Gabriel de la Concepción Valdés; Plácido (1809-1844)

Gabriel de la Concepción Valdés

Poeta cubano.[1] Hijo de los amores clandestinos de una bailarina blanca española y un peluquero mulato, fue depositado por su madre en la Casa de Beneficencia y Maternidad —de ahí su apellido de Valdés, que recibían los niños expósitos— de donde lo rescató su padre pocos meses después. Vivió siempre en difíciles condiciones económicas. Comenzó a asistir a la escuela a los diez años de edad, y a los doce abandonó los estudios para desempeñar diversos oficios, siempre como aprendiz, hasta decidirse por el de la fabricación de peinetas y otros objetos de carey. Fue, se dice, un consumado artesano, y veía como, a diario, crecía su fama de poeta. Escribió el primer poema a los doce años de edad, un soneto titulado “La hermosa”. Quedó huérfano de padre al morir este en México, adonde se había trasladado en busca de mejor suerte.

     Hacia 1821 ingresó como alumno en el taller del retratista Vicente Escobar, y en 1823 se incorporó como aprendiz en la famosa tipografía de José Severino Boloña. Su habilidad como artesano del carey lo hizo mudarse en 1826 a Matanzas, para trabajar en el taller de Nicolás de Bota; en esa ciudad acrecentó su fama de poeta.[2] Regresó a La Habana para trabajar en la platería de Misa, donde conoció al poeta Ramón Vélez Herrera,[3] quien lo relacionó con el mundo intelectual habanero. Estudió literatura con Ignacio Valdés Machuca,[4] merced al apoyo económico del farmacéutico Francisco Prendes, y continuó ganándose la vida en la platería de Antonio Prats y como oficinista en una casa comercial. Sostuvo amores con una joven hija de esclava, que murió en 1833 durante la epidemia del cólera. En 1834, con su poema “La siempreviva” ganó el premio Aureola Poética en honor del entonces primer ministro de España, Francisco Martínez de la Rosa.

     Volvió a residir en Matanzas en 1836, y comenzó a trabajar en la platería de Dámaso García y en el periódico La Aurora de Matanzas. A fines de ese año, fue visitado por José María Heredia, quien lo invitó a trasladarse a México para mejorar su situación económica, lo cual rechazó. Colaboró también con El Pasatiempo. Viajaba a menudo a La Habana para visitar a su madre. En 1840 vivió varios meses en Santa Clara, donde trabajó en una platería y escribió para El Eco de Villaclara.

     Regresó a Matanzas en 1840, y se casó en esa ciudad dos años después. Sus cualidades como poeta repentista hacían que su presencia se reclamara en fiestas y reuniones, su activa vida social y algunos de sus poemas picarescos o contra la tiranía, como “El juramento”, suscitaron la desconfianza de las autoridades coloniales hispánicas. Después de varias prisiones, fue detenido nuevamente en 1844 y acusado de ser uno de los supuestos jefes de una conspiración para organizar un levantamiento de esclavos, que se conocería después con el nombre de La Escalera.[5] En un proceso amañado, carente de garantías, Plácido fue sentenciado a muerte: sería fusilado por la espalda junto con otros diez acusados. Se dirigió al suplicio declamando un poema que había compuesto la víspera, titulado “Plegaria a Dios”.[6] Son muy apreciados sus dos romances indianistas Cora y Jicotencal.

     José Martí proyectó escribir, alguna vez, un libro dedicado a Plácido,[7] “el pindárico mulato de Matanzas”.[8]

[Tomado de OCEC, t. 8, pp. 169-170 y Lezama disperso, prólogo, compilación y notas de Ciro Bianchi Ross, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2009, pp. 223-224. (Nota modificada por el E. del sitio web)].[9]


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] “La cubanía de Plácido, mucho más que en sus temas vernáculos, despreocupadamente mezclados con los pastoriles, moriscos o medievales, está en ese imponderable de ingenuidad y simpatía, de ternura y modestia, en esa transparencia natural de su voz manando cristalina sobre el fondo de la impalpable nada; voz que al final trágico de su vida, víctima de la estúpida saña española, encarnizada siempre con los poetas, cobra acentos desgarradores de sencilla grandeza.

Heredia es el ardor y la nostalgia: con él nuestra poesía levanta el vuelo. Plácido tiene las virtudes del aire de la isla: giro abierto, ingravidez, equivalencia de sus criaturas en lo efímero y luciente”. (Cintio Vitier: “Cubanía de Plácido”, Lo cubano en la poesía (1958), en Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo de Abel E. Prieto, La Habana, Editorial de Letras Cubanas, 1998, p. 84).

[2] “Las inspiraciones [de Gabriel de la Concepción Valdés] se parecen a los relámpagos que en medio de una borrasca hienden las lóbregas nubes; y aunque incorrecto por lo común en sus obras, quizás en la lengua castellana no habrá ningún romance que supere a uno de los suyos, ni hay corazón tampoco que no se contriste al repetir las supremas palabras por él murmuradas en momentos terribles”. [Anselmo Suárez y Romero: “Prospecto para una biblioteca de escritores cubanos” (1868), Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, año 113, quinta época, La Habana, enero-junio de 2022, p. 176].

Plácido, regido por sus condiciones de juglar, de poeta conducido por una fina espontaneidad, llega a vivir la poesía con una alegría que era una ganancia sobre las dificultades que había tenido en su vida”. [José Lezama Lima: “Prólogo a una antología” (Antología de la poesía cubana, La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1965, 3 t.), La cantidad hechizada, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), p. 300].

“Hubo momentos en los que la leyenda se sobreimpuso al verdadero valor de su obra. Todavía hoy se discute acerca de la justeza de su conducta y los méritos de su poesía. Más que mártir, fue víctima de la época que le tocó vivir. Sus condiciones naturales de versificador se impusieron a su evidente falta de conocimientos. Quizás sus mismas facilidades le hicieron acercarse al verso como a un oficio más, y cuando quiso dar testimonio de su propia tragedia, difícilmente pudo encontrar los acentos justos. Sin embargo, sonoros, brillantes y fáciles, tiene poemas antológicos, como su romance ‘Jicotencal’, y en muchas páginas suyas permanece, intacto un fresco aire de popular ingenuidad y talento innato”. (Poesía cubana de la colonia, selección, prólogo y notas de Salvador Arias, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002, p. 56).

“Hay en Plácido una sonrisa, una tierna picardía, un ardiente festejo ornado y cubanísimo, que es lo que más conmovedora nos hace la imagen de sus últimos días angustiosos”. (Cintio Vitier: “Recuento de la poesía lírica en Cuba. De Heredia a nuestros días” (1956), Obras 3. Crítica 1, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000, p. 5).

[3] CV: “[Ramón Vélez Herrera]”, “Quinta lección: El empeño nativista. Los romances cubanos. El siboneísmo. El Cucalambé”, Lo cubano en la poesía (1958), en Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo de Abel E. Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, pp. 118-121.

[4] Cintio Vitier: “[Ignacio Valdés Machuca, Desval]”, “Segunda lección. Condiciones estéticas en que se inicia nuestra poesía. El marco bucólico y la visión arcádica. Ganancias de la silva descriptiva”, Lo cubano en la poesía (1958), en Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo de Abel E. Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, pp. 52-54.

[5] Algunos historiadores dudan de la autenticidad de esa conspiración; piensan que fue un invento de los colonialistas españoles a fin de amedrentar a la población negra y a los esclavos deseosos de lograr su libertad. Se le llamó conspiración de La Escalera porque a los procesados se les ataba a una escalera para hacerles recibir azotes y tormentos.

[6] Gabriel de la Concepción Valdés; Plácido: “Plegaria a Dios”, Poesía cubana de la colonia. Antología, selección, prólogo y notas de Salvador Arias, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002, p. 67.

[7] “Libro sobre Plácido, como, el q. proyecto sobre Horacio: ‘Horacio, poeta revolucionario’”. (JM: “Libros”, OC, t. 18, p. 281).

[8] JM: Fragmentos, OC, t. 22, p. 174.

[9] Bibliografía:

  • Domingo Figarola-Caneda: Plácido (poeta cubano), La Habana, Imp. El Siglo XX, 1922.
  • Domingo Figarola-Caneda: “Milanés y Plácido”, Cuba Contemporánea, La Habana, 1914. Reproducido en Plácido (poeta cubano), ob. cit., pp. 195-231.
  • “Antología poética del siglo xix. Gabriel de la Concepción Valdés (1809-1844)”, de Cynthio Vitier y Gastón Baquero, Grafos-Havanity, año IX, no. 109, marzo de 1943, p.19.
  • Cintio Vitier: “Poetas cubanos del siglo xix. Semblanzas” (1968), prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000, pp. 213-217.
  • Adis Vilorio José Pérez: ¿Es falsa la confesión de Plácido?, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, Colección Pinos Nuevos, 1994.
  • Fernando Martínez Heredia: “Plácido y el verdugo”, Credo, año I, núm. 3, La Habana, octubre de 1994, p. 82.
  • Salvador Arias: “Plácidoy el romanticismo en Matanzas” (1984), El reto perenne, La Habana, Ediciones Unión, 2008, pp. 59-86.