“El escritor”, dijo Martí en su Revista Venezolana, Caracas, 1881, “ha de pintar como el pintor”,[2] y por eso buena parte de su obra pertenece tanto a la historia de nuestra literatura como a la historia de nuestra pintura. Y para entenderla a esta luz no debe olvidarse lo que dijo de Goya en una carta a Enrique Estrázulas de 1889: “Es de mis maestros”,[3] lo que fue intuitivamente captado por Sarmiento en su estupendo elogio de la prosa martiana, donde habla de “su estilo de Goya”.[4] Desde El presidio político en Cuba[5] hasta el Diario de campaña[6] la escritura de Martí es en gran medida la obra de un pintor verbal ―expresionista, impresionista, muralista, retratista―, sin contar sus anticipos de las técnicas cinematográficas en muchas de sus Escenas norteamericanas [7] y en algunos de sus Versos sencillos, como, señaladamente, los poemas IX (“Quiero a la sombra de un ala”),[8] XXVII (“El enemigo brutal”)[9] y XXX (“El rayo surca, sangriento”).[10] Pero, como puede verse por los pocos ejemplos aducidos, que pudieran multiplicarse, y sin minimizar el influjo colorista de la literatura francesa que tan bien se conjugó con el colorismo natural que estaba en el fondo del modernismo hispanoamericano,[11] es lo cierto que la declaración de Martí en la Revista Venezolana viene a ser la culminación de una tendencia a hablar y pensar por imágenes,[12] que es lo que se observa en los ejemplos de Varela y Luz, lo cual desde luego resulta más significativo y profundo que el simple describir por imágenes o traducir con palabras el lenguaje pictórico, que es lo que respectivamente hacen Cruz y Casal.
Hacia 1891, el año también de los Versos sencillos y los discursos “Con todos, y para el bien de todos”[13] y “Los pinos nuevos”,[14] ya Martí era un maestro de la imagen pictórico-verbal en todas sus formas, y especialmente en su función política, la que había tenido su manifestación primera en el alegorismo expresionista de las recapitulaciones finales de El presidio político en Cuba, encabezadas por el imperativo “Mirad, mirad”.[15] Las imágenes aquí son visiones, como en el poema a los estudiantes de Medicina fusilados en 1871: “A mis hermanos muertos”.[16] En un medio intelectualmente positivista, en el que sus concepciones espiritualistas disonaban, y acuciado diariamente por problemas sociales que exigían “examen y consejo”,[17] el periodismo mexicano de Martí, por otra parte, esencial para su formación americanista, fue el menos imaginístico de toda su ejecutoria, como también lo fue su poesía transicional de aquellos años. El tono visionario no volvió a su palabra hasta la década del 80, cuando pronunció el discurso en el Club de Comercio de Caracas,[18] y escribió el Ismaelillo[19] y “versos libres” como “Pollice verso”,[20] “Canto de otoño”,[21] “Homagno”.[22] Entre tanto, el ensanchamiento del ángulo visual y la rapidez y simultaneidad exigidos por las crónicas norteamericanas, le devolvieron y llevaron a su plenitud los recursos imaginísticos que estuvieron siempre latentes en ella. Recursos que, teniendo ahora su mayor estímulo en la necesidad de concentrar y componer, se acercan más a lo que hace años llamé “imaginización”[23] —capacidad de convertir la realidad en imágenes— que a otras acepciones más usadas del término “imaginación”. No se trata, desde luego, de fantasear o inventar cosas que no existen, sino de ver la realidad, aparentemente azarosa o caótica, bajo especie de imagen poética y plástica, con lo cual se ofrece estructurada, fascinante y llena de sentido social, político, humano. La imagen resulta así, no un truco supuestamente embellecedor o sustitutivo, sino, rigurosamente, un medio e incluso un método de conocimiento. La función cognoscitiva, política y revolucionaria de la “imaginización” y la metaforización en los discursos, las crónicas y los ensayos de Martí a partir de 1881 —año de su anagnórisis bolivariana— es enorme, y de ello tenemos dos ejemplos conexos en su discurso “Madre América”[24] y en las páginas cenitales cuyo centenario estamos celebrando: “Nuestra América”.[25]
El discurso escrito para los delegados a la Primera Conferencia Internacional Americana, pronunciado el 19 de diciembre de 1889, poco más de un año antes de aparecer en La Revista Ilustrada de Nueva York,[26] el ensayo, alegato y proclama “Nuestra América”, puede leerse como prólogo o primer capítulo suyo, tal es la continuidad ostensible de dos textos que íntimamente se enlazan y se suponen entre sí, además de ser hijos centelleantes, cada uno en su género, de la misma inspiración estilística, donde la historia y sus lecciones aparecen bajo especie de imágenes. Después del conmovido preámbulo, por el que revuela a través de la angustia y el frío, el canario “con cintas y lazos en el pico”[27] que volverá con su misteriosa alegría a rubricar los Versos sencillos[28] de “aquel invierno de angustia”;[29] después del preámbulo en que se propone a la historia la imagen tan dichosa como difícil del “guerrero magnánimo del Norte, que da su mano de admirador, desde el pórtico de Mount Vernon, al héroe volcánico del Sur”, y se adelanta la toma de partido irrenunciable ―“para nosotros, en el secreto de nuestro pecho, sin que nadie ose tachárnoslo ni nos lo pueda tener a mal, es más grande, porque es la nuestra y porque ha sido más infeliz, la América en que nació Juárez”[30]―, se presenta el paralelo memorable de los orígenes y desarrollo de las dos Américas como un vertiginoso y a la par nítido desfile de imágenes que nos hace pensar en la posibilidad de un Arthur Rimbaud[31] de la historia, porque Martí fue, en efecto, además de un visionario, un vidente o, como él prefería decir, un “veedor”[32] real de la historia. Basta que diga: “Viene, de fieltro y blusón, el puritano intolerante e integérrimo, que odia el lujo, porque por él prevarican los hombres; viene el cuáquero, de calzas y chupa, y con los árboles que derriba, levanta la escuela […]”, para que veamos los orígenes traicionados de los Estados Unidos. Basta que diga: “Allá, por los bosques, el aventurero taciturno caza hombres y lobos, y no duerme bien sino cuando tiene de almohada un tronco recién caído o un indio muerto. Y en las mansiones solariegas del Sur todo es minué y bujías, y coro de negros cuando viene el coche del señor, y copa de plata para el buen Madera […]”, para que veamos la expansión depredadora hacia el Oeste y la exquisitez culpable del esclavismo sureño. Basta que diga: “A su héroe, le traen el caballo a la puerta”, para que veamos a Washington. O que diga: “¡y surge, con un hacha en la mano, el leñador de ojos piadosos […]!”,[33] para que veamos a Lincoln y todo lo que él significó. Porque aquí ver no es solo ver, es entender. Si tomamos cualquiera de las imágenes históricas de Martí, si consideramos cada uno de sus elementos plásticos y la resultante del conjunto, el análisis socioeconómico y político sale de ellas como el hilo del ovillo. “De un ojeo copio la sala”,[34] dice en una página del Diario, que es donde su capacidad de videncia física y espiritual alcanzó la máxima velocidad y precisión.[35] De un ojeo, también, copia la historia, solo que su copia es de esencias trasmutadas en imágenes. Lo que nos ofrece no es una descripción ni un análisis ni, al menos intelectualmente hablando, una síntesis, sino, quizás, lo que Duns Scoto[36] llamó “haeceitas”, es decir, lo universal en lo singular o, más bien, lo universal como singular. La eficacia de este sistema expresivo se nos hace evidente a cada paso, y en especial cuando acude al nivel aforístico y nos dice en una línea: “Del arado nació la América del Norte y la Española, del perro de presa”. El desfile imaginístico prosigue para darnos el mural de “los orígenes confusos, y manchados de sangre, de nuestra América”, y las miserias de su conquista y su colonia inquisitorial y pintoresca, pero también la irrupción gloriosa de nuestra epopeya libertaria, porque el sentido no descriptivo sino revelador de este paralelo se nos pone de manifiesto cuando, de una parte, en el párrafo que encierra la historia de los Estados Unidos, se nos advierte: “La libertad que triunfa es como él, señorial y sectaria, de puño de encaje y dosel de terciopelo, más de la localidad que de la humanidad, una libertad que bambolea, egoísta e injusta, sobre los hombros de una raza esclava”, y de la otra, en el párrafo ,que aloja desde Moctezuma hasta Bolívar, lo que suena y resuena es aleluya: “¿Qué sucede de pronto, que el mundo se para a oír, a maravillarse, a venerar? ¡De debajo de la capucha de Torquemada sale, ensangrentado y acero en mano, el continente redimido! Libres se declaran los pueblos todos de América a la vez. Surge Bolívar, con su cohorte de astros. Los volcanes, sacudiendo los flancos con estruendo, lo aclaman y publican. ¡A caballo, la América entera!” Y esa América entera ―aunque después del triunfo, por la herencia colonial y hasta sanguínea lo olvidara― fue en principio y, de hecho, desde la arrancada épica, la de los indios y los negros y los cholos y los gauchos que Martí nos pinta en la cabalgata inolvidable de “los cascos redentores”. Y su mayor proeza, no obstante, los muchos yerros que va a puntualizar en “Nuestra América”, fue la de trocar el “veneno” de la esclavitud en “savia” de la libertad, la de haber sido “sentina” y comenzar a ser “crisol”; o, como dice insuperablemente con cuatro palabras y una coma esencial, de esas que ahondan sus imágenes hasta los últimos fondos: “Sobre las hidras, fundamos”. Y lo que fundamos, más por inspiración telúrica que por herencia histórica, a lo que aspiramos “por el poder del alma de la tierra, armoniosa y artística, creada de la música y beldad de nuestra naturaleza, que da su abundancia a nuestro corazón y a nuestra mente la serenidad y altura de sus cumbres”; lo que hicimos posible, no obstante los yerros políticos y sociales que ya aquí se apuntan, fue la esperanza en una “libertad humanitaria y expansiva, no local, ni de raza, ni de secta, que fue a nuestras repúblicas en su hora de flor”.[37] Y esa diferencia de los dos proyectos de liberación de las dos Américas se subraya, no por mero gusto comparativo ni de autocomplacencia, sino para cimentar en razones universales la toma de partido radical que este discurso nos sigue proponiendo en cuanto prólogo de “Nuestra América”:
No vivimos, no, como siervos futuros ni como aldeanos deslumbrados […] En vano […] nos convida este país con su magnificencia, y la vida con sus tentaciones, y con sus cobardías el corazón, a la tibieza y al olvido. ¡Donde no se olvida, y donde no hay muerte, llevamos a nuestra América, como luz y como hostia; y ni el interés corruptor, ni ciertas modas nuevas de fanatismo, podrán arrancárnosla de allí![38]
Quizás esas “modas nuevas de fanatismo” fuesen, por aquellos años, la hispanofobia que Martí siempre detectó como secreta aliada del anexionismo, o quizás fueran las corrientes anarquistas, enemigas de la idea de patria en nombre de un obrerismo fanático y descaminado, que veladamente combatió y finalmente convirtió a la lucha por la independencia cubana. En nuestros días, de otro fanatismo podemos hablar: el fanatismo por el “american way of life”, diseminado a nivel mundial y principalísimo enemigo del ser y el deber ser de nuestra identidad latinoamericana.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Este texto es una versión relativamente más breve, con ligeras modificaciones, del ensayo “Las imágenes en ‘Nuestra América’” (1990), publicado en el Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1991, no. 14, pp. 160-176. El estudio homónimo, también se publicó con ligeras modificaciones en Obras 7. Temas Martianos 2, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2005, pp. 146-162.
[2] JM: “El carácter de la Revista Venezolana”, Caracas, 15 de julio de 1881, OCEC, t. 8, p. 92.
[3] “Es de mis maestros, y de los pocos pintores padres”. (JM: “Carta a Enrique Estrázulas”, [Nueva York] 19 de febrero [de 1889], OCEC, t. 31, p. 232).
[4] “Deseo que le llegue a Martí este homenaje de mi admiración de su talento descriptivo y su estilo de Goya, el pintor español de los grandes borrones con que habría descrito el caos”. [Domingo Faustino Sarmiento: “La libertad iluminando al mundo” (La Nación, Buenos Aires, 4 de enero de 1887), en José Martí: En los Estados Unidos. (Periodismo de 1881 a 1892), ed. crítica, Roberto Fernández Retamar y Pedro Pablo Rodríguez, coords., ALLCA XX, Colección Archivos de la UNESCO, 43, 2003, p. 1997]. [José Martí. Valoración múltiple, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2007, t. 2 (edición al cuidado de Ana Cairo Ballester), p. 25].
De acuerdo con Cintio Vitier: “El único gran poeta del siglo XVIII en España es un pintor: Goya”. [Lo cubano en la poesía (1958), en Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, La Habana, Editorial de Letras Cubanas, 1998, p. 46].
[5] JM: El presidio político en Cuba, Madrid, 1871, OCEC, t. 1, pp. 63-93.
[6] JM: Diarios de campaña. Edición anotada, investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2019.
[7] Véase JM: En los Estados Unidos. (Periodismo de 1881 a 1892), ed. crítica, Roberto Fernández Retamar y Pedro Pablo Rodríguez, coords., ALLCA XX, Colección Archivos de la UNESCO, 43, 2003, p. 1997.
[8] JM: “IX”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, pp. 312-313.
[9] JM: “XVII”, Versos sencillos, ob. cit., p. 332.
[10] JM: “XXX”, Versos sencillos, ob. cit., p. 335.
[11] “En el recio árbol del idioma clásico —en el tuétano de buey de los clásicos, como dice Gabriela Mistral—, injertó Martí las conquistas artísticas de la lengua francesa, gracia y cromatismo. Martí fue el primero en nuestro idioma que funde y refunde en el acerado molde clásico los aliños y aderezos estilísticos de parnasianos, impresionistas y simbolistas”. [Manuel Pedro González: “José Martí, su circunstancia y su tiempo” (prólogo a Esquema ideológico de José Martí), Indagaciones martianas, Universidad Central de Las Villas, Dirección de Publicaciones, 1961, p. 60].
[12] “Martí es el primer escritor de nuestro idioma que tuvo conciencia clarísima del desmedro artístico que aquejaba a la prosa castellana hacia 1880, y el primero también en rebelarse contra la rutina, el prosaísmo desnutrido, el casticismo academizante y baladí, tan en boga en España y América por aquellos días. Fue también el único escritor genial pertrechado del indispensable bagaje cultural —clásico y moderno— que se propuso renovar los canijos procedimientos vigentes y enriquecer el idioma inyectándole sangre nueva. Léase a efecto el editorial titulado ‘El carácter de la Revista Venezolana’, por él fundada y dirigida en Caracas, en 1881. Se publicó el 15 de julio de este año. Este editorial es algo así como la Carta Magna del Modernismo y punto de partida de su estética por lo que a la prosa atañe. En aquella proclama o manifiesto doctrinal en el que establece la teoría de la prosa artística, se leen estas por insólitas palabras que constituyen toda una tesis del estilo: ‘[…] el escritor ha de pintar, como el pintor. No hay razón para que el uno use de diversos colores, y no el otro’. Pero estas son dos líneas solamente. Hay que leer entero el párrafo en que aparecen incrustadas para comprender la trascendencia de aquel postulado teórico”. (MPG: “José Martí, su circunstancia y su tiempo”, ob. cit., pp. 62-63).
[13] JM: “Con todos, y para el bien de todos”, discurso en el Liceo Cubano, Tampa, 26 de noviembre de 1891, OC, t. 4, pp. 269-279.
[14] JM: “Los pinos nuevos”, discurso en el Liceo Cubano, Tampa, 27 de noviembre de 1891, OC, t. 4, pp. 282-286.
[15] El presidio político en Cuba, ob. cit., pp. 68 y 91-93.
[16] JM: “A mis hermanos muertos”, [Madrid, 1872], OCEC, t. 15, pp. 57-64.
[17] JM: “Boletín. Elecciones”, Revista Universal, México, 29 de mayo de 1875, OCEC, t. 2, p. 57; “Boletín. Oposición informe”, Revista Universal, México, 8 de julio de 1875, OCEC, t. 2, p. 111; y “[Reflexiones destinadas a preceder a los informes traídos por los jefes políticos a las conferencias de mayo]”, Guatemala, [1877], OCEC, t. 5, p. 97.
[18] JM: “[Fragmentos del discurso pronunciado en el Club del Comercio, Caracas, 21 de marzo de 1881. Primera y segunda versiones]”, OCEC, t. 8, pp. 23-49.
[19] JM: Ismaelillo, Nueva York, 1882, OCEC, t. 14, pp. 17-46.
[20] JM: “Pollice verso”, Versos libres, OCEC, t. 14, pp. 90-93.
[21] JM: “Canto de otoño”, Versos libres, ob. cit., pp. 114-118.
[22] JM: “[Homagno]”, Versos libres, ob. cit., pp. 139-141.
[23] En “Símbolo y realidad” (1958), C. Vitier explica que la “imaginización” se entiende como la “facultad de que las cosas existentes se nos aparezcan configuradas como imágenes alusivas a un sentido que las traspasa. La imagen en esta acepción no es ‘imaginaria’, sino ‘testimoniante’ […]”. (La zarza ardiendo, Obras 1. Poética, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997, p. 118). Véanse sus ensayos “Los discursos de Martí” (1964) y “Los hombres en Martí” (1964), Temas martianos. Primera serie (1969), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 100-103 y 137-138, respectivamente. José Lezama Lima, por su parte, afirmaba que la figura de Martí “recuerda lo que los místicos orientales llaman el alibi, capaz de crear por la imagen la realidad”. [José Lezama Lima: “Prólogo a una antología” (Antología de la poesía cubana, 3 t., La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1965), La cantidad hechizada, La Habana, Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), p. 315. Puede consultarse también en Martí en Lezama, compilación y presentación de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2000, p. 61].
[24] JM: “Madre América”, discurso en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, Nueva York, 19 de diciembre de 1889, OC, t. 6, pp. 133-140.
[25] JM: “Nuestra América” (La Revista Ilustrada de Nueva York y El Partido Liberal, 1ro y 30 de enero de 1891), Nuestra América. Edición crítica, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2006.
[26] Véase Ivan A. Schulman: “José Martí y La Revista Ilustrada de Nueva York”, Cuadernos Americanos, México, D.F., no. 4, vol. CLIX, julio-agosto de 1968, pp. 141-153 y “José Martí colaborador del Sun y de la Revista Ilustrada de Nueva York”, Martí, Casal y el modernismo, La Habana, Comisión de Extensión Universitaria, 1969; Ramón Becali: “La Revista Ilustrada de Nueva York”, Bohemia, La Habana, 8 de enero de 1971; y Vernon A. Chamberlin e Ivan A. Schulman: La Revista Ilustrada de Nueva York: Histoty, antology, and index of literary selections, Columbia, University of Missouri Press, 1976.
[27] “Madre América”, ob. cit., p. 134.
[28] Véase el poema XXV de Versos sencillos, ob. cit., p. 330.
[29] JM: “[Mis amigos saben…]”, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 297.
[1] “Madre América”, ob. cit., pp. 133 y 134.
[31] Arthur Rimbaud (1854-1895). Véase Cintio Vitier: “Imagen de Rimbaud” (Revista Lyceum, La Habana, febrero de 1952); Fina García Marruz: “Recepción de Rimbaud” (La familia de Orígenes, La Habana, Ediciones Unión, 1997); y Alejo Carpentier: “Centenario de Rimbaud”, El Nacional, Caracas, 10 de septiembre de 1953, Los pasos recobrados. Ensayos de teoría y crítica literaria, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2007, pp. 331-332.
[32] JM: “Muerte de Emerson”, La Opinión Nacional, Caracas, 19 de mayo de 1882, OCEC, t. 9, “Francia.—Meses alegres”,La Opinión Nacional,Caracas, 12 de abril de 1882, OCEC, t. 11, p. 142; “Darwin ha muerto”, La Opinión Nacional, Caracas, miércoles, 17 de mayo de 1882, OCEC, t. 11, p. 188; “Suma de sucesos”, La Nación, Buenos Aires, 13 y 16 de mayo de mayo de 1883, OCEC, t. 17, p. 65; “Carta a Bartolomé Mitre Vedia”, New York, 19 de diciembre [1882], OCEC, t. 17, p. 353; “El Century Magazine de mayo”, La América, Nueva York, mayo de 1884, OCEC, t. 19, p. 204; “El Partido Revolucionario Cubano”, Patria, Nueva York, 3 de abril de 1892, OC, t. 1, p. 366; “Carta al general Máximo Gómez”, New York, 20 de octubre de 1894, EJM, t. IV, p. 284.
[33] “Madre América”, ob. cit., pp. 134-135.
[34] Diarios de campaña. Edición anotada, ob. cit., p. 40.
[35] En “El arribo a la plenitud del espíritu. La integración poética de Martí”, Cintio escribe: “Cuando Martí arriba a Santo Domingo, en febrero de 1895, está en el colmo de sus facultades humanas y poéticas. El dolor del hombre, la ‘agonía’ de la patria, lo han afinado como un instrumento maravilloso. Su mirada es un cenit. Por eso al enfrentarse con el paisaje y el hombre antillanos, lo ve todo con ojo de piedad entrañable, que no significa lástima sino participación en la luz del espíritu”. (Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, ob. cit., p. 196).
[36] Juan Duns Scoto (1266-1308).
[37] “Madre América”, ob. cit., pp. 136, 135, 136, 137-138, 138 y 139, respectivamente.
[38] “Madre América”, ob. cit., p. 140.

