Existe una distinción fundamental entre el nacimiento cronológico, ese accidente biográfico registrado en el polvo de los archivos; y el nacimiento ontológico, aquel instante de conciencia en el que el individuo se constituye a sí mismo al elegir la geometría de su relación con el mundo. Evocar el instante inaugural de la existencia de José Julián Martí Pérez es, ante todo, interrogar el acto esencial que su poema «Yugo y Estrella» propone como arquetipo de la condición humana. El texto constituye una metafísica de la elección, un diagrama existencial donde se cifra el núcleo de su pensamiento y, quizás, el código germinal de su destino.
La madre —símbolo de la originaria donación de la vida— presenta al recién nacido, «Homagno generoso», dos insignias: el yugo y la estrella. No se ofrece aquí una dicotomía moral simplista entre el bien y el mal, la virtud y el vicio. Se trata, más bien, de dos modalidades radicalmente opuestas de inserción en el mundo. Tampoco es un llamado a la muchedumbre informe. Es una intimación dirigida al alma que despierta a su libertad y, por tanto, a su más abismal responsabilidad.
El yugo representa la ética de la integración. Quien lo acepta accede a una economía de lo gratificante: la paja caliente, la avena abundante, el reposo del servidor útil. Es la opción de la inmanencia satisfecha, del sujeto que se disuelve en el aparato funcional del orden establecido, intercambiando autonomía por bienestar, conciencia por confort. Se convierte en «manso buey», retrocediendo en la «escala universal», es decir, renunciando a la cualidad específicamente humana —la tensión hacia lo superior— para reinstalarse en la pura animalidad doméstica. Es la tentación del nihilismo pasivo, de la abdicación silenciosa. Evoca la imagen al colonizado mental de la metrópoli extranjera; pero también, en un sentido más amplio y perenne, el intelectual orgánico de la tiranía, el burócrata de la opresión, el apologeta que canjea su capacidad crítica por un lugar en la mesa del poder.
La estrella, en cambio, es el emblema de la soledad luminosa. No brinda una luz que, al mismo tiempo que ilumina, abrasa y aparta. «Alumbra y mata». Portarla significa asumir una existencia escindida, devenir «monstruo de crímenes cargado» a los ojos de aquellos —los «pecadores»— que habitan la penumbra cómoda. La estrella es el atributo de la trascendencia ética, del individuo que elige ser piedra de escándalo, voz que interpela, conciencia que no transige. Su luz no calienta; significa. Y en ese significar, condena a su portador a la intemperie social, a la radical incomunicación con el rebaño. Es la opción del exilio interior, de la vida como acto de creación pura: «¡Como que crea, crece!». Este crecimiento es ontológico, una expansión del ser a través del acto libre y sacrificial.
La genialidad de Martí, su profundidad filosófica, estriba en la síntesis final, que trasciende la mera antítesis: «¡Dame el yugo, oh mi madre, de manera / Que puesto en él de pie, luzca en mi frente / Mejor la estrella que ilumina y mata!». Esta petición es una dialéctica superior. No se acepta el yugo de la sumisión; se reclama un yugo de otra naturaleza. ¿Cuál? El yugo como voluntad asumida, como disciplina férrea al servicio de un principio. El «de pie» es crucial; pues no se trata de la postura encorvada del buey, sino de la verticalidad digna del hombre que se ha forjado una disciplina interior (el yugo) para sostener, con mayor firmeza y elevación, la luz terrible de la estrella. Es el yugo de la responsabilidad histórica, de la entrega a una causa que exige rigor, método, abnegación —la «ínsula fatigada» de su quehacer político— como basamento para que la estrella de la idea pura pueda irradiar con mayor potencia.
Así, la vida de Martí se lee como la ejecución exacta de este programa. El yugo fue su prisión fecunda, su destierro perpetuo, la ingratitud probada e incomprensión de sus propios coterráneos, su oficio de patria ejercido con monacal tesón. La estrella fue su verbo aglutinante, su utopía de una república «con todos y para el bien de todos», su ética intransigente que lo distanció de caudillos y conveniencias, su poesía visionaria. Murió, efectivamente, vaciando «el licor de su copa» y ofrendando su corazón como «manjar» en la «fiesta humana» de la guerra sin odios. Y entonces, «el vivo que a vivir no tuvo miedo», fue envuelto por la estrella como un manto, y se oyó «que un paso más sube en la sombra». Una particular apoteosis que funge como confirmación de que la elección de la estrella, aun mediada por el yugo de la acción, conduce a la ampliación del ser más allá del límite fenoménico. Es la trascendencia por el sacrificio, la metamorfosis del hombre en símbolo, en legado que persiste y crece en la historia.
Honrar a Martí, por tanto, es confrontar la perenne actualidad de su dilema fundacional. En cada época, el yugo de la conformidad se ofrece con nuevos ropajes de seguridad y reconocimiento; la estrella de la conciencia crítica sigue alumbrando caminos solitarios y exponiendo a quien la lleva al ostracismo o a la incomprensión, cuando no a la cárcel y al destierro. Su nacimiento nos interpela: ¿aceptamos la cómoda animalidad de la obediencia y la sumisión?; o ¿nos ceñimos la estrella, forjando para ella un yugo de voluntad que nos permita llevarla en alto, «de pie», aunque su luz nos ilumine para matar en nosotros todo aquello que anhela la ancha avena del olvido? La respuesta individual a esta pregunta es lo único que puede conferir auténtico sentido a cualquier onomástica de aquel hombre sincero.

