ILUMINACIONES 4:

CINTIO Y FINA HABLAN DE AGUSTÍN PI

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Cintio Vitier: Nosotros no estábamos al margen de la situación del país.

Fina García Marruz: No, nosotros como todos los cubanos que nos criamos leyendo La Edad de Oro, éramos martianos. Conocíamos las cartas de Mercado, y todos somos antimperialistas, porque ese sentimiento formaba parte de la cotidianidad de cualquier cubano. Era lo obvio, no era un tema que hubiera que explicarle a nadie, digo, a nadie que valiera la pena. Pero en Agustín este sentimiento era quizás distinto de nosotros, que además estábamos un poco cansados de unos artículos contra el imperialismo que publicaba todos los días Emilio Roig, indudablemente un gran hombre.

     Lo que en él era distinto es que iba más allá del sentimiento común de cualquier cubano. Él estaba convencido de que los norteamericanos iban a ser un peligro para el mundo, no solo para Cuba. Era su obsesión. Entonces fue que un día nos dijo: “Fíjense en ese anuncio comercial de Sherwin and Williams: sus pinturas cubren al mundo. Eso hacen los Estados Unidos, cubren el mundo”.

     Nosotros no éramos tan conscientes de eso. Agustín se adelantó, como en todo. En él había un sentimiento que iba más allá del antimperialismo cubano. En la República, a Antonio Guiteras se le llamaba Tony Guiteras, porque es el influjo del “imperio como colorete de democracia”, del cual hablaba Martí, refiriéndose al norteamericano, como antes existía el influjo del imperio español o al imperio romano. Esa es una cosa de los imperios. En las clases que Agustín daba nunca llamaba por el apodo de Jimmy o Tony, a los que así se hacían llamar. Les decía Juan o Antonio. Subrayaba su nombre, no su sobrenombre norteamericano que abundaba en la República. Era un antimperialista consecuente.

     Hay que explicar estos detalles de “El Turco Sentado” porque de lo contrario no se puede entender. Nosotros no teníamos la conciencia que tenía Agustín acerca de la fuerza de ese peligro imperialista, aunque todos teníamos preocupaciones. No es que Agustín fuera el único antimperialista en “El Turco”. Ahí está la historia del húngaro Zizkay, que era ayudante del abuelo materno de Cintio, el general José María Bolaños. Zizkay tenía una historia silenciosa y completamente fantástica.

Cintio Vitier: Tenía mucho dinero y estudiaba en Francia. Cuando se enteró de la guerra de Martí, lo dejó todo y vino para acá.

Fina García Marruz: Tenía una casa que era fantástica llena de cuartos y de objetos de lujo. Eso también está en “El Turco Sentado”.

Cintio Vitier: Lo enterraron en el armón de Máximo Gómez.

Fina García Marruz: Cintio encontró una carta de un latinoamericano donde cuenta la increíble historia del húngaro Zizkay en Cuba…

Cintio Vitier: Era talabartero, vendía monturas de caballo.

Fina García Marruz: Pero se hizo rico y tenía una casa fabulosa y se casó con una mujer que era dueña de un castillo. Tuvo una vida increíble. Eso forma parte no de “El Turco Sentado”, sino del Turco que Cintio cita en De Peña Pobre, que es otra cosa un poco distinta, es otra visión de Cuba donde se mezclan la historia de Zizkay y la historia de toda esta broma que fue “El Turco Sentado”. Ahí también aparece la Ópera de los Masones, que Cintio no quiso incluir completa por la siguiente razón: la Ópera tenía tres partes y en la última escena Eliseo estaba preso por la Santa Inquisición por ser amigo del masón Agustín.

     La ópera tenía una serie de canciones que yo me sé de memoria —te la puedo cantar entera— pero en De Peña Pobre omite el final, porque sin la música era completamente absurda. Había hasta una burla del falso patriotismo.

Cintio Vitier: Todos cantábamos.

Fina García Marruz: Participaba también un discípulo de Cintio de nuestra época en la Universidad, un muchacho muy ingenuo de apellido Esquinazi que había servido de voluntario en el Ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial. Tenía un perfil helénico y parecía realmente un griego, muy sereno.

Cintio Vitier: Ese muchacho tiene un cuento muy bueno. No tenía nada que ver políticamente con Batista, más bien todo lo contrario, pero asistió a una reunión en la que se encontraba el dictador y le preguntaron: “¿Qué usted desea tomar?”

Fina García Marruz: Había “Cuba Libre” y “Presidente”, como tú sabes dos tipos de bebida. “Deme otro Presidente”, respondió.

     Otras explicaciones requieren lo de Esquenazi y la Ópera de los Masones, que a él escandalizó al oírla una vez, por sus rimas forzadas en que “¡Oh Cuba!, redimida y poderosa” nadaba, junto al mar “como una osa”, o nos vengábamos de los que estaban siempre citando en sus discursos a los “mártires” y habían entregado la Isla, “de bravos toda llena hasta la fosa”.

     La Ópera tenía melodías de Mozart, de los estudios de violín de Cintio y melancólicas arias baritonales que cantaba Eliseo: “¡Yo no soy masón!…” —pues lo acusaban de esto los “religiosos”— y acababa, “¡sino caballero de Colón!”, y todo porque era amigo de Pi —irreligioso aparentemente—, dividido en dos personales: “el falso Pi” y “el verdadero Pi” —que era inocente—, mientras ellos lo mandaban a prender, acusándolo: “¡Masón, Masón, Masón!”

     En fin, Rosa Miriam, que todo “El Turco Sentado”, como Agustín puso a nuestras reuniones de cuando éramos novios mi hermana y yo de Eliseo y Cintio, y vivíamos en Neptuno, era una broma, un juego, a la vez que una vigilancia impecable y crítica que tenía Agustín de algunas tendencias nuestras que aparecían caricaturizadas y descritas a través de las cosas que nos eran más distantes. Como te dije, yo era una feminista loca por la literatura que afirmaba que Emerson no era el autor de los Ensayos, sino su tía —y esto por lo que comenté con él, que dijo Emerson de la revelación que tuvo de la Naturaleza (en su trabajo así llamado, Nature), a través de una tía suya, muy amante de la naturaleza. Llegó a ponerme en mi libreta de estudios compartidos de latín —ya llevando la cosa al absurdo—: “Yo soy mi tía”, dicho ya en nombre propio, como sátira a su sátira.

     En fin, que es difícil explicar tantas claves de ese “Turco” que empezaba por tener una posición sedente, sin ocuparse —aparentemente, él lo sabía— de las cosas magnas que estaban ocurriendo en Cuba, y en que nos reíamos unos de otros, incesantemente. Creo que éramos muy jóvenes todavía.

     Creo que él fue, de nosotros —aunque todos éramos martianos y antimperialistas, desde luego—, el primero que tuvo una conciencia clara de que el riesgo era mucho mayor que en tiempos de la carta a Mercado, de ahí lo que te contamos de que decía, que eran como en el anuncio de las pinturas “Sherwin and Williams”, “cubren el mundo” —lo que es hoy, como es sabido, un riesgo de orden planetario, del que ni siquiera los imperialistas dejarán de ser víctimas.

Cintio Vitier: ¿Sabes de quién también fue muy amigo Agustín? De Francisco Petrone, un gran actor del teatro argentino, que tuvo que emigrar en la década del 50 porque no le daban trabajo. En ese período Evita Perón se portó muy mal con muchos artistas, particularmente con los del teatro.

Fina García Marruz: Emigró a Cuba con toda su familia, una larga familia.

Cintio Vitier: Fina, ¿cómo se llamaba la obra de teatro que presentó Petrone en Cuba?

Fina García Marruz: Nada menos que Todo un hombre, de Unamuno.

Cintio Vitier: Que fue una maravilla, una cosa nunca vista.

Fina García Marruz: Y la obra Todos son mis hijos, de Arthur Miller. Petrone era el hombre de pampa bárbara, un actor extraordinario. Agustín me contó una anécdota de Petrone, a propósito de una actriz cubana, Minín Bujones, muy buena. Petrone le comentó a nuestro amigo: “Esta muchacha es muy buena actriz. ¿Tú sabes lo que le falta? Conciencia de que es una gran actriz”. Cuando salía al escenario, lo primero que hacía Sarah Bernhardt era hacernos sentir que ella era Sarah Bernhardt. Después actuaba. “Esa muchacha es cubanísima, es extraordinaria, pero no se ha dado cuenta todavía de eso”, le decía Petrone a Agustín. Esa observación de Petrone era también muy de Agustín, y por ahí se ve el nexo que había entre ellos. Agustín tuvo una amistad muy profunda con Petrone y fue el padrino de uno de sus hijos.

Cintio Vitier: Cuando estuvimos en Argentina fuimos a ver a uno de los hijos de Petrone.

Fina García Marruz: Nos recibió, me acuerdo, en una de esas cafeterías de arquitectura española antigua, con unos estantes de vinos. Un lugar precioso. Hablamos toda la tarde con el hijo de Petrone, que nos regaló un disco donde aparece su padre cantando las décimas de Martín Fierro, un regalo inestimable para nosotros.

     Se nos perdió un poco ese muchacho, no supimos más de él. Nos impresionó mucho. Nos dejó una nota en el hotel: “Los quiere ver Francisco Petrone, hijo”. Tuvimos una tarde maravillosa con ese muchacho.

Cintio Vitier: El retrato de Agustín no puede faltar en el homenaje.

Fina García Marruz: (Muestra la fotografía que está en la sala de la casa). Él está como a la sombra y hay un espacio grande en blanco frente a su rostro. En ese retrato parece que te está mirando, que estamos en el punto a donde va su mirada.

Cintio Vitier: Porque él veía a cada persona como en una lejanía entrañable. Cuando quería a una persona la quería más que a nadie, pero con una lejanía entrañable que no se podía tocar.

Fina García Marruz: Ese retrato debe figurar porque es muy él. Habla más de él que de las cosas que te estoy diciendo. A veces me pongo a ordenar la casa y termino conversando con ese retrato.

Cintio Vitier: Sí, conversas.

Fina García Marruz: De tantas cosas… A él no se le podía tocar, no le gustaba hablar. Pero era emocionante recibir una carta de él. Yo leí hace poco una carta de él, que me la envió del central Merceditas, donde se refería en broma a mi “talento imaginativo”.

Cintio Vitier: Y a tu “feminismo”.