Doce de los Órficos
“El gran encantador fízole muy mal juego:
la lumbre de la candela encantó”.
Cuanto más penetra la luna en el caldero,
fijo tuétano y móvil sangre lunar,
el mayordomo desliza en el silencio,
enredado en sus pasillos como el centinela que él ya no ve.
El murmullo de los invitados se aleja dejando el remoquete.
Sudan buscando la compuerta, el sobrenombre,
los cerdillos graciosos esperando la fuente del tapiz.
Vuelve a contar, sueña que tropieza con el invitado
grueso, que conduce el roto báculo del epigrama
del crepúsculo: las manos de Hera baten la crema de la hijastra.
El crecido violín penetra con el epigrama batihoja,
preparando la sombra del mayordomo cuando retrocede
de espaldas, pues tiene que penetrar en la otra cámara
sin mirarla, retrocediendo llega cuando el liquen
aprieta al copero balbuceando. Y suelta
al mayordomo, ya bautizado, con apopléticos raídos verdes.
El tintineo parece ahogarlo, fríamente
recibe las laberínticas miradas, las devuelve
el ahorcadito cuando silabea el horóscopo bufón.
El duende, eterna copla de dividir el fuego,
saluda o irrita las ventanas del rey sin cosecha.
El mismo rey tiene que retroceder, untada escoba
o hablador caballo, a la fila última donde la pira lo recoge.
Bobea el duende, sabiendo que el fuego tira su acechanza
y divide el bastón de ágata con la eterna mitad que salva
a la tortuga, pero el duende borra su mitad y lo cóncavo recibe.
La metáfora del rey bien pellizcada por la imagen del duende,
será esparcida en la asimilación de las resinas.
La visita del mago y el bufón cuando el duende
deshilacha furiosamente el fuego, van pasando pieza tras pieza,
alfil o faisán, jabatos o flautas con amuletos para el oído de los saurios,
y las varas son mustiadas por el mago cuando el bufón encuentra
la piedra,
donde friega que nadie lo va a buscar ni conoce la puerta de su dueño.
El duende, lenguaje saltado desde el fuego, colecciona las varas,
y sabe que la rueca tiene que oscurecer, entrañándose,
pues solo gira donde la luz se ausenta y desciende la escala por la tinta
del múrice.
La rueca humedece la suerte infernal del doble,
y Átropos (las tijeras) empiezan afinando entre el prestidigitador
y las resinas.
Volcadas las copas, los trasgos enemistan
a la sacerdotisa con la Reina, los dos cuernos
de la luna y las dos llaves no caminan hacia el espíritu
maternal, pues las malas cosechas persistían
hasta que la Sacerdotisa no se aclarara en la Reina.
El Círculo no era el Canto,
los trasgos no conducían sus ríos hasta la humedad
de la Reina y la herrumbre manchaba sus canales.
El círculo de la Reina y el canto de la Sacerdotisa,
los dos cuernos sobre hojas verdes y las dos llaves
reclinadas en la boca de la granada, no descifraban
el tercero con rostro sacarcorcho
del bóreas y pasamanos del septentrión.
La espera de la penetración de las aguas,
enemistaban a la sacerdotisa con el espíritu maternal,
y el canto despreciaba el instrumento del círculo.
Los duendes, en la ascensión de las langostas, devoraban al Rey,
adivinando la ceguera de los trasgos en la prolongación
de las aguas por el espíritu maternal.
El reloj de los armadores y las redomas de la saleta,
vacíos por la enemistad de la Sacerdotisa
con la extensión regalada a los trasgos por la Reina.
Las copas cubiertas por la manta del tejón,
ladeaban pudriendo el círculo de ramas curvadas y los iniciados cantos,
ocultando aún más el tercero con cara de novillo embadurnado.
La sonrisa de la Emperatriz adensa el aire para las sílfides,
allí el terror de la muerte está entre el aire y las espadas.
La cuarta parte del cielo es el reino definido para las sílfides.
Si para clavar la muerte intentan asir el sonido,
no podrán interpretar los helados dictados de la sonrisa de la Emperatriz.
Las sílfides abandonan la astuta dignidad del mensajero,
que tiene que entrelazarse entre el aire, las sonrisas y la espada.
Emperatriz de cáustica cola por la cuarta parte del cielo,
enviando mensajeros pegajosos a la herrumbre y la carcoma.
El gran juicio, la muerte de la Emperatriz como un maniquí,
que no se cruza con la yeguada y mensajeros.
La helada sonrisa de la Emperatriz rota
por los palillos de las sílfides, pellizcando
las arenas del juicio cojitranco.
El mensajero cabezoncillo trata de nuevo de asir el sonido,
en su llegada las podridas abejas con las sílfides
y la cuarta parte del cielo bisbisea.
La cara de cada uno de los gnomos es un pentáculo o moneda,
corren como lagartijas por la afilada nieve, y ya blancos,
dejan sin apartarse de su reciente somnolencia los primeros tres números.
Al girar los gnomos entre la malhumorada torre y los entreabiertos
carbunclos,
tienen que saltar de un número a la cabeza de un animal en la gracia.
El cuatro y la cabeza de Aries se entrecruzan y rezuman,
tienen la espesura de la noche musicada que rueda por la memoria
muscular.
El cuatro se apresura a su Hades como un tonto desprendimiento,
los cabezazos de Aries tienen un ascenso estelar,
pues la distancia tiene que engendrar su propio rostro,
y un descenso por la acordonada sangre de los árboles,
donde al final conversamos con la pérdida de, la destreza en Radamanto.
Viejos los gnomos, reemplazados por la Sota, comienzan
a reírse de sus traspiés, de la ingenuidad de la Ley y el Nombre.
El mensajero como una esponja agrieta las sucesiones,
y suelta sobre el Nombre el ligero cometa de lo ocultado.
La Sota planifica quedamente los cuatro tamborcillos de la tierra,
y decadente intenta reconstruir la ley y el árbol del nombre.
Desaparecida la arena de lo blanco, en la blancura, el Resultado
irreconciliable con la primera noche en los bastiones.
El bastón del signo por debajo del agua y la armadura,
para ver y ocultar despiden reflejos y chispas que alejan
la manta del tejón, o la cabeza de Aries en los cuatro menguantes.
La rapidez de la chispa de la andariega armadura,
hace ver el signo entre dos cuerpos y la púrpura fiel de los coperos.
Las varas y los duendes hablan, pero la armadura
solo añade sombra, y no traspasan con el aliento
los cristales de cuarzo. Así hablan.
El sonido de la voz alcanza su arco con el sonido
que no se intenta asir, con la misma indiferencia del mensajero
que limpia su hebilla con aceite de nuez.
Llegaban anticipados y querían oír lo que no se dice,
su cimbreante arrogancia los llevaba a ponerse
ellos antes que el sonido. Entraban para asir el sonido
y la voz se les hacía indetenible como el murmullo.
Fingían que oían y ya no dejaban entrar, impidiendo
la errante seguridad de la luna, cuando entre la torre
del mastín y la torre de la garduña bautizan la llanura.
Aquí las dos torres hacen perder el camino
a lomo de burlas y antifaz del cangrejo negro.
¿La voz puede asirse? ¿Las chispas de la armadura
pueden asir el sonido? Sensación final
del rocío: alguien está detrás.

