NOCHE INTACTA
HOJAS
“¿Qué noche es esta que la luz provoca
y en que el mundo que ardiendo he descifrado
fríamente del mundo se levanta?”
Soneto, 1946.
1
¿Qué significan para ti esos hijos de la ironía del Pobre, y de su frialdad que te calienta como un vino?
La historia de los Versos, el esplendor en sí que amas y desprecias con un sutil orgullo, y tus caras de agonizante o resplandeciente. Y el Ángel que te borra y te dibuja.
En la yerba, en la calle y en el fuego. Llegan los hombres, contemporáneos de tu lejanía, y con amarga simultaneidad el rayo de paseos, los faroles fascinantes. Su voz, ah, su voz aguda y ronca! Es posible adjetivarlos. Llegan sucios, huyen centelleantes.
Como un vino me calienta su esplendor insostenible y me pregunto, y ferozmente interrogante es la respuesta de mi forma, qué significan para ti esos hijos de la música del Pobre, y qué preguntas y qué bebes en Sus Ojos!
* * *
Con un velo de gritos y de lágrimas,
Con un orgullo que hunde sus estandartes en el agua; y Yo, tan invisible como el mundo y tan visible como el mundo, capaz de ver la cal, solo un montón de cal reverberando a espaldas de la Casa. Oh qué es esto, Dios mío, qué infinita desgracia en el color del aire, qué alegría infinita en el color del aire, yo moriré. ¿Y Quién y desde Cuándo? Y—deslumbrantemente—¿Cómo?
Y el estudio de la historia o el olvido de la historia como una misma vaca, esfinge, que se apoya en lo estrellado, como un ave idéntica.
Estoy solo con mi voz de poesía (peso y color terribles) mirándome en la yerba y en la calle y en el fuego.—Ah, tela, no separes mi silencio de mi nombre!
Todo lo he dicho en otro mundo, he de olvidarlo en otro mundo.
* * *
…Con un velo de paraíso y de mujeres que raptan el espacio. Abre los textos: estudia el éxtasis de pocos eslabones del Descubrimiento, las frialdades vinícolas de la colonización: he aquí una catedral y un río de aceitosa lumbre iluminando con la densa prostitución de toda fantasía la baraja, los altares. Una gran piedra, en suma, junto al agua; y la sombra de un navío angélico en la sangre.
La noche fue marina para mí entre las cañas.
La noche como un vino de expectación, para mí, frente al andén grotesco de dulzura y lejanía.
Oye el tren; adviene! Hondo, lleno de fe, carnal la noche. Magia, Familias (desgarrados bordes santos). Él es la fe, la plenitud que no empezó, un único tesoro sin principio. Y cuando te acuestes por la última vez (en la misma Casa mortal e inmortal), has de oírlo, pulsarlo. Recuerda!
Como un dios que ha perdido los ojos será tu memoria. Sin memoria ni olvido, mendicante y desnuda en la noche.
Recuerda!
* * *
¿Qué significan para ti esos oscuros saltos del saltimbanqui pintado de negro y de oro, frotado de yerbas y babas?
No puedes entrar en el Circo: tu forma actual te lo impide, y sin embargo, la amazona canta para tu agonía el aria sublime. Sonríes sentado en el muelle casi podrido (si bien algunos tablones cantan la virginidad).
No tienes una red, ni un halcón, ni un violín de vieja celeridad en tus manos! El fuego no puede alcanzarle (porque tu ropa actual despierta incombustible como un circo de nieve), y sin embargo chamusca el color más tranquilo del muelle.
—Agua del mar, el hombre que salta con la dulzura del agua plana del mar—y la Luna.
* * *
Sobre los campos, la Luna.
He aquí un rostro que viene: tal vez el rostro perdido y grabado del Conde Lautréamont, o del mendigo negro en el agua.
Una pausa. Lectura de algunos minutos, vagamente escuchada por el bufón escarlata y la brisa borrando el aplauso. Retorno a la tierra; seremos sembrados.
Sobre las costas modernas, la Luna.
Ven, enumera lo que has visto sin temer al prosaísmo lunar.
—Yo he visto la ciudad gótica de Nueva York, desde el Agua, y el llanto ha saltado a mi cuello como una bestia de lentitud sagrada.
—Yo he visto sus gigantescos edificios pasando trabajosamente a la fábula del Agua de ayer, y todo el rigor de su pornografía.
—Yo he visto ese idiota invenciblemente esplendoroso en el agua del Hudson.
En el aire, la Luna.
* * *
…Y en aquel tiempo de pequeñas diversiones (visitantes con escasas máscaras), una angustia de historicidad se apoderaba de nosotros.
¿Estaríamos vivos, o muertos?—preguntábamos a la calma sangrienta del domingo y a la inmensa estupidez de indescifrable máscara.
Y nuestra amena vocación era política. Nuestra irreprimible vocación era de santos. Y nuestra dulce vocación era tan agria. Oh, belleza!
¿Cómo salvar a un país que no se hunde? Pero era indispensable que cada uno de nosotros se asomara a su ventana, y a las contemplaciones que subían como flores de vigor sublime, porque todos habríamos de ser indígenas de una tierra de callados príncipes
(tierra donde nadie vive) y todos amábamos la sombra clara y grande (no se sabe hasta qué sueños) del Jinete!
* * *
—Mas he aquí los últimos resplandores de un hambre que empieza a parecerte excesiva. Primeros pasos discernibles de la muerte.
Sí, la ilusión que empieza a lucir como dulce eficacia para entrar en su futuro mayor, en un respetuoso barrio que realiza con ráfagas y carros tus deseos, pero que no existe, y tú lo verificas con un ojo clandestino. Mas tu ilusión no era esta, ciertamente, y tú lo verificas.
Y si aún cantas de pronto en la salud incandescente de los pobres tal vez sea por la bestia de una duda que te alcanza,
Lo que fue oráculo en cualquier esquina borrascosa es hoy la fauce clandestina que te salva. Y lo que fue andar oculto de los soles, a la sombra fija de su cataclismo de oro, es hoy amarga yerba. Simplemente.
Ya no crees en tu fe, no te entierras en tu fe para dar los gritos dominantes del sepultado vivo. Y el hambre se despoja de ti como de un manto inútil.
¿Dónde estás, ahora? ¿Qué insospechada cercanía buscas? ¿Por qué tu serenidad anónima y tu adulto corazón me dan espanto?
Qué hogar hacías y qué hogar has traicionado.
He aquí los últimos festejos de un frenesí que era tu luz, o la noche promisoria de tu luz. La noche del hambre, del fervor. Ah, qué palabras y qué Días engendrados con el fuego de tu sangre se desprenden!

