HASTA EL CIELO
Por José Peón Contreras
Cuando nos cautiva una grandeza, cuando el corazón se mueve de regocijo, cuando muchas bellezas nos deslumbran, se siente amor, y esperanza, y orgullo por los demás, y fe en la gloria. Las pasiones malas huyen, los brazos se mueven inquietos por el deseo de abrazar, y la pasión buena, la fraternidad hermosa, hace nido y morada de nuestro corazón. No en balde llamó Hasta el cielo a su drama José Peón Contreras, cielos hubo en la noche de promesas en que este drama se dio al público.
Noche de promesas. Lo naciente con debilidad, acababa allí de nacer con vigor. ¿Cómo acabará lo que ha nacido así? Es mejor pensar que no acabará nunca; porque ni mueren las obras del talento, ni el espíritu, el espíritu humano, el espíritu americano son cosa pasajera. Si Europa fuera el cerebro, nuestra América[1] sería el corazón. Otros pensarán más, nadie sentirá mejor. En Hasta el cielo las palabras brotan de los labios, pero el cerebro obró poco en la elaboración.
El drama es bello, porque es espontáneo; tuvo éxito, porque se identificó con el público; se hablaba el lenguaje de las almas y estas están siempre despiertas.
Es eso hermoso: uno sufre, y todos lloran: un pecho se desgarra y todos sienten oprimido su corazón. La desventura de un hombre es sentida por cuantos lo ven desventurado: el dolor de una mujer arranca a todas las mujeres emociones y sollozos. No serán malos los hombres mientras aplaudan esa clase de dramas. Dominan al incrédulo, y encadenan un instante al extraviado; serán una locura, pero nadie prescinde en aquel momento de ser loco. El escepticismo es una fantasía del pensamiento, y las emanaciones del espíritu ahogan allí el escepticismo. El germen impalpable ha caído en los corazones: el ángel de alas blancas está agitando el aire; la situación del personaje se hace nuestra propia situación; allá vamos, arrastrados: allá vamos, seducidos.
Y si alguien piensa que fue inútil ir al teatro a llorar ¿cuándo fue un hombre mejor que después que lloró mucho? ¿Cuándo hubo alguien que no sintiese placer de orgullo en haber sufrido? ¿Dónde hubo nunca redención más hermosa que el dolor?
La belleza, por sí misma, es un placer. Hallamos algo bello, y hallamos algo de nosotros mismos. Cuando en alguna de las artes del espíritu, ora el ritmo del sonido en la palabra extensa—poesía,—o en el eco sin extensión,—música;—ora el atrevimiento del pincel sobre el lienzo a que se da color de carne y forma corporal; cuando en alguna de estas artes bellas, se ha actualizado en sus evoluciones un sentimiento, se ha creado un cuerpo, se ha realizado un personaje o un conjunto estético, buena es la obra del pintor, buena es la fantasía del poeta, porque con cumplir la belleza han cumplido toda su obra. Poetas, músicos y pintores son esencia igual en formas distintas: es su tarea traer a la tierra las armonías que vagan en el espacio de los cielos, y las concepciones impalpables que se agitan en los espacios del espíritu. Formalizan lo vago: hacen terreno lo divino. Es mejor el que más cantidad de cielo alcanza.
Presenta Peón en su obra un buen conjunto estético; conmueve sin lastimar la razón; las pasiones que pinta son reales. Habrá algo que advertir a su drama en la trabazón de los sucesos, y hasta en lo esencial de su concepción: no hay que observar a aquel castellano bien hablado, a aquella poesía, usada siempre, viva en todo el drama, pero no exagerada un solo instante. Peón ha tenido un talento difícil en los poetas: no ha sido pródigo de bellezas; y no hay sin embargo en su obra, nada que no sea bello.
El entusiasmo excluye la reflexión, y aún no hemos tenido tiempo para reflexionar en el drama Hasta el cielo.
Un virrey de México amó a una mujer y pagó a un malvado para que diese muerte a su esposo: el secretario del virrey, que sabe el crimen, pero no es conocido del alto personaje, ama a una joven que se educa en un convento, por el virrey cuidada y protegida. El asesino, ya marqués, ha exigido al virrey la mano de la joven, que pasa por su pupila y es su hija.
El secretario ha de estorbar el matrimonio: sabe que el pretendiente es el que mató a su padre: logra de Blanca una cita en su aposento: obsérvalo el marqués, y entra tras él: vase Blanca con Sancho, y el escudero de este mata en riña de espadas al malvado.
Así pasan los dos actos primeros, y llega con el tercero un acto tal, que aquí acabó toda crítica y comenzó toda alabanza.
Blanca está en casa de Sancho, y el virrey viene a dolerse con su secretario de su pérdida. El hijo quiere vengar al padre muerto, y hay en el amor de Blanca pretexto de venganza. Con enunciar la situación, se da a entender qué ha hecho en ella el talento de un hombre que no sabe escribir sin poner en cada frase un latido de su corazón. Blanca oye que no es amada: el virrey declara que los amantes son hermanos: él tuvo a Blanca en la madre de Sancho: todo dolor estalla; toda desventura es cierta: ya no han de verse nunca: ella irá a un convento: él no sabe dónde irá: adiós se dicen… Hasta el cielo!
En este acto el ánimo suspenso pende de cada palabra de los personajes: crece el interés por la proximidad del desenlace: se ha sospechado este quizá en los dos primeros actos, pero en el tercero se le olvida: a una escena bella, sucede otra más bella: el amor es allí dolor: la venganza es fiera e impotente; la desgracia irremediable despierta simpatías hacia aquellas dos nobles criaturas. Tan hermoso es este acto, que el público no siente la repugnancia instintiva que inspira el amor entre dos hermanos. Se ha vencido a la verdad; se ha cautivado completamente a la razón.
Corre el primer acto fácil y galano, por más que parezca un tanto violenta una situación entre el virrey y Sancho, que no está justificada aún.
Enrédase la trama en el segundo; hay situaciones vivas entre el asesino y el amante; buena escena de pasión, sobrio todo, todo rápido, y concluye el acto con un artificio que acrece en gran manera el interés. Bátense el marqués asesino y el escudero de Sancho, y el telón importuno no deja adivinar quién de ellos muere.
Y en el tercero, todo admira. Hay en labios de Sancho un sueño, cuya descripción hubiera enorgullecido a don Manuel Tamayo. Hay maestría en los detalles; hay rapidez en la manera de llevar la acción: tal vez se conoce el desenlace final; pero sorprenden los resortes sencillos y nuevos con que se llega a él. Entra por puerta y ventana un oportuno frío: óyese en la habitación de al lado un ¡ay! doliente como la verdad; fía la mujer amada, con nobilísimo arranque, en la generosidad de su amador; dícense las palabras que en aquella exaltación deben decirse: en suma, siendo los dos primeros actos bellos, el tercer acto es grandioso. Algunos notan violencia en el final: no así nosotros, que creemos que la violencia está en la esencia de la concepción. O es repugnancia de la razón, o es repulsión del espíritu educado; pero ello es que letrados y palurdos tienen como cosa lastimante y dura la pasión de amantes entre dos que nacieron de una madre misma. Un buen poeta, que es a la par un hombre bueno, no podía hacer antipático ese amor: de ahí la falsedad del sentimiento. Quien esto escribe ha visto casos de esas aficiones terribles: mas nunca, aun en personas estimables, han dejado de tener toda clase de caracteres repulsivos. No amor conociendo su parentesco, que esto es crimen que, si se sabe, no se dice: amor de hermanos que aún no sabían que lo eran.
Si a pesar de esto es bueno el drama de Peón, calcúlese por qué hace olvidar esta solución de la obra, aun a los más pulcros en morales repugnancias. La hace olvidar y la hace aplaudir: asienta siempre errores el que enamora y cautiva con ellos.
En los dos actos primeros, como que tropieza el poeta con las pequeñeces del enredo y de la intriga: aquí hace falta un detalle: allí está justificado, pero oscuro, el fundamento de una situación. Caen y tropiezan siempre en lo pequeño los espíritus altos.
Pero en el acto tercero, cuando ya nada ha de hacer el ingenio, cuando las situaciones finales resultan de las anteriores, cuando la urdimbre dramática ha cesado para dejar vuelo a la inspiración y al sentimiento, tan vigoroso es el drama que no deja lugar a observaciones: seduce, encanta, obliga. El corazón sigue en el pecho los movimientos de los actores en la escena.
El lenguaje es siempre hermoso, y presenta una atendible novedad: es a la par clásico y romántico. El poeta americano ha roto a menudo su red de giros castizos, y los olvida embelleciéndolos. Ese lenguaje se hablaba cuando el ingenio tenía más admiradores que el sentimiento: ahora, que han pasado los tiempos del retruécano ingenioso, podrá hablarse este en los momentos de calma; pero se habla otra lengua más espontánea, más fiera, más bella, en los momentos de pasión.
Y hay en el diálogo facilidades, repeticiones elegantes, giros e interrupciones de maestro. Los adjetivos son conceptuosos y poéticos. No recargan, realzan. En Peón rebosa el talento descriptivo. Cada idea le trae un recuerdo, y cada recuerdo le da ocasión de describir. Parco en esto, como en todo el curso de su obra, no hace, sin embargo, fatigosa esta poética afición.
Para cronistas, nos sobra entusiasmo, y para críticos nos ha faltado esta vez voluntad.
Tenemos para las bellezas abierta toda el alma, y para los defectos cerrados los oídos. Se ha puesto en escena una obra que compite en mérito con las aventajadas en su género: nace por un camino de laureles un poeta dramático. Puede adquirir perfección mayor en la inventiva y novedad de sus recursos, no en el temple de su inspiración, no en la brillantez de sus imágenes, no en la delicadeza del lenguaje.
A la medianía, se la tolera. A la primera fuerza, se la admira. Cuando un hombre modesto atrae a un público, y lo cautiva, y lo encadena; cuando algunas frases y la disposición de algunas escenas [lo] hace estallar en unánimes aplausos; cuando con la ficción de un sentimiento se hace sentir a todo el mundo, en esta ficción y en este hombre hay indudables y no comunes grandezas.
Hasta el cielo es obra bellísima; vivificada por una sensibilidad exquisita, producida por una aptitud dramática sobresaliente. Es tal la sensibilidad de Peón, que anima con ternura, calor y vida nuevos, la dulce lengua en que habla: concibe con delicadeza, habla con elegancia, desarrolla con talento, y siente con pasión. Si faltaron detalles en su obra, sobran en cambio extraordinarias cualidades. La obra nueva es cimiento, gala y honra del naciente teatro mexicano.
Revista Universal, México, 15 de enero de 1876.
[Mf. en CEM]
Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2010, t. 3, pp. 158-162.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Nótese que es la primera ocasión que en la obra escrita de Martí compilada aparece la expresión “nuestra América”, que va a convertirse en el leiv motiv de su vida. En su obra se recogen tres artículos con ese título. Están publicados en El Partido Liberal, de México, el [27 de septiembre de 1889] (OC, t. 7, pp. 349-353); en La Revista Ilustrada de Nueva York y en El Partido Liberal, de México, el 1ro y 30 de enero de 1891 (Nuestra América. Edición crítica, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2006, pp. 35-69); y en Patria, en Nueva York, el 4 de febrero de 1895, no. 147, p. 1 (no aparece en OC). El apelativo “nuestra América” se localiza en más de cien textos martianos y “América nuestra” en la carta a Pío Víquez, [San José de Costa Rica, 8 de julio de 1893], EJM, t. III, p. 370. Martí utilizó también en centenares de ocasiones, con propósitos similares, otras expresiones más o menos equivalentes: “nuestras tierras de América”, “nuestros países de América”, “nuestras tierras americanas”, “nuestras tierras nuevas”, “nuestros pueblos americanos”, “nuestros países americanos”, “nuestros pueblos suramericanos”, “nuestros países hispanoamericanos”, “nuestros pueblos queridos de América”, “tierras de mi Madre América”, “nuestra Madre América”, “nuestras repúblicas dolorosas de América”, “la virgen madre América”, “mi gran madre América”, “mi inmensa madre América”, “la gran madre América”, etc. (N. del E. del sitio web).

