ILUMINACIONES 4: CINTIO Y FINA HABLAN DE AGUSTÍN PI

CINTIO Y FINA HABLAN DE AGUSTÍN PI

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     Un día yo no fui a la Universidad, donde nos encontrábamos siempre en la mañana. Excepcionalmente amanecí con fiebres y me quedé acostada. Agustín se presentó a una hora en que yo todavía no había recogido el cuarto. El desorden me impresiona como un ruido: no podría hacer nada en un cuarto donde no estuviera tendida la cama. Pero como él llegó de improviso, no me dio tiempo a acomodarlo todo. Mi hermano había llegado tarde del hospital y se había quitado la camisa. La había colgado sobre una silla del cuarto. En eso llegó Agustín, que con esa suspicacia rápida tan suya se dio cuenta de que yo estaba un poco apenada —no demasiado— porque me había sorprendido sin ordenar las cosas. Y rápidamente recurre a una de esas salidas típicas de él; me dice: “¿Y qué hace esa camisa honrando esa silla?”

     Él era muy camagüeyano. No nació en Camagüey, pero vivió y estudió en esa ciudad. Tenía un pudor viril, una especie de recato. Uno siempre habla del pudor de las jovencitas que todavía no han tenido una relación amorosa, que se ruborizan. Él tenía ese pudor viril, que en el camagüeyano se siente más que en otros hombres: ese señorío, una cierta reserva de sus cosas. No le gustaba que lo estuvieran mirando mucho. Yo me acuerdo que Samuel (Feijóo) un día le dijo jugando con él: “Sócrates, Sócrates, te gusta mirar a los demás, pero que nadie te mire”. Alguien hizo muchos elogios de su esposa, Dinorah, y él se viró hacia mí y me dijo: “bueno, eso es lo tácito”; como diciendo: “de eso no se habla, los hombres no hablan de eso.” Era una cualidad muy de él.

Cintio Vitier: En Neptuno 308 jugábamos en la sala, y bailábamos.

Fina García Marruz: Cuando nos reuníamos a fin de año, sí bailábamos mucho con Octavio, que era el único que sabía bailar. Octavio era un trompo. Nos reíamos y jugábamos mucho, aunque no tanto la parte femenina —Dinorita, mi hermana y yo—, porque las mujeres no juegan tanto como los hombres. Nosotras no éramos de juegos.

Cintio Vitier: Ratifiqué allí mi afición por el tenis, el único que jugaba al tenis, porque no pude entrar en el Instituto hasta un año después, y ese año lo pasé estudiando y jugando al tenis. Un año entero. Llegué a ser un tenista bastante bueno. Sí, porque jugaba diariamente, todos los días mañana y tarde; mañana y tarde.

Fina García Marruz: Pues sí, Agustín tenía mucho ese distinto pudor viril, porque la mujer, sobre todo la que se sabe muy bella, no lo tiene a menos que la pinte un Goya. El camagüeyano suele tener un pudor muy fuerte y es esta una virtud de héroes. La tenía Agramonte. Sobre el pudor de Agramonte hay varias anécdotas. Una vez lo fueron a ver unas señoras, patriotas cubanas, cuando ya él era el hombre del rescate de Sanguily y tenía una historia. Van a verlo porque quieren hacerle un homenaje y la más anciana se le acerca y le da un beso en la frente. Agramonte se ruborizó completamente.

     Esa anécdota de Agramonte me recuerda mucho la manera de ser de Agustín, su recato camagüeyano, ese señorío, que por supuesto también lo poseyeron otros héroes. Por ejemplo, Martí habla del “señorío fundador” de Céspedes. Esa es una cualidad que me parece más propia del hombre más que de la mujer. Me parece que esa es una actitud viril. Y Agustín la tenía mucho y un respeto muy grande por la creación poética, para lo cual tenía grandes dotes. Sin embargo, él sentía que no estaba ligada a su destino personal.

     Él escribía muy bien, pero no sentía que era un escritor, que no era ese su destino. Él tenía tanto respeto por la creación literaria, que se prohibía incursionar en eso, aunque yo tengo poemas de Agustín, y ahí están “Los extraños músicos”, una de las pocas cosas que él dejó escritas, que dan idea de cuánto pudo haber contado de La Habana.

Cintio Vitier: Como lo que nos contaba de los bufos cubanos…

Fina García Marruz: Más allá de lo que nosotros hablábamos, él vigilaba mucho lo que cada uno era; lo vigilaba. Y también sus posibles debilidades. “El Turco” era un juego, una broma, a través de la cual se expresaban algunas debilidades que todos teníamos. Pero era muy “finita” la vigilancia, porque él no resistía que una persona o nosotros lo estuviéramos mirando mucho o pidiéndole muchas explicaciones.

     Recuerdo cuando fue a ver a sus maestros a Camagüey, después de haber estado mucho tiempo en La Habana. Mi hermana y yo estábamos deseosas de que él volviera y nos contara, como él sabía contar. Estuvimos toda la tarde tratando de que nos contara y no había forma de que lo hiciera, porque nosotras habíamos desplegado una atención excesiva sobre él.

     Nosotras bromeábamos mucho, nos burlábamos mucho de él. Eliseo le puso “Sutilín Profundol”. Eliseo me llamaba a mí “la pequeña idiota” y bromeábamos mucho entre nosotros. Ese es el momento en que la amistad se vuelve tan familiar, que dos amigos se pueden hasta pelear, hasta decirse cosas, pero siempre queda algo muy firme, porque hay una familiaridad, un cariño y un respeto que permite eso.

     Entonces nosotros también bromeábamos mucho haciéndole una lista de todas las condiciones que necesitaba Agustín para que contara algo que le había pasado. Y eran cosas como que necesitaba que la luna japonesa estuviera en cuarto menguante sobre un cerezo en flor. Él necesitaba no sentirse muy observado, esa era una condición imprescindible.

Cintio Vitier: Agustín nombró las noches de la casa feliz de las hermanitas…

Fina García Marruz: El quid de “El Turco” estaba en que Agustín hacía una historia donde cada uno de nosotros aparecía con las condiciones que menos podías creer que teníamos. Por ejemplo, él admiraba mucho a Borges y siempre le decía el “anglobofe”, y entre nosotros, los hombres se llamaban “los bofes”. En aquellas historias de pronto Silvina Ocampo, que era una mujer muy delicada, podía decir una cosa un poco fuerte y Borges a veces se comportaba como un patán, es decir, lo menos que era. Eso no tenía nada que ver con cierta actitud que tienen los jóvenes contra los poetas, sobre todo los jóvenes letrados; lo que ellos no han podido hacer los convierte en personas a veces insidiosas: “el juvenil placer del encarnizamiento”,[10] como decía Martí.

     Contra eso Agustín era a veces implacable. Así “Sutilín Profundol” de pronto podía volverse el más categórico de todos. “El Turco Sentado” era también una creación irónica en la cual él se burlaba con un filito de excesivo ensañamiento al estar siempre imaginando cosas. El propio nombre de “El Turco Sentado” expresaba esa burla, ese absurdo: un turco y además sentado, que no hace nada.

Cintio Vitier: Y Agustín nos sorprendió con aquellos “extraños músicos”, maestros de fineza y cortesía, única página realmente suya que nos dejó para siempre.

Fina García Marruz: Nosotros perdimos el poema más divertido de Agustín, “Cuando Tamisio el misio”, donde yo aparecía como una militante feminista. ¡Una militante feminista, yo que nunca he sido feminista! En el poema, yo decía que había que hablar de la tía de Emerson, no de Emerson.

     A Octavio que era la persona más delicada del mundo y un poco complicado, sin embargo, él le llamaba “El Simple” porque sus distracciones eran antológicas. Octavio era muy religioso, todo lo contrario de Agustín que era un crítico de la religión, aunque tenía una formación religiosa. Octavio era de comunión semanal y todos los domingos iba a misa. Agustín había inventado la historia de la visita de Octavio al Santo Padre y con su distracción acostumbrada le preguntaba: “Padre, ¿y usted cree en Dios?”

Cintio Vitier: ¡Al Papa, al Santo Padre! (se ríe).

Fina García Marruz: Octavio nos contaba de una familia de La Habana Vieja a la que le gustaba visitar: “¡Cómo tocaba Rebeca el violonchelo! El hermano de Rebeca se llama David; el otro, Abraham”. Y de pronto decía: “¡Ay, yo creo que eran judíos!” Esas son las historias que Agustín contaba en ese poema que se me perdió. ¿Qué cosa es “El Turco Sentado”, que Cintio cuenta en De Peña Pobre? Es una creación de Agustín, irónica, además.

Cintio Vitier: Él firmaba sus cosas en “El Turco” como “Alef Cero”. Rescaté en De Peña Pobre una estampa suya titulada “Los extraños músicos” publicada, creo, en Alerta, que es una joya dentro del tema de la extrañeza, que fue el tema dominante, por diversas vías, de Eliseo y mío en nuestras primeras páginas.

Fina García Marruz: Eliseo lo llamaba “Alef Cero” y “Arduo de Veras”, que era la dedicatoria que Eliseo le había hecho a Agustín en En la Calzada de Jesús del Monte. Cada uno de nosotros tenía un sobrenombre, de lo cual él se burlaba. Hay incluso una anécdota de un amigo nuestro que nos oía hablar siempre de que nosotros queríamos hacer un colegio y teníamos ya planeado quiénes serían los profesores. Ese amigo nuestro, Paco Chavarri, era un hombre del 26 de Julio, un hombre de acción y nuestro amigo preferido también. Él nos dijo un buen día: “creo que se puede conseguir un local para que ustedes den esas clases” ¡¿Cómo?! Nosotros nos quedamos de una pieza, porque jugábamos con eso, pero no pensábamos dar las clases de verdad. De eso era de lo que se burlaba un poco Agustín. Claro, ligeramente.

     En “El Turco Sentado”, de lo cual habla Cintio en De Peña Pobre, también se mezclaba la preocupación política.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[10] JM: “[Apuntes para los debates acerca del idealismo y el realismo en el arte]”, [La Habana, marzo de 1879], OCEC, t. 6, p. 41.