Esa música está en el paraíso. No ha visto a los proscriptos. No es suya la tristeza manchada de los hombres. No hay peso, no hay caída en ella: es un ascenso de adelgazadas alas, los blancos empañados de un cristal, el óvalo del rostro de una virgen. Mas a veces se siente que oyó llorar los ángeles.
Pero es niña esta música y pronto olvida. ¡Qué salón entonces, qué alada primavera, qué pastorcillo de lujo! ¡Qué baile en una caja de música que acalla la chirriante llave posterior! ¡Piadosas apariencias, rizos, rayos de oro! Dulzura de la edad intacta, inermes juegos, cristal tan fácil de quebrar, pequeña orquesta de cuerdas, redondo lago apacible,
Tomado de Umbral 1940-1951 (poemas no incluidos en Las miradas perdidas), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. II, pp. 350-351.