Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)
Poetisa mexicana. Su nombre original era Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana. Nació el 12 de noviembre de 1651 en la alquería de San Miguel de Nepantla, México. Se destacó por su precocidad intelectual. Figuró en la corte como dama de honor de la virreina; a los dieciséis años vistió el hábito religioso (1667); y dos años después se recluyó en el convento de San Jerónimo, donde pasó el resto de su vida.[1]
Después de un primer período en que fue protegida por los virreyes y obtuvo brillantes éxitos literarios, su dedicación al estudio de las letras y las ciencias le creó dificultades dentro de la comunidad a que pertenecía. Al impugnar en su Carta atenagórica, a solicitud del obispo de Puebla, un sermón del padre Vieyra, famoso predicador, fue exhortada por el propio obispo a abandonar las letras, a lo cual respondió Sor Juana en un memorable documento de carácter autobiográfico: Carta a Sor Filotea de la Cruz.[2] Presionada por la incomprensión y por las circunstancias aflictivas que la rodeaban, decidió vender su biblioteca, sus mapas e instrumentos en favor de los pobres, y dedicarse a cuidar a sus hermanas enfermas durante una epidemia contagiosa y mortal, lo que le costó la vida,[3] el 17 de abril de 1695.
Considerada por sus contemporáneos como “Musa Décima” y “Fénix de América”, su obra comprende poesías líricas, dramáticas, alegóricas, sacras, festivas y populares, entre las que se destacan sus romances, décimas, sonetos, villancicos, así como sus cantos sacramentales y loas. Tuvo una amplia cultura, y su poesía —especialmente la amorosa— hace de ella una de las mayores figuras de la literatura colonial hispanoamericana y del barroco en lengua española.[4]
[Tomado de OCEC, t. 4, p. 421. (Nota modificada por el E. del sitio web)].
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] “La vida de Sor Juana Inés de la Cruz parece un cuento. Hubiéramos querido que nos lo contara Martí en La Edad de Oro, para haber tenido, en el más puro cristal del idioma, la historia de la niña campesina que a los dieciséis años ya asombraba a los doctores y teólogos de la corte virreinal pero que nunca fue más grande que cuando, en hora en que vio a su patria padecer hambre e inundaciones, vendió todos sus libros, que eran su tesoro, en provecho de los pobres, y murió, cuidando a sus hermanas de la peste, sin evitar su contagio, rodeada del amor de todas ellas y del respeto del mundo. // La impresión final que nos deja su obra y su vida es la de la cautivadora, luminosa serenidad de la inteligencia”. (Fina García Marruz: “Sor Juana Inés de la Cruz” (1973), Hablar de la poesía, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1986, pp. 216 y 217, respectivamente).
[2] Sor Juana Inés de la Cruz: Dolor fiero, selección y prólogo de Fina García Marruz, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2005, pp. 212-254.
[3] “Con tinta roja, como la que solo estaba permitido usar a los antiguos emperadores, ha de haber escrito ella, suprema señora de las letras de los Siglos de Oro en el Nuevo Mundo, hasta el día en que, renunciando a ello, comenzó a hacerlo con su propia sangre”. (Mirta Aguirre: Del encausto a la sangre: Sor Juana Inés de la Cruz (1973), La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2012, p. 7).
[4] “Supiste renunciar, callar, servir. / Como si hubieras vislumbrado un rostro / frente a cuyo esplendor el laberinto / de la historia, y las máscaras, se esfuman, / regresaste velada, silenciosa, / al esencial donaire de tu origen”. [Cintio Vitier: “Mural de sor Juana Inés de la Cruz”, Homenaje a sor Juana (1951), Vísperas, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Letras Cubanas, 2007, p. 305].
Véase Fina García Marruz: “A Sor Juana, en su celda y privada de lecturas, mirando jugar a las niñas el trompo”, Las miradas perdidas (1951), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. I, pp. 34-35.

