PREVISIONES DE BOLÍVAR

Hubo en el Libertador varias condiciones de las propias del hombre de Estado. Aparte de sus características militares, de su vasta acción bélica y de la atracción personal que poseía y se evidenciaba en sus generales, la posteridad discierne en él una preocupación civil, un temor a la suerte que iban a correr los países libertados.
Sabido es que Bolívar leyó clásicos de la antigüedad, por ejemplo, historiadores, y le fueron familiares los pensadores políticos del siglo xviii, los que en gran parte alimentaron el cuadro de ideas de la Revolución. Algo más atrás, Locke,[1] cuyo tratado sobre el Gobierno generó las normas fundamentales del Estado moderno.[2] Bolívar, de familia acomodada, viajó y tuvo en Europa la visión de América.

     En la Carta de Jamaica[3] y en otros escritos suyos dejó constancia de una preocupación americana cuyos motivos eran reales. Por ciertos rasgos de su rica individualidad, representa Bolívar la hispanidad. La raza tiene en él brotes y aromas inconfundibles. Pero esto no le impide discernir elementos irregulares que llevan a la rebelión, al desgobierno, a la anarquía. Previó y temió todo eso.

     España, en efecto, implantó en América todo un sistema de civilización, por cierto, superior en sentido al de otras Metrópolis colonizadoras. Las Leyes de Indias y la realidad colonial, viciada y todo, dan testimonio de que la colonización española se propuso establecer y fomentar por acá un estilo de vida pública y privada. Cuanto tenía lo dio España. Claro que con lo elevado y ejemplar vinieron las fallas y los vicios que en las colonias tomaron peculiar fisonomía.

     Por lo pronto faltaba, en los días de la Revolución, una forma general de educación política, una noción conveniente, de la Ley. La insurgencia era fácil; la convivencia justa era difícil. Recientemente algunos americanistas han estudiado el papel de los Cabildos a principios de la colonización y a fines del siglo xviii, cuando ya había signos precursores de contienda. Las vicisitudes del Cabildo en América interesan en extremo por la alternancia de vivificación y languidez que experimentaron. Al fin, en casos típicos, sobre todo, se contaron entre los factores de aliento revolucionario.

     Bolívar echaba de menos la preparación general del pueblo. Hablaba de “luces”, término que se generalizó en aquellos años, así como el de “ilustración”. Hoy decimos “cultura”. Dijo que América necesitaba luces. Se nota que el concepto alcanza un sentido abarcador. Con alcance mucho más limitado dijo José de la Luz que Cuba necesitaba químicos “para su incipiente industria”.

     Completó la sentencia diciendo que a la vez necesitaban moral estos países. Fácilmente se advierte que el Libertador formulaba nada menos que un programa. Esto interesa al sociólogo, al historiador de la cultura, al pensador político…

     Parece que Chile, por determinadas razones, le inspiró más confianza como pueblo apto para las funciones de la sociedad civil, del verdadero Estado, cuya elaboración doctrinal tenía ya tanta tradición en Europa.

     Después, buena parte del siglo xix confirma la desconfianza de Bolívar hasta que “los pueblos empezaron a tranquilizarse”, para emplear la frase de Pedro Henríquez Ureña, refiriéndose ya a la segunda mitad del siglo. En el actual se han reproducido los conflictos, por cierto, persistentes en la patria del Libertador.

     Hay no poca sustancia política en los escritos del gran hijo de Caracas. Parte de esas reflexiones conserva su valor. Las previsiones, señaladamente, comprueban lo sensible que era aquel prócer a los hechos de la gobernación y de la vida civil.

Medardo Vitier

Tomado de Valoraciones I, Universidad Central de Las Villas, 1960, pp. 447-449.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] John Locke (1632-1704).

[2] Dos tratados sobre el gobierno civil (1690). En particular, en el Segundo tratado, Locke desarrolla su teoría sobre el Estado.

[3] Simón Bolívar: “Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla” (Kingston, 6 de septiembre de 1815), Documentos, prólogo de Manuel Galich, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2010, pp. 51-76.