ASUNTOS CUBANOS.
LECTURA EN STECK HALL, NEW YORK,
24 DE ENERO DE 1880
New York, 1880
El tono especial de las lecturas, a que esta había de acomodarse, requerido además por el levantado patriotismo de la emigración a quien el lector se dirigía, pudiera hacer creer a algunos espíritus prácticos que la exaltación ocupa en estas páginas el lugar del raciocinio. Corría el riesgo el lector de parecer a unos sobrado fogoso, y a otros escaso de fuego. Salven los de ánima fría aquello que no pareció mal, sin embargo, a los de altivo corazón, y hallarán tal vez, en estas breves consideraciones, apuntadas al correr de la pluma, algún motivo de serios pensamientos. Falta aún mucho que decir,—y será dicho, puesto que decir es un modo de hacer. Gracias, en tanto, a los que oyeron esta lectura con tan vivo amor, y a los que se empeñan en darla profusamente a luz.
Señoras y señores:
El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente. No a un torneo literario, donde justen el trabajado pensamiento y la cuidada frase,—no a recoger el premio de pasados y presentes dolores, que por ser menos graves que los que otros sufrieron, más que enorgullecerme, me avergüenzan;[1] —no a hacer destemplada gala de entusiasmo y consecuencia personales vengo,—sino a animar con la buena nueva la fe de los creyentes, a exaltar con el seguro raciocinio la vacilante energía de los que dudan, a despertar con voces de amor a los que—perezosos o cansados—duermen, a llamar al honor severamente a los que han desertado su bandera. Y no cuido del aliño de mi obra, breve y raquítica muestra de la que intento en beneficio de la patria,—porque no tiene derecho a los refinamientos de la calma un lenguaje que no ha sabido conquistar aún para su pueblo la calma honrada y libre; ni debe el buen guerrero, en la hora del combate, curar de su belleza, sino de ofrecer el pecho ancho, como escudo del patrio pabellón, a las espadas enemigas.—Por más que este enemigo a quien ahora combatimos, luche, más que con espadas, con puñales.
A despecho de los tímidos, que gustan de achacar a una fatalidad inexorable los sucesos que en gran parte de su timidez dependen, —sin lograr, ni de los que los oyen, ni de sí mismos, ser creídos; a despecho de los agoreros, que, para librar del naufragio los flotantes restos, anuncian con palabra calurosa la derrota de todos aquellos esfuerzos, que, con una existencia definida y propia, trajeran, para establecerla mejor, la alteración momentánea de la riqueza establecida; a despecho de humanas vanidades, que sin modo de excusar su pereza, se duelen de ver que la actividad viril de los demás, les echa su censurable calma en rostro; a despecho, en fin, de los que se alzaron sobre el pavés de la revolución, no para afianzarlo o mantenerlo puro, sino para impedir que sus verdaderos mantenedores lo libraran de su mancilla pasajera; a despecho de todos, y con aplauso y admiración de muchos,—los cansados se fortalecen; las armas oxidadas salen de las hendiduras donde sus dueños prudentes las dejaron, en olvido no, si no en reposo; las pasiones humanas producen, excitadas de nuevo, sus naturales resultados; y aquella década magnífica, llena de épicos arranques y necesarios extravíos, renace con sus héroes, con sus hombres desnudos, con sus mujeres admirables, con sus astutos campesinos, con sus sendas secretas, con sus expedicionarios valerosos. Ya las armas están probadas, y lo inútil se desecha, y lo aprovechable se utiliza. Ya no se perderá el tiempo en ensayar: se empleará en vencer. Los hijos de los bosques saben ya el árbol que cura, el que alimenta y el que ampara. Las aves en las cuevas han aumentado sus depósitos. La orilla en que se fracasó, se esquiva. Para los corceles, hay nueva yerba. Para sus jinetes, nuevos frutos. Ya se conocen los peligros, y se desdeñan o se evitan. Ya se ve venir a los estorbos. Ya fructifican nuestras miserias, que los errores son una utilísima semilla. Ya ha cesado la infancia candorosa, para abrir paso a la juventud fuerte y enérgica.—La intuición se ha convertido ya en inteligencia: los niños de la revolución se han hecho hombres.
¡Ni era posible que muriesen, de tan oscura muerte, tales hombres y sucesos tales! ¡Ni había de dejar de ser cierto, por la primera vez sobre la tierra, que, una vez gozada la libertad, no se puede ya vivir sin ella! Las mejillas tenían que enardecerse con el calor de los pasados combates; los guerreros tenían que preguntarse: ¿dónde están mis armas?; las esposas se habían habituado al sublime dolor de ver partir cada día para la muerte a sus maridos; los hijos, acostumbrados al lenguaje vigoroso de los padres, habían de mirar con desprecio cómo sus padres acataban lo que en el campo escarnecían, y enseñaban a sus hijos a que escarneciesen; las almas nuevas, venidas al mundo al resplandor de las batallas, vigorizadas con el aire de los campamentos, habían de rebelarse contra la bochornosa e hipócrita existencia de las poblaciones sometidas. La manada de cebras rebeldes no podía convertirse en rebaño de mansas ovejas.—¿Y mis hijos?—se dirían las madres. ¿Y mi esposo?—se diría la viuda. ¿Y mi amigo?—se diría el amigo. ¿Y mi desventurada compañera?—se diría el que cavó la tierra con sus manos, y echó en el hueco frío el cuerpo de su amada, o con los pies desnudos, y el pecho lleno de sollozos, cruzó llorando por montes y por ríos con el cadáver a la espalda! Allá, en aquellos campos ¿qué árbol no ha sido una horca? ¿qué casa no llora un muerto? ¿qué caballo no ha perdido a su jinete? ¡Y pacen ahora, en busca de jinetes nuevos!
Tales recuerdos no podían morir,—ni en las víctimas lastimadas, ni en los héroes enorgullecidos, ni en los que para admirarlos abrieron los ojos. No podían morir, aun cuando los héroes y las víctimas muriesen, porque las tempestades que se apartan por miedo de los ojos del tirano, se concentran y se preñan de ira en el silencio del hogar.—El hijo odiará lo que odió el padre. El hambre pasa; del cansancio se vuelve; la traición llega a ser conocida. Los que en comunidad vivieron, si por pasajero temor se huyen,—por invencible solicitud para disculparse unos a otros; para enorgullecerse de la pasada gloria, y ponerla en frente, como excusa, de la actual miseria; para devorar reunidos nuevas y comunes afrentas,—en comunidad vuelven a vivir. Y los muertos entonces cobran forma. El que sepultó a su mujer quiere volver a llorar sobre la abandonada sepultura. El padre no se decide a que su hijo se avergüence de él. El esposo perdido reconviene en las sombras a la esposa. Todos los ojos se llenan de lágrimas. Se cuentan las virtudes de los muertos. Como oscura venganza, se recuerda su modo de morir,—y la crueldad del matador. Y exaltados y fieros, se dicen que aquel día triunfaron, que aquella acción fue acción de gloria, que estos dueños se sentaron ante ellos en el banquillo de los reos. Y flota sobre la comunidad aire de pólvora. Y los azotes se oyen fuera. Y el azotador toca a las puertas. Y en las espaldas flageladas nacen alas. ¡Los que lo anduvieron una vez, no olvidan el camino de la gloria! La dignidad, los terribles recuerdos y la cólera lavaron la culpa de la flaqueza y del engaño.—Y entrándose en tropel por donde iban la utilidad y la razón, a par de ellas levantan, luchando a la vez por el bienestar y por la honra, el estandarte de la guerra nueva.
Los que no vivieron de ese heroico modo; los que, desde el fondo de sus calabozos, desde los buques que los llevaban al destierro, desde los tristes hogares, donde se cumplían silenciosamente terribles deberes, no compartieron aquella vida nómade y brillante, llena en la baja tierra, como el alto cielo, de nubes y estrellas; los que no han investigado con celo minucioso aquella pasmosa y súbita eminencia de un pueblo, poco antes aparentemente vil, donde se hizo perdurable la hazaña, fiesta el hambre, común lo extraordinario; los que, con bizantinas aficiones, o con teóricos instintos, o con serviles hábitos, aceptaron la grandiosa guerra, como sabroso halago a una vanidad ofendida sin tasa por el áspero dueño, o como imprudente perturbación a un sueño blando, con la cual era útil sin embargo, por lo que pueden los pueblos coléricos, parecer en el día del probable triunfo, acreditado amigo; los que con los ojos empañados por la atmósfera espesa de las ciudades españolas, ofuscan con el temor su inteligencia, y el hermoso amor a los que padecen con el amor exagerado de sí propios,—leerán atónitos este para ellos cuadro extraño, donde, con ser tan reales las figuras y tan vivos los poderosos elementos, no se refleja en un solo punto su urbana y financiera manera de pensar,—y hierven sobresaltos, y brillan heroísmos, y olean y se encrespan pasiones que no fueron nunca datos para sus raquíticos problemas.
Pero vosotros, emigrados buenos, sufridores de hoy, triunfadores de mañana; vosotros que bautizáis a vuestros hijos con el nombre de nuestros héroes más queridos, de nuestros mártires, de nuestros inválidos; que habéis probado vuestra fe, donde la prueban los amigos leales, en el abandono y en la desventura; que habéis preferido la labor modesta, llena de fuerza digna, al placer de levantar casa sobre los cadáveres calientes, sin más cimiento que la palabra movediza de un adversario inepto y alevoso; vosotros que no creéis en la prosperidad de una tierra donde sobre la generación presente han caído desatadas las culpas de las generaciones anteriores, y no hay interés en la hacienda, ni recuerdo en la memoria, ni aspiración escondida que, aun en los más débiles e hipócritas,—no batalle radical y esencialmente con los intentos e intereses de aquellos con quienes se pretende una imposible y perniciosa concordia; vosotros que sentáis a vuestra mesa a los gloriosos mutilados, a los veteranos de la independencia, mal avenidos con la inútil paz; que al calor de la extranjera estufa, oísteis rodeados de los atentos hijos, cuentos de victorias y derrotas, y llorasteis con los afligidos narradores, nobles lágrimas; que habéis entrado en el práctico sentir que, con el quilate mayor de las desgracias, despierta en los trabajadores este pueblo utilitario y reflexivo; que en presencia de este pasmoso desenvolvimiento, y con la memoria de aquella vida mísera, no veis salud para el espíritu, ni porvenir para la tierra, fuera de aquella solución, beneficiosa a la par que gloriosa, que por ancha y nueva vía política lleve a la rica patria a la dueñez completa de sí misma, y al íntimo contacto, jamás por nuestros dueños consentido, con los pueblos hacia los que tradiciones viejas, intereses presentes, simpatías irresistibles, y supremas afinidades económicas nos conducen; vosotros que resolvéis con cuerdo sentido—que no todo ha de ser sombrío problema—las inquietudes de la dignidad, sin cuyo franco y osado ejercicio a nadie se impone amor ni respeto,—a par de las solicitudes del bienestar material, objeto imprescindible, aunque no objeto principal, de la existencia; vosotros los ricos, que habéis tenido el enérgico valor de despreciar vuestra riqueza, y de haceros bajo un techo decoroso, y sin que el látigo os alcance, otra riqueza nueva; vosotros los pobres, que con la sagrada alegría de los creyentes, y con esa serena intuición de lo que es bueno, no oscurecida por vanidades ni intereses, amasteis en sus horas de agonía a la santa idea enferma, con tierna y melancólica lealtad; vosotros habéis sentido palpitar en torno vuestro a esos guerreros impacientes, a esos engañados rencorosos, a esas madres que ya no sonríen, a esos varones que no saben llorar, porque han aprendido que las fuerzas que se pierden en lágrimas, hacen falta después para el ardimiento y empuje de la sangre! Vosotros mismos sois esa comunidad que se levanta; entre vosotros andan los arrepentidos; en vuestros ojos se ve relampaguear brillo de aceros.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Alude Martí a su apresamiento, en 1869, a su condena a trabajos forzados al año siguiente, y a sus deportaciones a España en 1871 y en 1879, con el consiguiente alejamiento de Cuba y de su familia. En más de una ocasión, Martí expresó su vergüenza por no haberse podido incorporar al combate por la independencia con las armas en la mano.

