LOS EXTRAÑOS MÚSICOS
Especial para Alerta
¿De qué país remoto y al mismo tiempo instantáneamente formado han surgido estos hombres; músicos con la noble guitarra en las manos y tristísima mirada que les envuelve, haciendo de su canto informal una severa ocupación que pretende divertirnos? Aparecen en trío desigual, abigarrados a la hora justa del almuerzo, cuando el sol del mediodía hiere cálidamente con sus invisibles lanzas el platino de la mesa servida y sonríen cansados, antes de comenzar en el pulso de sus humildes instrumentos su labor sonora, presentando a la indiferencia más honda un singular combate, en el cual nos parecen definitivamente vencidos de antemano. También a las primeras horas de la noche, y como salidos de ella misma, penetran, diríamos que casi ufanos en esa modesta fiesta inmemorial que es un restaurant en el reino de la noche urbana. Otras veces no vemos su comenzar gentil, ni su mínima y secreta ceremonia del primer avance hacia la música, un poco alta, decididamente insoportable muchas veces, con la cual tratan de dominar el rumor nato de la casa y penetrar también en la conversación más reservada. Cuando miramos distraídos o en la breve pausa de un diálogo, ya están ahí; casi siempre de caras oscuras a las que unos ojos de levísima ironía prestan un lejano cansancio habitual, usado con fina suavidad propagadora por un especial gobierno del rostro para incitar gloriosamente nuestro escondido o inexistente señorío. Si les miramos, nos miran a su vez rápidamente y nos dicen en un lenguaje de postura y expresión desvaída y fugaz: —Señor, cantamos para usted, también para su amigo. Todo en honor suyo. Salud.
Nos parecen la gente perdida de un inmenso circo, al que esperan volver cuando sus caminos vuelvan a cruzarse. Por eso, tal vez nos traigan siempre una misma antigua música que interrumpen cruelmente para no aparecer misteriosos, con las últimas canciones impuestas por la popularidad más agresiva. Si les atendemos, vemos bien pronto que su íntima y peculiar disciplina de conjunto, su sostenido desasimiento integral, están siendo desarrollados para nuestros ojos, y que su verdadera música la construyen con los gestos sutiles de su orfandad esencial. Vemos claramente su aire de forasteros humildes del mundo, la amargura contenida en sus sonrisas, acompañantes abnegadas de la letra más ruidosa, la descolorida tristeza de sus vidas, doblegada al rumor extraño de los otros, porque evidentemente están apartados y mientras con más vigor parecen cantar con más impulso se alejan de nosotros.
¿Qué nos vienen a decir estos músicos extraños que nunca dejan de presentarse a cumplir su menesteroso trabajo de veladores de nuestra despreocupación natural y corriente? Tal vez nada, y pudiera ser que fuéramos nosotros los que les dijéramos claramente de la diversidad y divertida extrañeza del mundo. Serviríamos así de necesarias apariencias devoradoras del tedio de un oficio singular, en el cual seríamos los pacíficos bufones que en un yantar despacioso o agitado, ofreceríamos justificada realidad a su teatro del mundo. También pudiera ser que estos pobres y desvalidos oficiantes sonoros fueran distinguidos mensajeros de una alta orden precisa, que nos obligase a comportarnos como señores a la hora del comer y que tomados en simples músicos callejeros, vigilasen nuestros más simples movimientos para dar cuenta fidelísima en un lejanísimo futuro, cuando se reúna la gran compañía a la cual pertenecemos todos sin saberlo. Aparecerían entonces vestidos de ricas galas propias, serios y solemnes, rodeados y ceñidos de suprema dignidad, observando el gran banquete general donde nosotros, entonces conscientes supremos, reuniésemos en una sola rígida comida extraordinaria todas las que han pasado en pura negligencia cotidiana por nuestras vidas. Ejecutaríamos entonces para ellos un extraño himno de palabras, risas de sabores infinitos y los ruidos de fina vajilla encristalada, pidiendo al final con nuestras humildes miradas, no un premio de centavos en bandejas, sino que ellos, altos e importantes, se dignasen tocar en pago a nuestro fiel servicio de comensales correctos, su auténtica música en sus finísimos instrumentos de maravilla, entonces.
[Alerta, La Habana, 5 de septiembre de 1949].
Tomado de Cintio Vitier: Obras 5. Narrativa. De Peña Pobre (trilogía) y Cuentos soñados, prólogo de Francisco López Sacha, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002, pp. 448-449.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Véase Rosa Miriam Elizalde: “Iluminaciones 4: “Diálogo sobre Agustín Pi” (entrevista realizada a Fina García y Cintio Vitier, el 5 de febrero de 2008).

