sol de la geometría
y de la pesadumbre que se congela en bruto.

De espaldas a nosotros y al estío
abriendo su castillo en la mudanza,
nos oímos andar por esas naves
como un recuerdo finamente calculado.
El yo que te impulsaba te rodea
incapaz de acercarse hasta el aliento
conjetural y dulce del fantasma,
y a la vez se incorpora ineluctable
la claridad del cuerpo
haciendo su trabajo entre volúmenes
ascéticos, gloriosos, necesarios.
Andar adquiere calidad de templo.
Seguimos fieles el dibujo
de la plegaria que se mueve inmóvil.
Porque moverse aquí no es ir de un sitio
a otro que lo niega o lo redime.
Nuestros pasos extraen de la vida
y de los muros que nos llevan despojados
una sustancia como el mar,
o como el fuego en sus fijadas estructuras,
cuando abre la llama como el verbo
la significación del nombre que dormía.
El acto evoca su alborada
y estrechamente unido con su propio sacrificio
se adelanta a ceñir la paz unánime
del patio de los reyes al olvido,
del monástico arco a las ventanas
cerrando la blancura del minuto.

Ese minuto dura en el espacio,
y así como el sentido
pasa de una palabra a otra en el discurso,
cada golpe del corazón del aire
feroz de lucidez, levanta esbelta
la durísima flor enajenada.
Pero no es la memoria el incesante mago
mostrándonos ahora la blancura
trágicamente inmóvil en el viento,
contra el verdor profundo
en que la sequedad se hace violeta,
sino el adiós continuo
de la imaginación quemándonos
en una sola hoguera fija,
como un solo Escorial de las imágenes
contra la escoria inmensa del futuro.

Desde los roquedales
Felipe contemplaba el crecimiento inverosímil,
como un ajeno desvarío
de la forma en espejos detenida.
Nos asomamos siempre a los balcones
de nuestra soledad como los niños
para ver el abismo de los ojos,
la santa perspectiva, los colores
recogidos en vaso misterioso.
Sombrío preguntaba, y ese gesto
de su interrogación está en las peñas
bajo el cénit atroz como la nada,
cuál es la libertad del hombre.
Porque elegir nos deja más sedientos,
y no nos basta poseer la forma
de un reino, de una tumba, de un destino
que están golpeando siempre en otra puerta,
y detrás escuchamos el océano
de nuestra libertad salvaje y pura.

Porque nunca nos basta la elección,
ni la mirada, ni la fe,
y nuestra libertad es ofrecemos,
mas cómo atravesar el laberinto
de espejos en la pesadilla
fanática del yo que es uno y nadie.
La belleza del viento sustentando
adentro de su soplo una avidez
cerrada como un árbol, de la luz
que da a la descarnada cantería
real e imaginaria
la casta decisión de su figura,
participa del júbilo del hombre
que entregado se inclina.
Mas cómo merecer ese milagro en la conciencia
señora hasta el infierno de sí misma.

Por eso el Escorial es tuyo,
y es mío, y es de todos, y es de nadie,
porque todos lo estamos manteniendo
en una sola noche blanca,
monumento del no, palacio
nupcial del imposible.
Y haberlo visto ahora nos parece
una experiencia que no acaba,
como si algo en este mundo fuera todo
lo que tenemos que traspasar dormidos
para salir a la graciosa cetrería
de nuestra posesión, a la intemperie
de los astros y el alma.

Cintio Vitier

Tomado de Vísperas (1938-1953), Obras 8. Poesía 1, compilación, prólogo y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2007, pp. 285-288.