La mirada bifronte de Jano

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Cleva Solís

Desde esta Nación que es, a su vez, metáfora y piedra, en el vértice donde un año caduca y otro germina, invoco la silueta bifronte de Jano. El dios de los portales domésticos y la deidad primordial que custodia los tránsitos cósmicos. Su mirada dual, dirigida al ayer y al mañana simultáneamente, es el único rostro capaz de abarcar la extraña digestión del tiempo que hemos vivido. Nos encontramos, como especie, en el atrio de un templo cuyas columnas son de datos y sus cimientos, de incertidumbre.

     El primer cuarto de este siglo xxi se desenvolvió bajo una paradoja existencial sin precedentes. Nunca el homo sapiens tuvo tal dominio técnico sobre su entorno, y nunca se sintió tan frágil, tan contingente. Hemos desentrañado el código genético y construido inteligencias artificiales, mientras una partícula viral invisible paralizó el ritmo frenético de la globalización. Jano vería aquí, más que una contradicción, las dos caras de una misma moneda. Por un lado, la hybris; por otro, la vulnerabilidad.

     Este periodo ha sido testigo de la materialización de distopías que antes sólo habitaban la literatura. La hiperconexión digital, promesa de una ágora universal, degeneró con frecuencia en cámaras de eco donde el narcisismo y la ira se monetizan. Las redes, espejos de Jano deformantes, nos muestran un rostro colectivo fragmentado. Por un lado, una conciencia planetaria emergente ante la crisis climática; por el otro, un repliegue tribal intoxicado por identidades envenenadas.

     Frente a este panorama, la tentación del pesimismo resulta un lujo estéril. Jano no es ni un dios nostálgico ni uno ingenuamente esperanzado; es un dios de umbral. Su valor radica en la conciencia del tránsito. Y en este cuarto de siglo, la transición más profunda ha sido epistemológica. Hemos comenzado a aceptar que los grandes relatos unívocos –el mito del líder omnipotente, del progreso sin retorno, de la separación entre hombre y naturaleza– son insuficientes. Su colapso es el doloroso parto de una comprensión más compleja.

     Desde esta latitud, donde el mar erosiona tanto la piedra del malecón como los dogmas anticuados, se aprecia con claridad que el desafío ya no es ideológico en el sentido clásico, sino ontológico. Se trata de redefinir la urgencia del que prevé el próximo ciclón, qué significa habitar en una ciudad que se agota y cómo vamos a hacer para que el futuro no nos pase por encima, ni el de miga y cascara, ni el de silicio y algoritmo. Jano preside este cuestionamiento. Una cara interroga a las décadas de trincheras; la otra, a la niebla de lo porvenir.

     Estamos, pues, en una gestación incómoda; no en un apocalipsis. Los dolores son reales: la degradación ecológica, la escasez crónica, la desorientación espiritual. Pero Jano nos recuerda que toda puerta separa y comunica dos espacios. El que dejamos atrás es el de la credulidad ciega; el que ingresamos es el de la responsabilidad radical. El siglo xxi nos ha robado la inocencia a escala especie. No hay vuelta atrás.

     El llamado, entonces, es a una esperanza que tenga más de lucidez obstinada que de ingenuidad. A cultivar una mirada janiforme; que sostenga la verdad del daño causado sin cegarse ante la posibilidad de su reparación, que contemple el abismo de nuestros errores sin perder de vista la estrecha senda que la bordea. Una inteligencia dual, serena, capaz de actuar en la incertidumbre.

     Desde este punto en el mapa, consciente de que toda isla es también un nudo de corrientes universales, levanto la vista. Jano no ofrece profecías. Su poder reside en recordarnos que somos criaturas del límite, del paso, del devenir. El primer cuarto de siglo ha sido un rudo aprendizaje de esa condición. Lo que hagamos con esa lección, ahora que la puerta de otro año se abre, dependerá de si aprendimos a mirar, como él, en dos direcciones, con la memoria crítica y la imaginación ética activas a la vez.

     Que el año entrante nos encuentre, no más optimistas, pero sí más sabios. No más livianos, pero sí más ágiles en el cambio. Con la frente doble de quien, habiendo visto el ocaso, se atreve a diseñar el alba.