MI MARTÍ
Mucho temor me pone en las letras de la maquinita el escribir unas cuartillas sobre Martí. Lo he hecho antes[1] y supongo que lo haré otras veces.[2] Y siempre el mismo cuidado. Comprender no es bastante; amar y admirar son peligrosos. Hay que ir con tiento, a freno tenso, para que los caballos no se lancen a la carrera del entusiasmo. Y al mismo tiempo el ardor y el ímpetu deben estar presentes, porque no se trata de estudiar o disecar un cuerpo muerto sino de ver las palpitantes entrañas del ser vivo y las trémulas alas del espíritu.
No quisiera ser uno de los exégetas andaluces que pedía Rubén Darío. Él deseaba por el “ángel”, claro. Pero tal vez un ángel andaluz, uno de los barrocos ángeles de la Roldana podría retorcer o complicar las cosas. Y el ideal es decir lo necesario, siempre que haya necesidad de decirlo.
Por ejemplo, decir: en toda la poesía castellana no hay ninguna igual a la de Martí. Decir, por ejemplo: nadie como él ha expresado, en algunas ocasiones, el fenómeno poético en su total pureza. Ejemplo, por decir: No hay poeta castellano, a excepción de San Juan,[3] que haya tenido más clara idea del alma. Por decir ejemplo: su poesía mejor es tan buena como la mejor poesía de los poetas mejores.
Así se puede continuar hasta el infinito, desde luego. Pero se acerca uno al peligro del entusiasmo volandero. Y hay que apartarse al rincón de las pocas palabras, a ver cómo arden los pensamientos y cómo puedan salir compuestos y sobrios, de traje de domingo campesino. Quién pudiera salir así muy de mañana, como salió una vez mi Dulce María, cantando a la misa de domingo, mientras el sol la besaba a la mitad con la brisa. Quién, para pensar en la poesía de Martí, pudiera abrir ventana y cuello de camisa; dejar sombrero y corbata; tenderse un ratito en el campo a que nos rozara la boca una abeja, a sentir crecer un mundo en el pecho.[4] Quién hubiese tal ventura sobre el mar de las aguas de esta poesía para irse con quien ha dicho la canción más armoniosa, más honda, más extraña, casi tan marinero como el que escuchó el Infante Arnaldos.
Martí dice que vio el alma dos veces, dos.[5] Quien lee sus versos multiplica el número. Tantas la vio, que la propia suya se le sale de continuo en la poesía. Y tantas, y de tal claro modo nos la presenta, que nosotros, lectores, ya la vemos al alma en cada rasgo de la pluma. Se irá una vez, para pronto volver y en papel amarillo contar el viaje.[6] Cuenta lo de allá arriba, lo que está tan habituado a ver y sentir, de modo tan claro, que nos parece que lo de la tierra es —y claro que lo es— prestado, temporal, de casi sueño. Y que lo real y verdadero es lo otro, lo que nos cuenta firme, porque cierto lo sabe. Porque es el más feliz; aquel que lleva al brazo, “con un traje más blanco que la nieve”, la novia aquella que no vuelve.[7] Que no vuelve de un modo tal vez; pero de nuevos modos. La poesía será, que baja y habla, y que nos lleva por el brazo lejos. Y volverá diferente con el águila que pasó por el mar de los zapaticos de rosa.[8] Y con la Cuba del “clavel sangriento / que en la mano le tiembla”,[9] y que es su corazón. Y en la copa con alas de su beso.[10] Y en los héroes del claustro,[11] y en su canto de otoño.[12] Y qué se yo cuantas veces más por su extraña palabra.
Desde la madrugada de su carta hasta el último de sus versos, viaja Martí ese ir y venir de tierra a cielo y vuelta y regreso arriba y abajo. Lanzadera que teje alas y raíces con sus yugos y estrellas. Pocos poetas, como él, para hundirnos de cabeza, para echarnos de pronto, para empujarnos y ¡zas! en el mar de la maravilla. Va el lector por su obra caminando, y súbitamente le falta suelo, y cae, cae como en los sueños hasta el nuevo choque de la realidad. O súbitamente le falta el aire y sube, sube como en los sueños hasta que ya no puede más, y se desploma, como aquel cisne que muere “del dolor de su blancura”. Hay cisnes y palomas y muertes con las flores en la mano y amigos generosos y tiranos y patrias y mujeres y barcas temblorosas a la orilla del lago. Hay todo un mundo propio, tan distinto, en todos estos versos. Hay, creo yo, el mundo, inconsútil, presencia indecible, de la más absoluta poesía. Claro que hay más, que siempre cabrá decir más, que siempre se deseará decir más. Y que siempre, como en este momento en que escribo, me entrará el temor de no decir lo justo, ni lo bastante. Que por ahora, ya basta.
Tomado de Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1953, año X, no. 33, pp. 47-48.
Otros textos dedicados a Martí en este número de Orígenes consagrado a su centenario:
- José Lezama Lima: “Secularidad de José Martí”,Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1953, año X, no. 33, 3-4.
- Ángel Gaztelu: “Versos Patrios a Martí”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1953, año X, no. 33, 64-66.
- Justo Rodríguez Santos: “Galope inacabado”(fragmento), Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1953, año X, 33, pp. 89-95.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Véase Eugenio Florit: “Notas sobre la poesía de Martí”, Boletín de la Academia Cubana de la Lengua, La Habana, octubre-diciembre de 1952.
[2] Véase Eugenio Florit: Poesía en José Martí, Juan Ramón Jiménez, Alfonso Reyes, Federico García Lorca y Pablo Neruda: cinco ensayos, Miami, Eds. Universal, 1978.
[3] San Juan de la Cruz; Juan de Yepes Álvarez (1542-1591). Véase San Juan de la Cruz (1591-1991), Matanzas, Ediciones Vigía, 1993. Contiene: Cintio Vitier: “A San Juan de la Cruz” y Fina García Marruz: “San Juan de la Cruz: de la palabra y el silencio”; y Cintio Vitier: “A San Juan de la Cruz (1542-1942)” (Luz ya sueño), Vísperas (1938-1953) La Habana, Obras 8. Poesía 1, compilación prólogo y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2007, pp. 71-72; Letras Cubanas, 2007, pp. 71-72.
[4] “Duermo en mi cama de roca
Mi sueño dulce y profundo:
Roza una abeja mi boca
Y crece en mi cuerpo el mundo”.
(JM: “III”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 304).
[5] “Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós”.
(JM: “I”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 299).
[6] “De mis sueños desciendo,—
Volando vanse,
Y en papel amarillo
Cuento el viaje”.
(JM: “Musa traviesa”, Ismaelillo, Nueva York, 1882, OCEC, t. 14, p. 24).
[7] JM: “[En un campo florido en que retoñan]”, Poemas en hojas sueltas, OCEC, t. 16, p. 185.
[8] “Se fue la niña a jugar,
La espuma blanca bajó,
Y pasó el tiempo, y pasó
Un águila por el mar”.
(JM: “Los zapaticos de rosa”, Versos en periódicos y otras publicaciones (1869-1889), OCEC, t. 15, p. 175).
[9] JM: “Dos patrias”, Versos libres, OCEC, t. 14, p. 241.
[10] JM: “Copa con alas”, Versos libres, OCEC, t. 14, pp. 200-201.
[11] JM: “XLV”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, pp. 350-351).
[12] JM: “Canto de otoño [A]” y “Canto de otoño [B]”, Versos libres, OCEC, t. 14, pp. 114-118 y 119-122.
[13] JM: “[Yugo y estrella]”, Versos libres, OCEC, t. 14, pp. 142-143.
[14] JM: “[La noche es la propicia]”, Versos libres, OCEC, t. 14, p. 239.

