PRÓLOGO
...continuación 3
La necesidad de autoctonía en el “espíritu” y la “forma” del gobierno de nuestras Repúblicas, así como de lograr “el equilibrio de los elementos naturales”[63] de cada país, queda sellada en estos párrafos. No era idea totalmente nueva, ni para serlo tenía que carecer de antecedentes, pues lo original, en política, es precisamente lo que viene de un origen al que permanece fiel. Por eso nos complace encontrar en el “Discurso de Angostura” (15 de febrero de 1819), de Bolívar, una temprana formulación de estas ideas, cuando leemos: “¿No sería muy difícil aplicar a España el código de libertad política, civil y religiosa de Inglaterra? Pues aún es más difícil adaptar en Venezuela las leyes del Norte de América”.[64] Bolívar, sin embargo, según él mismo argumenta enseguida, se inspiraba en las formulaciones teóricas de Montesquieu en El espíritu de las leyes (1748), formulaciones en sí mismas inobjetables pero a las que faltaba esa teluricidad invocada por Martí al remitirse, en “Madre América”, con una audacia poco notada, a “la política superior escrita en la Naturaleza”.[65] Claro que esa teluricidad, en el caso de Bolívar como lector de Montesquieu, la ponía Bolívar mismo, y su conclusión era acertadísima al escoger entre las dos grandes Revoluciones de su tiempo, cuando exclama: “¡He aquí el Código que debíamos consultar, y no el de Washington!”
Martí, como sabemos, irá más lejos, aunque siempre en la misma dirección, al exclamar en su discurso sobre Bolívar de 1893, sustituyendo en su antífona, quizás por delicadeza, Montesquieu por Rousseau: “¡ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma!”[66] Lo cual no significa, desde luego, desconocer a Rousseau, ni a Montesquieu, ni a Washington, sino recibirlos desde el propio ser, convertirlos en elementos y alimentos de nuestra originalidad, que debe ser en todo caso la rectora de nuestras asimilaciones. Y si Martí insiste en este punto, no es para iniciar un debate académico, sino porque, de hecho, no obstante, la grandeza y la teluricidad revolucionaria de la persona de Bolívar, las Repúblicas nacidas al conjuro de su espada no lograron superar el vínculo oligárquico de la mayoría de sus libertadores ni la tendencia libresca de la mayoría de sus ideólogos. Con bastante crudeza lo había consignado Martí diez años antes, en el Cuaderno de apuntes donde escribió: “En América, la revolución está en su período de iniciación.—Hay que cumplirlo. Se ha hecho la revolución intelectual de la clase alta: helo aquí todo. Y de esto han venido más males que bienes”.[67] Por eso “Nuestra América”, escrita cuando Martí padecía por los aviesos propósitos de la Conferencia Internacional Americana y por los conocidos proyectos yanquis de comprar a Cuba, pero también por el peligro de que, una vez liberada de España y formalmente independiente, siguiera el camino erróneo de las otras Repúblicas hermanas, consiste fundamentalmente en una crítica amorosa (“Amar: he aquí la crítica”,[68] dijo en Caracas) a las consecuencias inmediatas de la liberación de Hispanoamérica, y en una polémica tácita con el único hombre que, junto a Rubén Darío, reconoció en su tiempo la grandeza de la expresión martiana: Domingo Faustino Sarmiento, su máximo adversario en la concepción de lo que era y debía ser la América nuestra.
A propósito de ese deber ser o futuridad que incesantemente se proyecta en estas y otras muchas páginas afines, observo que Martí, como hacían los profetas hebreos, suele dar por hecho lo que en realidad es una plenitud inalcanzada. Es como si lo que debe ser, lo más justo y hermoso, precisamente por serlo, estuviera inscrito en el presente espiritual de la visión, o en el pasado sin caducidad de la consumación. Así cuando Martí nos dice que “el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural”, o que “Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales”, o que “El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico”, o, ya lanzando la estocada a fondo a la tesis sarmientina, que “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”,[69] sería descaminado tomar todo esto gramaticalmente y en sentido literal. Más bien habría que tomarlo en el sentido que Santo Tomás llamó “anagógico”, esto es, el sentido de las cosas de este mundo, “según lo que está en la gloria”, solo que en este caso habría que sustituir gloria por historia, a saber, según lo que deberá estar, y por lo tanto intencionalmente está, en la historia. La prueba de ello es que, casi de inmediato, Martí parece contradecirse cuando pasa al verdadero presente histórico y pregunta: “¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yankees o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen”. Y como no solo diagnostica el mal presente, sino que indica sus remedios, entendemos que estos son para que, curado el cuerpo social de sus deformaciones, puedan cumplirse los ideales establecidos en el párrafo anterior. Todo lo cual desemboca en el consejo insuperable, en el imperativo sumo de nuestra mejor jardinería histórica: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”. El recuento que enseguida hace, como en reducción aun mayor de lo imaginísticamente concentrado en “Madre América”, nos confirma en la polisemia temporal de nuestra lectura cuando concluye que “entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico”. Y más adelante, cuando haya logrado, como en un fogonazo, fijar la imagen goyesca, aparentemente dura y en el fondo apiadada, que merecimos (“Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre, y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España”), se ve claro que “el genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga”, y que si en verdad se empezara “a probar el amor”, surgirían “los estadistas naturales del estudio directo de la naturaleza”.[70]
¿Y el tigre? De las primeras lecturas de “Nuestra América” lo que más nos quedaba era el tigre, inesperada imagen de la colonia que, como diría también Varona, “se nos viene encima”, pero imagen que, sobrepasando su función semántica, nos parecía que se despolitizaba y era puro tigre, o quizás demasiado tigre para aquella función. Y tanto era así, que nunca hemos podido ajustar del todo, en este caso, el símbolo con lo simbolizado, por cierta tendencia irreprimible, quizás de raíz onírica, a invertir los términos y ver al tigre que “espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa”, que “muere, echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire”, que “no se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo”, que “cuando la presa despierta, tiene al tigre encima” que “espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina”, que “morirá” (y por la reiteración misma, parece que no muere), “con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos”, más como imagen de la selva indómita, de la llamada “barbarie”, que del pomposo y retórico mundo de “el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado”, ciego y viscoso mundo que, si de preferir imágenes se trata, mejor nos parece representar el pulpo también escogido para esta heráldica, porque “la juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes”, y todavía “sobre algunas repúblicas, está durmiendo el pulpo”. Y si en nuestros días tuviéramos que escoger la alimaña emblemática del imperialismo, desconociendo su pretensión al águila romana, tampoco le haríamos el honor del tigre espléndidamente cantado por William Blake (1757-1827): “Tyger Tyger burning bright / In the forests of the night, / What immortal hand or eye / Could frame thy fearful symmetry?”
El argumento central de “Nuestra América” es sencillo. Los peligros que hay que enfrentar son de dos clases: internos (aldeanismo, desarraigo) y externos, los provenientes “del vecino formidable que no la conoce”.[71] El elemento de “desdén” en la actitud de los Estados Unidos hacia los pueblos de nuestra América fue claramente captado por Martí. Varias veces alude a él, pero nunca, por necesaria cautela política, de modo tan crudo como en su última carta a Manuel Mercado, cuando se refiere a las gestiones anexionistas e imperialistas del “Norte revuelto y brutal q. los desprecia”[72] [a nuestros pueblos]. En el texto que comentamos subraya que “El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América”.[73] Cierto que, agotando las previsiones de la buena voluntad, supone que el desdén puede ser efecto del desconocimiento y que mostrándonos dignos y capaces nos haremos respetar, pero en el fondo sospecha —y en la carta a Mercado se trasluce con evidencia— que el desdén es la causa del desconocimiento. Por eso afirma que ese “desdén” —o “desprecio”— es “el peligro mayor”. Frente a él, la única defensa, como ya lo previera grandiosamente Bolívar, es la unión de nuestros pueblos. Lo que propone Martí, sin embargo, no es exactamente lo mismo. Nótese que dice la unión “tácita” y no de las naciones, sino del “alma continental”[74] lo que excluye la idea de la unión o federación política y administrativa de los países de “nuestra América”, proyecto erróneo en el que, no obstante su reconocida y exaltada grandeza, cayó el Libertador, “empeñado en unir bajo un gobierno central y distante los países de la revolución”, en “desacuerdo patente” con la misma “revolución americana, nacida, con múltiples cabezas, del ansia del gobierno local y con la gente de la casa propia”,[75] según se lee en el discurso en homenaje a Bolívar del 28 de octubre de 1893, donde insiste en que lo deseable era “la unidad de espíritu”, no la “unión en formas teóricas y artificiales”, y de nuevo apela a “la fuerza moderadora del alma popular”.[76] Y decimos “de nuevo” porque la fe en “el genio de la moderación”,[77] frase clave de “Nuestra América”, fue esencial y recurrente en el credo revolucionario martiano, como lo ha demostrado Fina García Marruz en su ensayo inédito,[78] titulado El amor como energía revolucionaria en José Martí, en el que observa la relación profunda que establece entre el heroísmo y la moderación dentro de la dinámica más profunda de “la capacidad de sacrificio”.[79] Martí consideró a la moderación virtud vinculada con “la armonía serena de la Naturaleza”,[80] distintiva de los mejores hombres de “nuestra América”, cuyo paradigma poético lo encontró en Heredia: “volcánico como sus entrañas, y sereno como sus alturas”;[81] y tan elogiosa como esperanzadamente, se refirió varias veces al “heroísmo juicioso de las Antillas” y a “la moderación probada del espíritu de Cuba”,[82] expresiones consagradas en el Manifiesto de Montecristi. Ese “genio de la moderación”, desde luego, como su prédica fundamental de la “guerra sin odio”, nada tiene que ver con tibieza, flojera o conciliaciones culpables, en primer término porque el concepto martiano del amor no es únicamente afectivo sino también cognoscitivo (“El amor es quien ve”),[83] ni tiene un sentido únicamente ético sino también político, instancias en él indiscernibles (“Los odiadores debieran ser declarados traidores a la república. El odio no construye”);[84] y en segundo lugar, porque la toma de partido por “los pobres de la tierra” preside todo su pensamiento y toda su acción, según se hace patente en su crítica a los frutos de la epopeya bolivariana: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”, y en el grito de guerra que llega hasta nosotros con palabras de fuego de amor: “¡Bajarse hasta los infelices, y alzarlos en los brazos! Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas la sangre natural del país!” Palabras a las que siguen, otra vez, los designios futuros que él ve, para enamorarnos de ellos y espolearnos a su consecución, como ya realizados en la historia: “En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos”.[85] Porque estos serían, estos serán, los hombres nuevos de la integración latinoamericana que sigue siendo el tema candente y movilizativo de la más profundas y mejores fuerzas, únicas salvadoras, de nuestro destino continental.
Aquel grito de guerra, iniciado por los árboles puestos en fila “para que no pase el gigante de las siete leguas!”, culmina en un himno jubiloso: “¡Porque ya suena el himno unánime; la generación real lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!”[86] En su artículo “Maestros ambulantes” (La América, Nueva York, mayo de 1884) había escrito Martí: “¡Urge abrir escuelas normales de maestros prácticos, para regarlos luego por valles, montes y rincones, como cuentan los indios del Amazonas que para crear a los hombres y a las mujeres, regó por toda la tierra las semillas de la palma moriche el Padre Amalivaca!”[87] La imagen del Gran Semí, (o Grande Espíritu) procede sin duda de la figuración mítica del Padre Amalivaca, propia de los indios tamanacos, sobre el cual da preciosas informaciones, seguramente conocidas por Martí, su amigo venezolano Arístides Rojas en Estudios indígenas.[88] Allí leemos —en relato a su vez extractado por Rojas del Saggio di storia americana (Roma, 1780-1784) del abate Filippo Salvatore Gilii (1721-1789)— que, una vez aplacado el diluvio que destruyó la primera raza humana, los dos únicos sobrevivientes, Amalivaca y su mujer, “comenzaron a arrojar, por sobre sus cabezas y hacia atrás, los frutos de la palma moriche, y que de las semillas de esta salieron los hombres y mujeres que actualmente pueblan la tierra”. Otro aspecto del mito que debió impresionar a Martí es que Amalivaca les fracturó las piernas a sus hijas “para imposibilitarles en sus deseos de viajar y poder de esta manera poblar la tierra de los tamanacos”, señalando así a los indígenas el camino de la fidelidad a lo propio, de la autoctonía, que es para Martí el camino fundamental de América. Por otra parte —y esto nos remite de nuevo a la polémica tácita con Sarmiento—, Humboldt consideró al Gran Semí evocador de Amalivaca como “el personaje mitológico de la América bárbara”, en contraposición incluso con la América “civilizada” de los incas y de los aztecas. Todo el texto de “Nuestra América” puede leerse a la luz del criterio profundamente descolonizador según el cual para Martí, en la praxis histórica, barbarie “es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea”,[89] según se lee en “Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos” (La América, junio de 1884).
Los principios rectores de “Nuestra América” nos llevan a pensar que, en las circunstancias objetivas que nos ha tocado y nos toca vivir y afrontar, Martí hubiera aprobado el espíritu de las siguientes palabras de José Carlos Mariátegui (1894-1930): “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indo-americano”.[90] Y quien dice indoamericano, dice indo-hispano-afro-americano ya que se trata en suma de la posibilidad de un socialismo original de “nuestra América” —que tuvo su primer antecedente en el comunismo primitivo de Tahuantinsuyo—, lo que no implica renegar del pensamiento de los fundadores del comunismo científico, sino injertarlo de tal modo que la savia de nuestra realidad lo haga nuestro, lo vivifique y enriquezca. Tal es, en las complejas y peligrosas circunstancias actuales, el camino valientemente emprendido por Cuba, cuya Revolución tiene en Martí el baluarte más firme de su autoctonía y de su universalidad.
Tomado de José Martí: Nuestra América. Edición crítica, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2006, pp. 5-33.
- Textos que sugerimos consultar relacionados con la proyección nuestramericana del pensamiento político de José Martí y que, sucesivamente, aparecerán en Martí, el Maestro.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[63] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 39.
[64] Simón Bolívar: Discurso de Angostura, Cuadernos de Cultura Latinoamericana, no. 30, México, UNAM, 1978, p. 13.
[65] “Madre América”, ob. cit., p. 138.
[66] JM: “Discurso en honor de Simón Bolívar”, Sociedad Literaria Hispanoamericana, Nueva York, 28 de octubre de 1893, en De la historia a las letras: Bolívar por Martí. Antología crítica, introducción, selección y notas de Lourdes Ocampo Andina, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Ediciones Boloña, 2012, p. 107.
[67] JM: “Cuaderno de apuntes no. 6” [1881], OC, t. 21, p. 178.
[68] JM: “Propósitos”, Revista Venezolana, Caracas, 1ro de julio de 1881, OCEC, t. 8, p. 57.
“[…] La crítica no es la censura; es sencillamente y hasta en su acepción formal, en su etimología es eso, el ejercicio del criterio”. (JM: “[Apuntes y fragmentos sobre Filosofía]”, [Guatemala, 1877-1878], OCEC, t. 5, p. 212).
“A hacer crítica de los dramas de D. José de Echegaray se dice que he salido a esta tribuna. A hacer crítica viniera, y no justicia, si por crítica hubiera de entenderse ese mezquino afán de hallar defectos, ese celo del ajeno bien, ese placer del mal ajeno, huéspedes ciertamente indignos de pechos generosos.—Crítica es el ejercicio del criterio.—Destruye los ídolos falsos; pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos. Criticar no es morder, ni tenacear, ni clavar en la áspera picota; no es consagrarse impíamente a escudriñar con miradas avaras en la obra bella los lunares y manchas que la afean; es señalar con noble intento el lunar negro, y desvanecer con mano piadosa la sombra que oscurece la obra bella.—Criticar es amar; y aunque no lo fuera, no es esta en que vivimos época favorable a la agitadora y dura crítica:—que en las horas de riesgo y de combate, cuando las penas de la duda roen y tintan el ánimo sereno, cuando no sobre firme tierra, sino sobre arena movilísima, fresca a trechos y oscura, descansa el pie agitado, es ley suprema, urgente y salvadora la hermosa ley de amor”. (JM: “[Apuntes para el discurso sobre Echegaray]”, La Habana, junio de 1879, OCEC, t. 6, pp. 66-67). Véase, al respecto, “Juan de Villalpando. Drama en tres actos de José Peón Contreras”, Revista Universal, México, 23 de agosto de 1876, OCEC, t. 3, p. 187; “Carta a Bartolomé Mitre Vedia”, New York, 19 de diciembre [de 1882], OCEC, t. 17, p. 353; y “Estudios críticos por Rafael María Merchán”, La Estrella de Panamá, 9 de junio de 1887, OCEC, t. 25, p. 342.
[69] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 39.
[70] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., pp. 40, 41, 43, 45, 46 y 47, respectivamente.
[71] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 49.
[72] “Carta a Manuel Mercado”, Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895, ob. cit., p. 73.
[73] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 49.
[74] Ibíd., p. 50.
[75] “Discurso en honor de Simón Bolívar”, ob. cit., p. 112.
[76] Ibíd., p. 111.
[77] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 44.
[78] Este ensayo, fechado en 1973-1974, fue publicado en Albur, órgano de los estudiantes del Instituto Superior de Arte, núm. especial, La Habana, mayo de 1992, pp. 57-251. Existen dos ediciones más, en 2003 y 2004, del Centro de Estudios Martianos. Se prepara actualmente una tercera edición, revisada y corregida.
[79] Véase el capítulo titulado “Relación del sentido de moderación y la capacidad de sacrificio. La ley de equilibrio”, El amor como energía revolucionaria en José Martí, ob. cit., pp. 109-119.
[80] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 44.
[81] JM: “Heredia”, El Avisador Cubano, Nueva York, 4 de julio de 1888 OCEC, t. 29, p. 123.
[82] JM: Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario a Cuba, ob. cit., pp. 15 y 8, respectivamente.
[83] “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver. La naturaleza está delante de él,―las montañas―, el valle con su río ancho, y a los lejos: la sierra de horizontes:―la cascada rueda y truena―clarea el cielo azul por entre el follaje:―como cayendo sobre el alma, todas a una (a la vez), como si las empujase, caído del cielo, un pastor de alas inmensas, las hojas rumorean, cantan y valsan:―cae el hacha a compás en un monte lejano:―pasan, cautas, por la roca las arañas y las hormigas.―Arrolla un golpe de viento los helechos gráciles. Y el poeta sin poesía, el amante solo, asiste a la hermosura, sordo y ciego. Eva no está allí. Todo será hermoso, y querrá decir algo, cuando venga Eva”. (JM: “Cuaderno de apuntes no. 18” [1894], OC, t. 21, p. 419).
[84] JM: “Francia”, La Opinión Nacional, Caracas, 1º de junio de 1882, OCEC, t. 11, p. 219.
[85] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., pp. 43 y 47, respectivamente.
[86] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., pp. 36 y 50-51, respectivamente.
[87] JM: “Maestros ambulantes”, La América, Nueva York, mayo de 1884, OCEC, t. 19, p. 188.
[88] Véase Cintio Vitier: “Una fuente venezolana de José Martí” (1973), ob. cit., pp. 81-108.
[89] JM: “Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos”, La América, Nueva York, junio de 1884, OCEC, t. 19, p. 227.
[90] José Carlos Mariátegui: “Aniversario y balance” (1928), Ideología y Política. Obras completas, Lima, Perú, Editora Amauta, 1969, pp. 247-248.

